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El peligro de las etiquetas
Según Easton, es sencillamente vital estar informado sobre el problema. "Una vez que usted esté consciente de cuán limitantes y dañinas pueden ser las etiquetas, es mucho más fácil evitarlas. En parte, es sólo estar conscientes de las muchas facetas que tienen sus hijos; después de todo, piense en todas las veces que le sorprenden y se comportan como no lo esperaba".
"Otra cosa importante que puede hacer es separar la persona de la acción, por lo que en vez de etiquetar al niño diciéndole: 'Eres un artista', puede describir lo que ha hecho: 'Eso fue genial'. Entonces, si estar consciente puede marcar la diferencia, tal vez la franela con un rótulo no está mal después de todo. Es una manera de convertir las etiquetas en un chiste y desmontar el poder maligno que puedan tener.
"Es importante que los padres no comiencen a sentirse demasiado ansiosos por la manera en que hablan a sus hijos", dice la experta. "No queremos eliminar la espontaneidad y la calidez de la conversación familiar". Sin embargo, estar conscientes de estos asuntos puede comenzar a liberar a los niños de las etiquetas que les ponen los adultos, o que ellos mismos se aplican. Además, esto realmente puede marcar una diferencia en cuanto a la manera en que se ven ellos mismos, cómo perciben el mundo y lo que piensan de su propio potencial.

No etiquetes a tus niños
Joanna Moorhead

Catalogar a su hija de "machito" o a su hijo de "bravucón" puede parecer algo divertido
e inocuo. Sin embargo, los calificativos podrían generarles un complejo

Es una tendencia tan ubicua que simplemente debe haber una en el clóset de su hijo -y, al mismo tiempo, es una especie de análisis de personalidad instantáneo. Me refiero a esas vestimentas que vociferan al mundo, con sólo una palabra lanzada a la cara, lo que se supone es la persona. "Traviesa" dice la franela de mi niña de cuatro años de edad, y sus ojos brillan con una alegría pícara cuando la ve. "Linda" dice el pijama de mi hija de 16 años, y cuando se la pone luce instantáneamente más suave y primorosa.
Al igual que con la mayoría de las modas, ésta es en esencia trivial; es sólo algo divertido e inofensivo. Sin embargo, curiosamente parece remedar -con una conciencia casi irónica- algo que realmente sucede en las familias: la manera en que se encasilla a los niños en un papel según su carácter, a pesar de que durante décadas los psicólogos infantiles han estado advirtiendo contra los peligros de etiquetar a los pequeños.
Ya en el año 1968, un estudio para entonces polémico demostró que si se le dice a la gente qué esperar de los niños con los que se están relacionando, los resultados finales guardarán relación con esa información previa -que usted podría pensar era prejuiciada. El proyecto de investigación le dio a los profesores mayores expectativas sobre el desempeño de sus alumnos y -¡sorpresa!- los jóvenes tuvieron un rendimiento mejor de lo que se hubiera esperado. Por razones éticas, la investigación no comprobó si el "efecto Pigmaleón" funcionaba de forma inversa (¿los niños tendrían un menor desempeño si se les daba a los profesores información perjudicial sobre ellos?). No obstante, parece razonable concluir que así habría sido.
En resumidas cuentas, etiquetar a un niño es una profecía destinada a cumplirse. Entonces, ¿por qué los padres han tardado tanto en comprender que si no desean que el niño se comporte mal no deben andar diciéndole a él y a todos los demás que es una pesadilla?
Carole Easton, presidenta ejecutiva de una línea telefónica para asistir a los niños, con sede en el Reino Unido, dice que muchas de las 16 mil llamadas que recibe cada año el servicio son de jóvenes que se sienten subestimados por quienes los rodean, a menudo debido a las etiquetas que en lugar de estimularlos los incapacitan.
"Lo que sucede es que los niños mismos comienzan a percibirse a sí mismos de la forma como se les describe. Dicen: 'Bueno, si me ven como un patán flojo, bien puede ser que lo sea'. El problema es que se ponen estas etiquetas y nadie pareciera ver más allá de ellas; entonces, los jóvenes sienten que hacen un esfuerzo por hacer algo diferente y eso pasa completamente desapercibido".
Desde el punto de vista de los niños, uno de los peores aspectos de las etiquetas, dice Easton, es cuando éstas implican comparaciones con los hermanos. "Los chicos tienen emociones muy fuertes en este sentido. Son realmente sensibles cuando se les compara con sus hermanos". De hecho, de cierto modo, casi todas las etiquetas involucran una comparación, porque si se le pone una a un hijo, se está forzando a los demás hijos a actuar en concordancia con dicha etiqueta. El niño "brillante", por ejemplo, puede tener hermanos que también tengan capacidades, pero el simple hecho de llamar a uno "brillante" forzará a los demás, casi por definición, a ser "no tan brillantes". Lo que es más, en la mayoría de las familias la tendencia es tener espacio sólo para una persona por etiqueta: está "el responsable", "la que se comporta como un machito", "el peleón", "el payaso".
El problema con las etiquetas no es sólo que se cumplen, sino que encierran al niño en ella. ¿Quién le deja a la niña torpe llevar los mejores platos a la mesa? ¿Quién confía en que el más salvaje cuide a sus hermanos menores por unos minutos? ¿Quién sugiere que la niña que se comporta como un varón practique ballet?
En muchas maneras la etiqueta "positiva" puede ser tan perjudicial como la "negativa". "Yo siempre fui la brillante en la familia, la que iba a trabajar duro y salir bien en los exámenes e ir a una universidad reconocida", dice Clare. "Sabía lo mucho que esperaban de mí, y sabía que yo tenía que hacer que así fuera, y de cierta manera eso significaba que no podía descuidarme, no podía permitirme un solo desliz. Siempre fui la primera en la clase, pero solía tener insomnio la noche anterior a los exámenes de lapso, preocupada por la posibilidad de que no quedara en el primer lugar. Me aterrorizaba la idea de no poder cumplir con esa ambiciosa etiqueta que mis padres me pusieron".
Clare siente, también, que tener la etiqueta de brillante significaba que no vería mucho más allá de sus intereses académicos, especialmente en sus años de adolescencia. "Ahora lamento no haber pasado más tiempo en el arte, o explorando otras cosas que pude haber disfrutado, como el deporte o el baile. Pero sentía que tenía que mantener esa rutina académica porque ella me definía como persona". En la universidad decidió liberarse de la etiqueta de sus padres y abandonó los estudios en el segundo año. Su familia, como era de esperarse, se quedó atónita.
Uno de los problemas para los padres -en especial los que tienen dos o más hijos- es la presión que reciben de las otras personas para que les den los guiones abreviados de las personalidades de sus hijos. Los abuelos no tienen dos horas para escuchar las sutiles diferencias de las personalidades de sus pequeños nietos que casi nunca ven, por lo que sólo se les da los titulares; y, obviamente, al darles los titulares, tratan de captar lo que parecen ser.
"Cuando le digo a la gente que Chloe es insolente, es porque es insolente", dice Alice. "Ella no se ha vuelto así porque yo lo haya dicho, y no voy tras ella repitiendo que es insolente, pero es una faceta de su personalidad. Hay una fina línea entre ser honesto sobre su hijo y etiquetarlo".
Sin embargo, las etiquetas a menudo no son lo que parecen, en ocasiones enmascaran asuntos parentales muy arraigados. Un niño etiquetado de "salvaje" puede tener padres que en secreto estén orgullosos de que él sea tan energético e inmanejable, e inconscientemente refuerzan ese comportamiento. Entonces, de nuevo, la proyección parental es con frecuencia un factor que influye: los padres que le dicen a su niña "miedosa" o "vulnerable" pueden, de una manera inconsciente, querer que ella sea así debido a sus propias ansias de ser necesitados.
Las etiquetas se usan definitivamente para compensar nuestros propios miedos y vulnerabilidades: eres peleón, eres tan dulce, no seas tan soso, pareces loco. Las usamos también para liberar emociones y frustraciones, como cuando decimos "¡torpe!", o "idiota". l

 
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