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Bajo sospecha
Max Haines

Washington se arrodilló junto a su padre
y manchó de sangre su ropa de dormir

Los crimenes resueltos son los más satisfactorios. Sin embargo, existen casos en los que el sospechoso, aunque no esté convicto, arrastra el estigma de graves sospechas durante toda su vida. Este caso tuvo lugar hace más de 100 años.
Hoy el nombre de Benjamín Nathan no significa nada, pero en 1870 el nombre y el hombre quitaron de la primera página a la guerra franco-prusiana en los periódicos de este continente.
Benjamín Nathan nació en Nueva York en 1813, a la edad de 57 años era un rico ciudadano altamente respetado de la ciudad. No sólo era adinerado, también tenía la extraña cualidad de ser amistoso y muy querido por sus conocidos personales y de negocios.
Nathan estaba casado y tenía cuatro hijos y cuatro hijas. Todos vivían en una casa grande en la calle 21.
Durante la noche del 28 de julio la casa estaba ocupada por el señor Nathan, sus hijos Frederick y Washington, y la criada Kelly y su hijo de 25 años, William, quien trabajaba haciendo mandados. El resto de la familia se encontraba en Nueva Jersey, en la casa de verano.
El hogar de los Nathan estaba siendo redecorado y amueblado. La señora Kelly se las había arreglado para juntar unos cuantos colchones, y Benjamín dormía sobre ellos esa noche. Sus dos hijos estuvieron con él temprano y, después, salieron cada uno por su lado. Ambos regresaron luego de la medianoche, y vieron a su padre de pasada antes de retirarse a sus habitaciones.
A la mañana siguiente Frederick y Washington se despertaron temprano, planeando asistir al servicio de la sinagoga junto a su padre. El aniversario de la muerte de un pariente cercano caía el 29, y en esa fecha Nathan iba siempre a la sinagoga.
Washington, todavía en su ropa de dormir, fue a despertar a su padre y lo encontró muerto. Cuando se arrodilló ante el cuerpo de Benjamín, se manchó su pijama y sus calcetines blancos de sangre.
Benjamín Nathan había sido salvajemente golpeado hasta causarle la muerte. Los golpes habían sido asestados en la cabeza con una herramienta de carpintería, que fue encontrada al lado del cuerpo.
La sangre estaba por todas partes, en el suelo, las paredes e, incluso, en el techo. Por la posición del cadáver, así como por las evidencias físicas en la habitación, era claro que tras una brutal pelea y tras recibir varios golpes en la cabeza, Nathan había intentado arrastrarse hacia la puerta. Su asaltante lo siguió, y lo golpeó hasta que su víctima cayó inerte. La caja fuerte estaba abierta, y otra caja de dinero se encontraba sobre la cama.
El grito de Washington atrajo a su hermano, y ambos corrieron hacia la calle en busca de ayuda. Esa mañana, debido al calor, todas las ventanas del hotel en la Quinta Avenida, al otro lado de la casa, estaban abiertas. El hotel tenía un distinguido huésped que despertó y vio por su ventana a Washington Nathan levantarse con su pijama limpio. Momentos después lo vio reaparecer en la calle con su pijama y calcetines llenos de sangre.
Este testigo era el general Francis Blair, quien había sido nominado por el partido Demócrata para la vicepresidencia de Estados Unidos.
Francis Blair era un testigo distinguido en la muerte de Benjamín Nathan, y fue él quien probó que Washington se despertó con la pijama limpia aquel fatídico día de julio.
El asesinato causó una gran conmoción. La bolsa de Nueva York izó su bandera a media asta, y ofreció una recompensa de 10.000 dólares por cualquier información que llevara a la captura del asesino. Entre la ciudad de Nueva York y la familia de Nathan la recompensa aumentó a 57.000 dólares, lo cual suponía una fortuna hace 100 años.
Desde el momento en que se descubrió el asesinato, todo el mundo tenía una teoría, la más popular era que la evidencia de robo había sido fingida, y que alguien de dentro de la casa había matado a Nathan.
Esta teoría fue propagada por un incidente bastante extraño. Un reportero del antiguo Sunday Mercury intentó conseguir una entrevista a la fuerza con miembros de la familia al poco tiempo de producirse el crimen. El periodista no respetó los siete días de luto que la familia había decidido observar. Comprensiblemente, se le expulsó de la casa.
El reportero se vengó escribiendo una historia retorcida sobre el asesinato, señalando a Washington como el homicida. Este artículo ayudó mucho a esparcir rumores y a culpar a Washington como el asesino de su padre para el resto de su vida.
A pesar de este desafortunado incidente, la policía barajó la posibilidad de que el asesino se encontrara en la casa la noche del crimen. Como resultado de la evidencia se investigó detalladamente cada minuto de las actividades de cada persona la noche del homicidio.
Washington había pasado sus horas libres en compañía de una prostituta. Aunque esta evidencia no lo convertía en un asesino, servía para demostrar que no era la persona inocente que él intentaba aparentar.
Tanto Frederick como su madre, la señora Kelly, fueron interrogados extensamente, pero no se pudo probar nada contra ellos.
En la casa no había ninguna cerradura forzada. Un hombre aguantó una pelea terrorífica para salvar su vida y fue aporreado sin compasión hasta su muerte; no obstante, nadie había oído un solo ruido en la casa. El arma del asesinato era tan común que no podía rastrearse su dueño.
Si esto fuera un recuento ficticio de un misterioso asesinato, en estos momentos aparecería un chofer, un criado, o algún sospechoso. Sin embargo, para su decepción, nunca se encontró al culpable de la muerte de Nathan.
Durante años después del crimen, varios convictos confesarían el asesinato, particularmente aquellos que estaban en cárceles del sur de Estados Unidos. Todos esperaban hacer un largo viaje en tren hacia Nueva York para salir después de tantos años metidos en prisión. Ninguno probó ser el asesino.
La familia Nathan se mudó de la casa. Años después, la residencia fue convertida en un edificio comercial, y ya no se le reconoce como una vivienda particular.
Los ocupantes de la casa desaparecieron en el olvido; todos, excepto Washington, quien se mantuvo siempre como el principal sospechoso. Se casó en 1884 y emigró a Europa, viviendo en Londres y más tarde en París.
Después de la muerte de su padre, extrañamente, el cabello de Washington se puso totalmente blanco. Era muy fácil reconocerle, y por el resto de su vida lo señalaron por la calle como el hombre que asesinó a su padre. l

 
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