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Las aventuras de
Isabel Allende
Carolina Muzi
A los 60 años y con 35 millones de ejemplares
vendidos en todo el mundo, la escritora chilena confiesa que escribió
su última novela, La ciudad de las bestias, porque se lo
pidieron sus nietos.
Noticia 1: Isabel Allende se lanza
a la conquista de los jóvenes con La ciudad de las bestias
-primera entrega de una trilogía de aventuras y fantasía-
que, a la vez, es su décimo libro desde que en 1982 sellara
un pacto de éxito editorial y ventas superlativas al publicar
su primera obra: La casa de los espíritus.
Noticia 2: Isabel Allende volvió, luego de dos gruesas
novelas históricas, a bracear las aguas del realismo mágico
latinoamericano, género que tuviera a García Márquez
como padrino continental y a ella como primera dama asociada a ese
club literario. Es menuda y tintineante esta mujer, de una estirpe
chilena que la hizo sobrina del presidente Salvador Allende e hija
por vía materna de una familia disparatada, la misma que
le facilitó la inspiración para su primera novela,
escrita febrilmente durante las noches de exilio, en la cocina de
su casa en Venezuela, a modo de desahogo, como forma también
de recuperar ese Chile familiar y democrático que Pinochet
y sus secuaces le usurparon a la historia de los pueblos libres.
Así Isabel, que ya era periodista, se desposó con
la literatura. Desde entonces, prolífico y bienavenido, el
matrimonio de dos décadas no hace más que parir: 13
libros (dos de ellos sin publicar aún). ¿Será
como la propia autora dice? "Mis novelas no se gestan en la
mente, crecen en el vientre". Un alto se hizo hace una década,
cuando murió su hija Paula, de 28, luego de un año
en coma agónico. Bajo su nombre, en 1994 publicó la
larga carta que le escribió contándole la historia
familiar con lujo de detalles, por si despertaba. Porque Paula murió
de una extraña enfermedad, la porfiria, que se come la memoria
cuando irrumpe. Nicolás, el otro hijo de Isabel, también
la padece y podrían tenerla además sus nietos, pero
no es grave si se le mantiene a raya. La escritora retomó
sus andanzas recién en 1997, con Afrodita. Desde entonces
volvió a su ritmo (re)productivo: cada 8 de enero abre las
ventanas de su estudio, lo llena de flores frescas, vuela del disco
duro de la computadora (que por cábala sostiene con El
canto general de Chile, de Neruda; y con el primer ejemplar
de La casa de los espíritus) todo vestigio de libro
anterior y se zambulle en uno nuevo.
Vendió 35 millones de ejemplares de toda su cosecha, traducida
a 30 idiomas. Hace unos meses, la Casa de las Américas le
dedicó su Semana anual de Autor en Madrid. Y allí
estuvo. Al momento, desde su oficina en Sausalito -un envidiable
enclave de mar y montaña, frente a la Bahía de San
Francisco (EEUU)- levanta el teléfono como si todavía
la tomara por agradable sorpresa realizar una entrevista más
en medio de los cientos de llamados y visitas de otros medios del
mundo: todos quieren saber de esta nueva iniciativa, cuya raíz
más profunda conduce a su ejercicio del
abuelazgo.
¿Por qué esta nueva apuesta a los jóvenes?
"Por mis niños, porque llegaron a una edad en que ya
leen novela, así que lo hice pensando en Alejandro, Andrea
y Nicole, mis nietos de 12, 9 y 7; ellos me pidieron esta historia,
que tiene muchos elementos de las historias que yo les cuento cuando
los acuesto; o cuando voy a sus escuelas a hacerlo para todo el
curso. Y además, ya llevaba dos novelas históricas
(La hija de la fortuna y Retrato en sepia), que requieren
años de investigación, fue como pesado, quería
algo más liviano, poder meterle toda la imaginación
que quisiera...".
Por eso la vuelta al realismo mágico...
"Sí, hacía muchos años (y muchos libros)
que no recurría a él. Y fue como encontrarme de repente
en una juguetería: ¡había tanto para escoger
y jugar! A los niños les gusta la fantasía y la magia,
porque les da poder (ser invisibles, volar, hablar con animales,
tener un animal totémico, sueños proféticos,
etcétera), pero pasados los 14, ya quieren la magia explicada,
si es posible científicamente. En ese caso el realismo mágico
se presta fantástico porque su magia tiene una raíz
en la realidad. Ahora, yo creo que mis lectores habituales, que
son adultos, van a creer que me volví loca, porque el libro
tiene una libertad imaginativa que no tendría si lo hubiera
hecho para adultos. Me sentí muy libre haciéndolo:
me volvió la inocencia y el espíritu juguetón
que me animó hace 20 años, con mi primer libro".
Con un drama familiar como disparador, a lo largo de 300 páginas,
la historia deriva en una fantasiosa aventura amazónica a
bordo de dos personajes principales: un púber californiano
y una lista niñita criada en la selva. Le siguen en orden
de importancia una excéntrica abuela periodista y un chamán
enano. Y, si bien el libro aborda ciertas cuestiones típicas
de la adolescencia de cualquier época (el descubrimiento
de la amistad profunda, el crecimiento, el miedo a la muerte) y
roza detalles de contexto actual como las drogas y el body piercing,
no deja de ser la clásica aventura selvática, que
aquí también revierte la dicotomía civilización-barbarie
a favor de los indios. Y denuncia la devastación del Amazonas
y sus tribus nativas para terminar en la cima del delirio fantástico
haciendo que los personajes descubran la mítica ciudad de
El Dorado.
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| Creo
que mis lectores habituales, que son adultos, van a creer que
me volví loca, porque el libro tiene una libertad imaginativa
que no tendría si lo hubiera hecho para ellos |
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¿Qué hay de sus nietos
en los personajes?
"¡Mucho! Alejandro, el mayor, se llama Alejandro Frías
y de allí que el protagonista se llame Alexander Cold (frío
en inglés) quien, como él, es fuerte, activo, inteligente
Al personaje de Nadia lo hice a partir de las dos niñas:
una de ellas, la del medio, es sabia, concentrada, profunda, y la
chiquita, es puro amor por los animales, les habla...".
¿Y en qué se identifica usted con esa gélida
abuela, tan alta y sajona, tan en sus antípodas físicas?
(Risas). "Así es como me gustaría ser, alta y
una abuela
safari (más risas), que los lleve a conocer
el mundo, les abra la imaginación, los haga crecer fuertes,
los estimule
".
Algo de eso hará con todos los cuentos que les cuenta...
"Sí, pero yo los mimo mucho, demasiado, los regaloneo,
los lleno de dulces, una cosa asquerosa (risas). En cambio me gusta
esta abuela que toma al muchachito y lo convierte en un hombre,
lo obliga a crecer, lo desafía. Con ella me identifico más
en que les abre la mente a la vastedad y diversidad del mundo, a
la tolerancia".
Conoce bien a su público adulto, ¿pero cuánto
conocía de los lectores adolescentes?
"Justamente porque no sabía nada de ellos (el aporte
de mis tres nietos nomás no era suficiente para medir al
sector) todo el año anterior a escribir el libro facilité
grupos de lectura con jóvenes y niños norteamericanos
de distintas edades, para estar con ellos y ver lo que piensan,
qué les interesa, cómo y qué leen, cuáles
son los personajes que se quedan con ellos, qué les resulta
memorable. Descubrí, por ejemplo, que los niños modernos
están muy preocupados por la ecología. Cuando yo era
chica, plena Guerra Fría, vivíamos preocupados porque
alguien podía apretar el botón que haría explotar
el planeta, teníamos la angustia de la bomba atómica.
Hoy tienen la angustia de que estamos destruyendo el planeta; eso
les interesa mucho. Lo mismo la ciencia y la tecnología,
la Internet, el e-mail. Entonces para mí era un desafío
grande meter el tema de la ecología y al mismo tiempo llevarme
a mis protagonistas a la Edad de Piedra, donde ni siquiera hay teléfono".
¿No les preocupa la violencia, algo tan grave allá
a nivel escolar?
"Los niños norteamericanos ven tanta violencia en la
televisión y en el cine que están como impermeabilizados.
Y la violencia va escalando, cada vez es más brutal y cada
vez los niños se acostumbran más a la idea. Otra cosa
de la que hablan mucho es de las drogas, y no es que las usen pero
les dan curiosidad; y de la competencia, porque sienten, quizá
como nosotros de niños, que el mundo de los adultos es un
mundo terriblemente competitivo donde no tienen lugar, y tienen
que hacérselo a golpes. Hay esa sensación de que no
tienen ningún poder. También les preocupa el sexo,
porque se inician muy temprano. Si en mi época era a los
17 ó 18 años como pronto, hoy empiezan a los 14, a
los 11 algunas niñitas. Si uno está escribiendo para
los niños y los jóvenes no puede obviar estos temas
de los cuales ellos hablan permanentemente. Por otra parte, luego
de que el libro estuvo escrito, mi agente lo reprodujo sin mi nombre
y lo mandó a cinco escuelas españolas, para probarlo
entre los chicos de 11 a 17 años. Funcionó fantástico.
Luego yo fui a España, me reuní con los niños
y ellos me dieron sus impresiones. Gracias a ellos cambié
algunas cosas del texto".
¿Por ejemplo?
"La más importante fue el final: era mucho más
abierto y los niños querían una historia que terminara.
Pero, como yo escribí este libro como parte de una trilogía,
tenía que dejar espacio a un final que me permitiera empezar
el segundo libro, que ya está escrito, y transcurre en el
Himalaya".
¡¿Para
el tercero ya tiene locación?!
"No todavía. Estoy pensando en el Africa pero no puedo
elegir sin haber ido. Primero tengo que escoger el lugar y luego
ir. No puedo escribir sin conocerlo. Estando ahí, los sentidos
se avivan: el olor, la temperatura, los colores, las texturas, cómo
suena el lenguaje, todas esas cosas son importantísimas para
ambientar historias, para el detalle".
El Africa espera: allá irá con William Gordon este
año, su marido desde hace quince, quien también la
acompañó al Himalaya temporadas atrás. Al Amazonas,
en cambio, Isabel fue en 1997, con su nuera. De recuerdo, compró
una cerbatana de una tribu de indios que había sido contactada
hacía pocas semanas. A modo de inspiración, el objeto
pasó a primer plano en su estudio mientras escribía
La ciudad de las bestias: "Un día encontré
a mis nietos jugando con los dardos envenenados con curare... No
pasó nada grave, por suerte, de otro modo no sé qué
explicación podría haber dado a los padres de estas
criaturas", cuenta, risueña, la abuela.
Por tratarse de una saga, ¿cree que su producción
para jóvenes puede desatar las mismas críticas que
Harry Potter?
"No sé cuáles son esas críticas".
Se dijo que no genera nuevos lectores sino fans del personaje,
que quedan atados a la saga.
"No, yo creo que Harry Potter abrió un campo
fantástico, de algo que no estaban viendo los adultos: que
los niños leen. Si les dan lo que quieren leer, leen. Había
la idea de que los niños de hoy están más metidos
en los videos y en lo audiovisual y por eso no leen. Y si les dan
una novela de 700 páginas como es Harry Potter, la
leen, siempre que estén enamorados de los personajes y de
la situación. Tú les das El señor de los
anillos y lo leen también. Entonces los adultos descubrieron
que existe ese mercado de lectores, que es cuestión de satisfacer
las necesidades que ellos tienen. No sé si será por
Harry Potter o por qué razones, pero ahora en Estados
Unidos se está dando el fenómeno de que muchos escritores
de adultos están escribiendo para niños: Joyce Carol
Oates, Michael Chabon
y yo soy uno de ellos".
¿Una forma de garantizarse público a futuro?
(Risas). "¡Voy a estar muerta cuando estos chicos crezcan!
¿Cómo iba a pensar eso? Yo escribo porque me encanta,
escojo para escribir aquellas cosas que me apasionan, que me entretienen;
es un juego maravilloso que encontré".
¿Implica más responsabilidad escribir para chicos?
"Escribir y publicar es siempre una responsabilidad, cualquiera
sea el público lector. No creo que hacerlo para jóvenes
sea diferente, puesto que de ninguna manera intento pasar mensajes
o 'formar' a nadie. Un libro es como una mano extendida, un saludo,
una oferta; puede ser bien recibido o puede ser rechazado, pero
la intención es siempre buena. El autor intenta establecer
una conexión con el lector. Además, no me gusta la
moralina, es horrible, no quiero mensajes...".
¿Por qué se sigue apuntando a la literatura para
jóvenes como género menor?
"Quienes categorizan la literatura generalmente son hombres
maduros, solemnes y bastante arrogantes. Cualquier cosa que no sea
lo que ellos escribirían, es considerada literatura menor,
empezando por 'literatura femenina' y luego viene todo lo demás,
niños, jóvenes, humor, etcétera. ¡Los
desafío a que traten de hacerlo con éxito!".
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| Pienso
que Harry Potter abrió un campo fantástico,
de algo que no estaban viendo los adultos: que los niños
leen. Si les dan lo que quieren leer, leen |
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¿Intenta reivindicar la literaura
para jóvenes?
"No intento reivindicar nada. Humildemente, estoy explorando
un territorio desconocido, lleno de trampas y obstáculos.
Siento un gran respeto por mis lectores. De ellos tengo mucho que
aprender".
¿Pensó que es un texto jugoso para el cine?
"Nunca pienso en películas. Mi oficio es la escritura.
No tengo un agente para el cine y no ando ofreciendo mis libros
a Hollywood. A veces, con suerte, algún director o productor
de cine se interesa por alguna de mis historias y así van
a parar a una pantalla, pero es más por casualidad que por
otras razones...".
Con su voz aguda y el tono suave, Isabel explica que fue una decisión
de los editores, que no hubo razón personal ninguna para
que el lanzamiento mundial de La ciudad de las bestias fuese
el 12 de septiembre, un día después de una fecha que
este año tenía dos efemérides desgraciadas:
los 29 años del golpe en Chile y el primer aniversario del
atentado contra las Torres Gemelas. A propósito, dice que
en Estados Unidos "se respira un aire algo paranoico, que el
tonto de Bush no hace más que acentuar con sus amenazas de
guerra contra Irak", y que "personalmente no tengo miedo
porque no pienso morirme ni un minuto antes de lo que me toca".
Sobre sus 60, que cumplió el 2 de agosto, y la vida en general,
dice: "Me encanta ser abuela, tengo una excelente relación
con mis nietos y celebro los años que he vivido, con sus
penas y sus éxitos, pero no me gusta envejecer. No hay nada
glamoroso en la vejez. Con la edad una no se pone más sabia
o mejor, simplemente se acentúa lo que una ya es. Espero
que en mi caso se acentúen no sólo los defectos, sino
también alguna cualidad... si es que tengo alguna por allí
escondida".
© Clarín
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