| Sáquele punta
a la adolescencia
Es una etapa de transición no sólo para los hijos sino también para los padres. He aquí una guía que
le puede orientar para enfrentar ese período como una ocasión para potenciar la propia personalidad
y, por supuesto, la de los hijos. Tatiana Aguilera
Oye todo el día música, chatea, habla con sus amigos... ¡buena señal!, son algunas de las características propias del adolescente de hoy. La palabra proviene del verbo latino adolescere que significa crecer o llegar a la maduración. Aunque también puede entenderse en su acepción negativa en cuanto a carencia, “adolescer de”, en este caso, de una personalidad plenamente definida. El adolescente es una especie de híbrido, con rasgos de adulto y resabios de niño.
Para algunos, la adolescencia se puede ver como un nuevo nacimiento pues presenta cambios tan rápidos y pronunciados que se le ha denominado la etapa de storm and stress (tormenta y tensión). Efectivamente, existe la posibilidad de que puedan surgir las llamadas crisis existenciales pues los jóvenes se encuentran en la búsqueda de su propia identidad, en el proceso de configurar su personalidad.
Todo depende del cristal con que se mire. Para un adolescente “la pubertad es una enfermedad que pasan los padres cuando sus hijos llegan a los catorce o quince años”. Efectivamente, es una etapa de transición tanto para los hijos como para los padres.
Los cambios
La transición se da en muchos aspectos; los más notorios son los cambios físicos, sociales y psicológicos. Respecto al desarrollo físico, se produce una aceleración evidente del crecimiento hasta conformar el cuerpo adulto y la maduración de los órganos sexuales. También es propia de esta etapa una especial sensibilidad e imitación hacia los modelos que están especialmente de moda. Estos cambios biológicos provocan en los adolescentes una hipersensibilización y preocupación por su apariencia física, que se concreta según los patrones sexuales. La transformación del cuerpo de niño en el de un adulto no se produce según los cánones de la armonía y la uniformidad. Los especialistas lo denominan como “crecimiento asincrónico”, que en el lenguaje del vulgo podríamos calificar de crecimiento a su “aire biológico”: madura una cosa por aquí, luego crece otra por allá. Es por eso que, después de dos o tres años, el cuerpo del adolescente presenta, en ocasiones, una apariencia desproporcionada y desgarbada.
Los cambios sociales suelen exigir grandes expectativas para el adolescente. El entorno presenta una serie de condiciones. Los padres deben conocer y adelantarse a esas transformaciones para ayudar a los hijos a enfrentarlas exitosamente. No se puede perder de vista que, sobre todo, la adolescencia es una etapa necesaria en el desarrollo personal de cada hijo y esos cambios pueden convertirse en una gran ocasión para ayudarles a integrar su proceso de maduración y crecimiento con fortaleza interior. En otras palabras, las características propias de la adolescencia pueden ser aprovechadas por los padres para enseñar a los hijos a convertirlas en fortalezas.
Respecto a los rasgos psicológicos se percibe la aparición de la intimidad, el egocentrismo, la tendencia al aislamiento, la necesidad de independencia, la constante reevaluación de los padres y de las ideas y conceptos hasta ahora recibidos. Se constatan comportamientos y emociones cambiantes y se percibe un sesgo de inseguridad.
La oportunidad de crecer
Para los padres, enfrentar la adolescencia de sus hijos es un reto y la oportunidad ideal para sembrar lo que antes no se pudo y reforzar o establecer patrones positivos. Siempre es una oportunidad para el crecimiento personal de todos los protagonistas involucrados. Lo importante es plantearse metas altas, ejercer la autoridad con paciencia y esperanza.
Es el momento de ayudar a los hijos a convertir las características de su edad en fortalezas: el natural egocentrismo puede devenir en autoconocimiento y metacognición: ¿qué siento?, ¿cómo estoy actuando, ¿ésta es la personalidad que quiero cosechar?
La tendencia a la fantasía puede llegar a ser un proyectarse hacia el futuro y construir ideales altos. La inclinación natural del adolescente hacia sus iguales es la ocasión perfecta para enseñarle el sentido y valor de la amistad. Lejos de rechazar de entrada las amistades de los hijos conviene que éstos perciban la apertura familiar hacia ellos. Cuando se observan en los amigos rasgos o características inconvenientes, antes de prohibir que los frecuente, es importante hacerles caer en cuenta de las fallas en los otros y pedirles que procuren ayudarles a mejorar. Así, no sólo aprenden que la amistad, más que complicidad, es querer el bien del otro, y que, precisamente, la palabra “amigo”, supone cierta responsabilidad sobre la bondad de quien se quiere —el italiano bien lo refleja: Ti voglio bene es la expresión adecuada para decirle a alguien que se le quiere.
Es el momento idóneo para orientar su sensibilidad a rechazar la injusticia. Es necesario que perciban lo que es justo en su haber personal. Se debe ayudar a que los adolescentes se den cuenta de que las cosas que valen la pena siempre cuestan.
El subibaja emocional tan propio de estas edades se puede ir esculpiendo en busca del ejercicio del autocontrol. Lejos de negar el torbellino afectivo que muchas veces lo envuelve, el adolescente debe aprender formas de reconocerlo y manejarlo. Puede llegar a utilizar su apasionamiento hacia lo que es verdaderamente bueno y a controlar y canalizar aquello que no le ayuda a crecer como persona.
El cuestionamiento de la fe es ocasión para una revisión de la adhesión a la misma, que les puede llevar a conocer más lo que se cuestionan y buscar razones para su esperanza.
El afán de independencia, característica tan natural de quien se reafirma como individuo que comienza a ser adulto, ofrece ocasión para uno de los aprendizajes más importantes para cualquier persona: el descubrimiento de la libertad interior; de la capacidad de poder escoger la mejor opción posible ante cualquier circunstancia de la vida.
Toda persona necesita darse cuenta de que si bien no puede controlar lo que le pasa, siempre puede decidir qué hacer ante ello, cómo responder. Si en definitiva va a dejarse afectar negativamente por las circunstancias internas o externas, o si las va a convertir en ocasión de crecer y ser mejor.
Otro aprendizaje imprescindible en una educación que busque enseñar el ejercicio pleno de la libertad responsable es también enseñar a asumir la responsabilidad sobre los actos. Con esto en mente, es conveniente permitir a los hijos acarrear con las consecuencias de sus acciones. Durante esta etapa de la vida, más que manejar castigos y recompensas, hay que hablar de consecuencias positivas y negativas del actuar. El obtener unas u otras dependerá de su decisión de asumir determinada conducta. Asimismo, hay que permitirles que resuelvan situaciones difíciles y que afronten consecuencias desagradables, si estas proceden de su conducta.
Los adultos deben ser coherentes con la palabra dada: cumplir lo que se ofrece. El establecimiento y progresiva ampliación de las normas de la casa con respecto al adolescente (salidas, horarios, responsabilidades familiares, etcétera) debe hacerse de forma razonada y dejando claro tanto lo que se espera de él, como las consecuencias de incumplir lo establecido. Esta actitud evitará dar respuestas arbitrarias en cada situación concreta. Las normas se conviertan en ocasión de acuerdo y de criterios claros de acción, tanto para los padres como los hijos.
Guía para conversar con un adolescente
1. El hijo con el que habla hoy, no es el mismo de hace un año. Ahora es adolescente, por eso ambos están en un período de transición.
2. Es importante hablar, pero más lo es escuchar. La mayoría de los padres quiere mitigar los golpes que la vida puede causar a los hijos. Se hacen cargo de los problemas que le atañen, intentan ayudarle. Hablan, advierten, dan consejos, prohiben, juzgan; pero pueden tener poca paciencia para escuchar.
3. Es importante no dejarse llevar por la improvisación. Saber exactamente lo que se quiere decir y no expresar lo que dicte el estado de ánimo en ese momento.
4. Procure tener una visión a largo plazo. Las guerras no se ganan en una sola batalla y la victoria definitiva requiere paciencia y sembrar mucho antes de recoger la cosecha.
5. Facilitar que explique sus opiniones y puntos de vista, que se escuche a sí mismo hablando en voz alta. Sólo así permitirá que exprese su frustración, angustia o miedo. Para lograrlo, hay que evitar las interrupciones con comentarios, consejos o preguntas.
6. Dentro de ciertos límites, procure no tomarse las cosas como algo personal, cultivar una perspectiva un tanto distante y permanecer tan sereno e impertérrito como le sea posible. También puede ser útil “oír con los ojos”. En ocasiones el hijo no expresa con palabras lo que siente. La expresión de la cara, la mirada, el gesto de los brazos, la postura, el tono de voz; el cuerpo no miente.
7. ¿Están dispuestos a oír de todo? Por eso, conviene tener previsto qué hacer después. Pensar que entonces es cuando se va a presentar la mejor oportunidad para ayudar a su hijo, pues cuando se atreve a expresar su preocupación es porque ha jugado con fuego pero no aguanta el calor. Los padres sagaces han de tener, desde el principio, un mínimo plan de acción.
Recuerde: más dolor ocasiona un padre blando, inconstante, que no sirve de guía, que uno exigente. No sea de los que se rinde enseguida porque educar bien resulta cansón. l
CUANDO CONSULTAR A UN ESPECIALISTA |
Es importante no tomar decisiones apresuradas. Las actitudes efervecentes de este período por lo general no son algo fuera de lo común, o anormal. Sólo si el nivel de conflicto es alto, de manera consensual, es conveniente buscar a un tercero (psicólogo o psiquiatra) para ayudarse mutuamente. Algunos de los motivos que pueden aconsejar la visita a un especialista son:
l Si la conducta del adolescente impide o afecta seriamente sus diversas áreas de desarrollo: fisico, escolar, social, etc.
l Cuando presenta conductas que puedan atentar contra si mismo o contra los demás en una frecuencia e intensidad llamativas: agresividad, consumo de alcohol o drogas, abandono escolar, etcétera.
l Ante rasgos llamativos depresivos: falta de interés y de placer, juicio negativo de si mismo, de su presente y su futuro, tristeza, ira, intolerancia a la frustración ante los pequeños fracasos.
l Una fuerte tendencia al aislamiento. Si es incapaz de manejar las exigencias de su entorno o establecer vínculos sociales.
l No se debe obligar al adolescente a ir al especialista ni se le debe presentar esa posibilidad como una amenaza. Es importante dejar claro que el especialista no es para incapaces ni locos. Es la confianza en la ayuda que se le presta lo que le animará a aceptar ese paso. Hacerle ver que precisamente porque se le quiere y no se le ve contento, se ve conveniente acudir a una persona con experiencia para orientarle. |
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EDUCAR EN LA SEXUALIDAD |
Lo que no debe faltar en la formación de padres a hijos:
l Enfocar el tema como aspecto esencial de la persona humana, en su integridad y dignidad, en su capacidad de dar y recibir
l Evitar que se limite a la información formal. Procurar que se enmarque en el desarrollo de la persona como varón y como mujer.
l Es importante que los hijos conozcan las consecuencias físicas, emocionales y personales del ejercicio sexual prematuro. No se puede reducir la información al peligro de un embarazo no deseado.
l No consiste en limitarse a prohibir, sino enseñar a escoger y adherirse a lo que se entiende como bueno.
l Debe ser coherente con la educación de la libertad responsable: no se puede hacer aquello que no se está en condiciones de asumir plenamente con todas sus consecuencias. La educación de la sexualidad no puede ser la excepción enseñando que lo importante es evitar las consecuencias.
l Incluye facilitar el ambiente con reglas prácticas claras, razonables y razonadas. |
Coordenadas
l Noiralih Cardozo, psicólogo de adolescentes, orientadora familiar. noiralihcardozo@hotmail.com
l Alejandra Vallejo-Nágera
Web: www.hacerfamilia.net/ |
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