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  La profecía
Rosa Elena Pérez

 

Hay días en que se me desata una venezolanidad danzante, pícara y azarosa, de esas que andan agazapadas por allí buscando una ocasión propicia para soltarse y darle rienda suelta a la maraca, a la bandola y al chimbangle. Es un no sé qué criollo que arremete, cual ventarrón, y despeina cualquier rastro de solemnidad en mis gestos o en mis palabras haciéndome replicar con chispa a cualquiera que con su verbo me invoque. Por esos días el tuteo impregna todas mis relaciones y ando dicharachera y simpática, zalamera y locuaz, y la gente que me rodea me mira sorprendida de tanta humorada desbordada, no muy habitual en mí, pero que aparece repentina, todera, para hacerme disfrutar de la naturaleza abierta y sencilla, típica de mis coterráneos.

En esos días decido desbocarme, ser todo lo venezolana que pueda, e irme tranquila y ramplona a mi trabajo para cumplir con mis obligaciones sin la pesadumbre formal de quien va a un funeral. “No, si la vida es una fiesta”, diría mi tía Josefa. Entonces resuelvo todo en una onda de cero rigor y voy dando gracias a Dios por esta alegría atávica que festeja, incluso, lo escabroso. “Miamorciteo” a todo el mundo, le brindo una amplia sonrisa al que se me cruce por delante y no hay bozal de arepa que valga, ni en mi decir ni en mi mente. Al pan, pan, y al vino, Terán. Ya está.

Uno de esos días, mientras caminaba descuidada por el centro de mi Caracas física y espiritual —como la denominaría Aquiles Nazoa en uno de sus textos—, iba yo de Conde a Carmelitas cuando sentí una energía que me empujaba a entrar a un pintoresco local forrado de imágenes de santos, botellas de diversos colores, hierbas, velas, inciensos, menjurjes, jabones, purificadores ambientales, y cuanto artículo pueda usted imaginar, marca “El Gran Gurú”. La energía, literalmente, me arrastró hasta el tugurio y allí me encontré con una mujer que se internaba en un tarantín, lo que me impulsó a preguntar, sin mucho tacto, al dependiente del local a qué misteriosas artes se dedicaban en ese sitio. Por toda respuesta recibí un “Limpiezas espirituales y psíquicas”. Contundente la contesta ¿no? Y yo ahí, con unas ganas irreprimibles de conocer, de averiguar la vida subterránea de una ciudad que descubría secreta y atrayente. Guiada por un impulso divino me instalé a esperar a la pitonisa, mientras se oía una melodía que decía: “María Lionza, hazme un milagrito y un ramo e’ flores te voa llevá”.

Presa de la inquietud oracular, del delirio por lo adivinatorio, de la pasión por conocer mi destino a través de la mano, las cartas, el tabaco, los palitos, los caracoles, la borra del café o la esperma de vela, esperé una eternidad hasta que por fin salieron señora y cliente. “¿Cuánto me cobra?”, arranqué a decir apresuradamente a la adivina sin presentarme siquiera, y ella, con parsimonia, retrucó: “¿Cuánto te cobro por qué, mi amor?” ¡Ayyy, m’hijito, si ésa era la gran pregunta! ¿Qué hacía yo allí? ¿Qué carrizo iba a leerme yo en un lugar de índole tan llana? Pero, resuelta, respondí: “Por la lectura, pues”. “¿Lectura de qué?”, volvió a replicar la señora; “¡ay, de lo que usted lea, qué importa!”. Más vale que no hubiera dicho eso, la señora me lanzó una mirada matadora y, en seguida, me arrastró a un cuarto oscuro donde me ofreció asiento mientras barajaba unas cartas. “Parte tres veces con la mano izquierda”, me dijo, y yo partí. ¡La cantidad de certezas que aquella mujer me ha dicho! ¡La lucidez con que reveló todo cuanto tenía que ver con mi terrenal historia! ¡Cuántos consejos y advertencias útiles me dio para enrumbar mi retorcida vida! Que si báñate con una mezcla de “Pica-pica”, “Miel de amor”, “Rechaza daño” y “Dinero”. Rézale a Juan del Dominio. Préndele tres velas rojas y dos blancas a la Reina y, cuando se consuman, le pones un incienso con olor a “Dios te dé”. Rauda fui a comprar mi mercancía, ¡todo sea por una mejoría, mi Reina!, y llevé a cabo mi tratamiento.

Ahora cuando tengo estado de déficit adivinatorio voy confiada a donde Marlene González, mi profeta, sigo sus indicaciones en materia de baños, ensalmos y despojos y, esperanzada, aguardo a que mejore mi destino. Eso en los días en que despierto con una venezolanidad inquieta, avasallante y pura. l

rosa_elena_perez@hotmail.com

 
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