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  ¿Neovirginidad?
Rosa Elena Pérez Mendoza

 

En el supermercado, absorta por el estado de hipnosis que, según estudios realizados por los norteamericanos, se produce en el ama de casa apenas pone un pie en esos emporios de la alimentación enlatada, congelada, pasteurizada, esterilizada, coloreada y fumigada; absorta como estaba, pues, pero también al borde de una crisis nerviosa por la cantidad de información en el campo de ofertas y promociones que ese instante capitalista nos brinda a todos, para persuadirnos de que es más barato comprar aquí y no allá y, sin embargo, queda el bolsillo más en la lona que nunca; absorta, entonces, como estaba y en ese estado límbico entre el relax irreflexivo-hipnótico y el estrés palpitante, escucho, cual si fuera la alarma de un despertador, una voz que declara de forma altisonante “…porque la reconstrucción del himen puede salvar hasta el matrimonio más abollado”. Automáticamente mi cabeza dio un giro de 45 grados para ver a la autora de tan cruda afirmación y mis ojos captaron a una tremenda rubia oxigenada que mascaba un chicle de lado, cual beisbolista en dogout, y, que apoltronada en lo alto de una silla de la carnicería del establecimiento, movía rítmicamente su pie ensandaliado al tiempo que meneaba con determinación el removedor de un negrito corto: “Y es que te lo digo con propiedad, mamita, y como que me llamo Carmela Chacón, las mujeres, si no nos sacrificamos un poquito así, podemos perder lo que nos ha llevado toda una vida construir a punta de lavaplato, escoba y plumero. Así que podemos salvar el matrimonio hasta de la puñalada más artera si estamos dispuestas no sólo a usar el bisturí en lo que se denominaría la fachada o el área externa, sino que hay que dejar que se interne por esos caminos de Dios, explorados, claro está, por pocos o muchos, quién sabe, y así abrir las piernas para dar inicio a una experiencia místico-quirúrgica”.

Justo en ese momento, y apoltronada también yo muy cerca de la peculiar conversa, comencé a imaginarme a esta rubia conectada con el más allá, desde la camilla de la sala de operaciones, e imbuida en creencias religiosas dentro de un acto que participaba de ciertos rasgos sacrificiales provenientes de la edad más tierna del hombre sobre la faz de la tierra. Aquellos en los que un ovejo era sacrificado por la comunidad en honor de los dioses. La veía entrando a la sala de operaciones y sintiendo cómo la paz la invadía en un ritual, tipo autosacramental, que se iba desarrollando en torno a ella. El sacerdocio era fungido por el médico esteta, mientras que ella iba entrando en un estado de trance, propiciado por la anestesia, que la iba hundiendo en un profundo sueño en el que la virginal membrana se transubstanciaba en el cuerpo y la sangre de Cristo.

De inmediato, retomo el hilo de la conversación: “Puede que te parezca raro o exagerado, pero, para mí, el asunto entraña una cierta conexión con lo divino. Y, de repente, piensas que esos no son más que castillos de arena y que padezco de himenolatría, pero, y aquí debo serte completamente franca, esta especie de adicción en la que hemos caído desde hace algún tiempo fue iniciada por mi consorte, quien padece esa obsesión moralista de revivir una y otra vez aquel momento risueño y candoroso. Y yo, qué puedo hacer, querida. Dime, ¿qué hago? Porque después seguro viene otra doncella a ofrecerle su carne trémula y yo, ¿en qué situación quedo?, ¿pasando pulidora por mis pisos? o ¿sacándole brillo cuidadosamente a la vajilla mientras mi marido moja la esponja y quiebra el plato? No, mamita, eso no va conmigo. Yo siempre estaré dispuesta a complacer a mi maridito y presta me someto al martirio que sea. Cirugía reconstructiva, restauradora, reconstituyente, ingeniería del himen y cavidades anexas, como quieras llamarla, ahí estaré yo, como una abanderada más de ese consejero conyugal en que se ha convertido hoy mi cirujano de la belleza y de otras virtudes. Lo que sí es cierto, es que da hasta lástima, que la operación sea tan costosa y que ‘aquello’ se esfume tan rápido”.

Después de escuchar todo esta letanía, si algo de letargo me quedaba, éste se disipó por completo y, más bien, quedé a punto de un ataque cardíaco. l

rosa_elena_perez@hotmail.com

 
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