En la fachada de la iglesia de Chacao |
RENATO CAPRILES
Tras 50 años dirigiendo Los Melódicos, bien
podría decirse que
comenzó su carrera
musical cuando era
monaguillo y subía
al campanario de
la iglesia de Chacao Por Johan M. Ramírez
Foto: Natalia Brand
"La ciudad
sigue tan
bailadora
como
siempre"
Mientras espero para ser atendido en la sala de su casa, veo con curiosidad un libro de Caracas que reposa sobre la mesa. Cuando sale le pregunto: "¿Es pura casualidad, o lo colocó allí para ambientar la entrevista?". "No, chico, es que a mí me encanta esta ciudad", responde. Apenas se sienta comienza la narración de una fascinante recopilación de anécdotas que ha vivido acá: su infancia feliz en La Pastora, los cientos de bailes a los que asistió para ver a la Billo's Caracas Boys, o el momento en que forma su propia banda, la misma que luego se convertiría en un ícono capitalino, un ritmo inconfundible y el alma de mil fiestas caraqueñas: Los Melódicos.
Renato Capriles, uno de 14 hermanos, desde niño vio en la música un escape, bien dirigiendo el coro de su escuela, o bien trabajando de monaguillo en la iglesia de Chacao a sus ocho años. "Lo único fue que nunca aprendí a rezar en latín, pero yo hacía como si supiera, y movía los labios: 'Sacum, racum, espíritu cúo'', recuerda. Responsable de tocar las campanas que anunciaban las horas del municipio, aquel joven, obedeciendo su inclinación musical, subía a lo alto de la torre y en lugar de asestar el tradicional tam, tam, tam, tocaba una guaracha. "Yo le daba como si fuese un merengue caraqueño: chaca cha chaca -dice en onomatopeya. Y el cura me reclamaba, pero no me lo prohibía porque a él también le gustaba", rememora sonriente.
| "Decidí no cantarle a Caracas como él, porque si no, habría parecido que lo estaba imitando, y era lo menos que quería" |
Ya de adolescente, y trabajando en el Pasaje Zingg, descubrió un formidable placer personal: "Amaba caminar por el centro y sentarme en la Plaza Bolívar. Eso me hacía sentir caraqueño: conversaba con los viejitos, veía las palomas, oía las campanas… me encantaba", dice.
Desde entonces se hizo fanático de Billo y, con el ímpetu de la juventud, se convenció de que algún día pondría a bailar a la ciudad.
"Yo quería ser como él, lo admiraba muchísimo, y lo seguí y lo fastidié tanto que al final nos hicimos grandes amigos, al punto de que antes de estrenar una canción, me invitaba a su casa a escucharla primero, para saber qué pensaba yo. Todo lo que soy, es resultado de la influencia que él tuvo en mí", confiesa.
Pero llegado el momento de conformar su propia orquesta, resistió a un influjo medular: "Decidí no cantarle a Caracas como él, porque si no, habría parecido que lo estaba imitando, y era lo menos que quería", afirma.
El debut llegó en 1958 con un concierto que abarrotó al otrora Club Paraíso. Lo sucesivo fueron presentaciones en todos los salones y clubes de la ciudad: Los Cortijos ("el más estético, donde se hacían los bailes de la clase media"), el Country ("el del glamour de la alta sociedad"), los Suboficiales ("el de las presentaciones clásicas, las más importantes, y donde hace poco celebré el 50 aniversario de la banda").
Así, durante medio siglo, la ciudad se ha movido "melódicamente", y entre sus bailadores nunca faltó el Presidente de turno. "Los vi a todos: Jóvito Villalba, Luis Herrera, Jaime Lusinchi, Rafael Caldera, Carlos Andrés; ¡cómo bailaba Carlos Andrés! ¡La gente le hacía una rueda alrededor!", dice.
Hoy, sin duda, su agrupación es distinta -¡si hasta están cantando reggaetón!-, "pero la ciudad no cambia: sigue tan bailadora como siempre", apunta. Eso sí, una orquesta como Caracas no quisiera jamás, es muy rebelde y caótica, mientras él ama la disciplina. De hecho, cree que no hay nada tan distinto en la vida como esta convulsionada ciudad, y Los Melódicos, la puntualísima banda que dirige.
johan_ramirez3@hotmail.com
Asistente de fotografía: Anita Carli
|