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Cuando el amor mata

Algunas mujeres van a los extremos para proteger a sus hijos. Max Haines

Acomodémonos en un acogedor apartamento en la Calle Red October de Moscú. El apartamento está ocupado por Margarita Tikhomirov, 22 años, su marido Georgi, 24, y los padres de él: Valentina y Nikolas.

Georgi conoció a Margarita cuando tenía 16 años y ella sólo tenía 14. Se enamoraron locamente y fueron inseparables desde ese primer día. La linda Margarita era una huérfana de guerra. Su bajo estatus en la vida no le gustaba a la madre de Georgi. Ella sabía que en la Rusia de los años 50 la única forma en que un hombre joven obtenía su propia vivienda era casándose con una chica rica.

Luego de salir durante dos años Georgi y Margarita se casaron en secreto. Trataron de encontrar cuartos propios, pero no tuvieron éxito. Valentina, muy a su pesar, aceptó en su casa a su hijo y a su nueva nuera. Valentina no soportaba a Margarita. Margarita se dio cuenta de que con el salario que su marido obtenía en la adobería nunca tendrían su propio hogar. En su desesperación ella y Georgi decidieron que él dejaría la adobería y se anotaría en un curso de grabado. Ella aprendería a ser partera.

El plan de Margarita para el futuro podría haber funcionado si ella no hubiera quedado embarazada. La alegría del nacimiento de un niño sano fue templada por la actitud de su suegra hacia el bebé. Valentina consideraba que el niño sumaba a la incomodidad en el muy suberpoblado apartamento. Nikolas mostraba algo de afecto hacia el bebé, pero estaba totalmente dominado por su esposa.

Cuando el bebé tuvo cuatro meses golpeó la tragedia. El bebé se atragantó con su rascaencías y murió. Margarita y Georgi no estaban en casa en ese momento. Los abuelos del niño habían salido del apartamento por un instante. Fue durante su ausencia que el bebé murió. Esa fue la versión oficial de la defunción del bebé.
La vida continuó en el apartamento de la misma forma represiva, mientras Margarita soportaba el odio de su suegra. Los dos hombres parecían no tener el poder de aliviar el abuso.

¿Su depresión había hecho que la muchacha se suicidara? Eso era lo que los vecinos rumoreaban cuando Valentina halló a su nuera colgando de una soga en el cuello y una silla volteada a sus pies. Nadie estaba en la casa esa tarde cuando Margarita había vuelto de su curso de partera. Valentina y Nikolas estaban caminando, y Georgi no había regresado de su curso de grabado. La pobre muchacha debía haber estado deprimida y decidió terminar con todo.

Arensky procedió a interrogar a la familia. Georgi estaba devastado con la pérdida de la mujer a la que había amado desde los 16 años. Valentina enfatizó en el suicidio al decir varias veces que se dio cuenta de que su nuera estaba perdiendo la cabeza. Nikolas, como siempre, seguía la corriente a todo lo que decía su esposa.

Cuando Arensky interrogó a los vecinos, y descubrió que Margarita no era el miembro más popular de la familia Tikhomirov, sintió que sus sospechas tenían buenos fundamentos. Hizo chequear las huellas digitales de los vasos. Una de las huellas no pertenecía a nadie de la familia.

Los vecinos fueron interrogados nuevamente. Uno recordó haber visto a Valentina entrar en el apartamento la tarde del asesinato con una mujer desconocida. Le tomó ocho días a Arensky rastrear a la desconocida. Fue a ver a la amiga de Valentina, Vera Rybakova, que vivía en Khovrina. Vera era la mujer cuyas huellas digitales fueron halladas en el vaso hallado en el apartamento.

Arensky sintió que era suficiente. En mayo de 1956 Valentina, Nikolas Tikhomirov y Vera Rybakova fueron a juicio por el asesinato de Margarita Tikhomirov.

El detective había hallado testigos que ahora desfilaban ante la corte. La fiscalía logró probar que Valentina había planeado el asesinato durante más de dos años. Tuvo un poco de dificultad convenciendo a su marido de que quería quitar del medio a Margarita para el beneficio de su hijo. Como de costumbre Nikolas accedió, pero insistió en que alguien fuera de la familia llevara a cabo la tarea concreta. Valentina recordó a su vieja amiga Vera, quien demostró que haría cualquier cosa por 5.000 rublos.

El peligroso trío eligió una noche en que Georgi llegaría tarde. Esperaron. Nikolas se puso nervioso. El y Vera bebieron un poco de vodka en los vasos. Margarita entró. Valentina y Vera se escondieron detrás de las cortinas. Nikolas salió de la cocina: “Ven, toma un poco de té”, le dijo.

Margarita entró en la cocina. Vera atacó a Margarita desde atrás. Le puso un lazo sobre la cabeza y tiró del nudo. Margarita se soltó y corrió a los brazos de Nikolas.
Nikolas cerró su mano sobre la boca de Margarita y calló cualquier grito, mientras Vera y su diabólico lazo se ponían a trabajar. En unos momentos había terminado. El cuerpo rápidamente se puso en posición, la silla fue dada la vuelta y se creó el terrible escenario del suicidio.

Durante el juicio, la “alianza non santa” comenzó a desmoronarse. Vera se quebró primero. Admitió estar en el apartamento en el mismo momento del asesinato. Dijo que se había servido un trago de vodka luego de haber presenciado el asesinato cometido por los otros dos. Nunca supo que iba a ocurrir un asesinato hasta que fue muy tarde para hacer algo al respecto.

Cuando Valentina oyó la historia de Vera se puso roja. Comenzó a gritar que no había pagado 5.000 rublos para ver a Vera beber vodka. Se hizo evidente que los tres defendidos eran culpables del asesinato por igual.

A lo largo de todo esto Georgi Tikhomirov se sentó en silencio. Su madre y su padre eran obviamente culpables de asesinar a su esposa. Ahora tenía serias sospechas de que su pequeño hijo también había sido asesinado. Abandonó la corte mientras el juez sentenciaba a sus padres a ser disparados por la guardia, una sentencia que luego fue llevada a cabo. l

Ilustraciones: David Márquez

 
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