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  Bandolera
Rosa Elena Perez

"¡Qué bandolera que eres tú!", escucho decir a Rubén Blades en una de sus canciones de ritmo pegajoso," "¡qué raquetera en el amor!", y voy notando una sabrosa fluidez en esto de los insultos hacia el objeto amado, "me has enredao en tu revulú", sigo prestando especial atención a la letra y empiezo a preguntarme… "y me has robao el corazón"... por aquellas canciones que son un rosario de improperios contra el género masculino y la búsqueda en mi cabeza arroja un resultado más bien escueto, en el que destaca La India con una canción titulada Ese hombre, donde su antiguo prodigio pasa a ser un estúpido desalmado. En el carrito donde voy montada, nadie parece emocionarse con la suntuosa circunstancia de ir sentados en una carcacha de asientos rotos, en medio de una cola que posee encanto, bajo la lluvia pertinaz de nuestra contaminada ciudad de Caracas y con la cancioncita de fondo. Percibo la voz de Rubén como un eco adolorido y festivo al mismo tiempo por todo lo que sufrió con la que quizás en algún momento fue un alma de Dios, y que, drásticamente y en un tris, ha pasado a ser una malhechora repotenciada a la noventa y nueve millardos.

Este hábito de carnaval incrustado en nuestra personalidad caribeña que nos obliga a reírnos de lo dramático como a llorar de lo risible, me recuerda también una canción de Celia Cruz que recomienda "Ay, no hay que llorar que la vida es un carnaval y las penas se van cantando". Me bajo, pues, de mi suntuosa circunstancia para enfilar hacia los tribunales y encontrarme con mi legista de turno, a ver si por fin me dan el dichoso papelito donde consta que estoy libre de los dislates de mi ex, y resulta que los anuncios que la vida ofrece a veces pueden encajar de forma tan gloriosa con nuestro presente, que hallo particular sentido en una valla comercial con la que me tropiezo y que me advierte, sin rodeos: "Pare de sufrir". Tomo el consejo al pie de la letra porque, en definitiva, estoy en ese camino y cada vez me burlo más de ese "yo y mi circunstancia" pesadamente orteguiano que me ha asistido en cada victoria o derrota de mi vida.

Estoy tan pletóricamente feliz con el asunto que me ocupa, que hasta empiezo a reivindicar la buhonería del centro de nuestra ciudad, pues ya no me siento sola en mi soledad, sino que hay una algarabía y un colorido a mi alrededor que me llevan a pensar de manera vital en el fulgurante porvenir que me espera. El despelote se nos instala incluso en la manera de andar por nuestras aceras y bulevares y aquello, a mí, más bien me parece un mero divertimento de saltimbanqui o, aún más, una coreografía a lo Hollywood de los cincuenta en la que de forma progresiva las personas que están en la vía pública, como al descuido, van incorporándose al baile colectivo. El perrocalientero comienza marcando el ritmo con sus pinzas, los que venden libros usados aventuran movimientos discretos, los que ofrecen baterías doble y triple "A" se mueven mecánicamente, mientras las vendedoras de ropa íntima desarrollan una danza pícara y sugerente que poco a poco va abriéndome paso a mí, protagonista del filme, que bailo por todo el medio de las torres de El Silencio al ritmo de una canción de Maelo: "Rosa Elena, gallina de agua, pichirila, pecho e'cucú". Todos me secundan en tan prometedora empresa, todos me apoyan en la redención de mi espíritu y ahí voy yo, heroica y bonchona, al encuentro de mi documento, como quien por fin halla la libertad después de años de reclusión forzosa e injusta. Al fondo del escenario y en una esquina, cual patiquincito, aguarda mi abogado a esta Carmen Miranda o Celia Cruz que internamente se repite que "Tongo le dio a Borondongo". Llego airosa, rezumando atractivo y sabor, al estrado del querido juez vigésimo en segunda instancia y le espeto un "¡Ecuajey, qué pasó, firma pues! Pónmele el sello, no te olvides, que si no, es ilegal". Y ahí voy, con mi sobre bajo el brazo, risueña y solterita, bailando mi felicidad.l

 
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