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revista Estampas
 
  Poquitos amigos
Mónica Montañés

 

Tanto y tanto que se habla de amor, tanto tiempo que se invierte en conseguir por fin una pareja, un hombre perfecto, una mujer ideal, tanta dieta, tanta cirugía plástica, tanto dinero, tanto insomnio,  tanto despecho, tanta locura, tanto milagro implorado… y no nos damos cuenta de que quizá el verdadero milagro está siempre cerquitica de nosotros, al lado nuestro, sonriendo, acompañando, sirviéndonos un traguito, conversando. Me refiero a los amigos, los panas, los de siempre y hasta los nuevos. Son pocos, poquitos, a veces, incluso, menos que la cantidad de seres de los que nos hemos enamorado en la vida. En el mejor de los casos los verdaderos amigos no llegan ni a diez ¡pero cómo valen! ¿O no? Se me ocurrió dedicarle la columna a la Amistad con A mayúscula porque ando leyendo y releyendo a Padura Fuentes, ese cubano extraordinario que escribe como le da la gana sobre crímenes y sobre La Habana, pero, sobre todo, de la amistad. El Conde, su personaje magnífico, tiene pocas cosas, poquísimas, pero tiene al Flaco, su amigo, y con eso lo tiene todo. A mí, que soy hija única, la verdadera amistad me resulta conmovedora. Esa familia que uno elige y que lo elige a uno, con virtudes y defectos incluidos, que está cuando hay que estar, en las malas y, en especial, en las buenas, (que es tan difícil), es la que te hace realmente llevadera la vida. Yo, debo confesarlo, no soy como Roberto Carlos, no quiero ni mucho menos tengo un millón de amigos. Tengo poquitos pero sí les debo un millón de momentos mágicos, geniales, de sonrisas, incluso de silencios, de miradas llenas de complicidad. Es más, considero que los grandes momentos con la pareja, los trascendentes, son esos en los que descubres que más allá del romance y del sexo han logrado ser amigos. Cuidado y ahí está el truco de esos viejitos que de pronto vemos agarrados de la mano después de mil años juntos, no es que todavía se gusten, que quizá sí, pero seguro segurísimo es que son amigos. Y lo mismo pasa con los padres y las madres. Al menos en mi caso es así. Lo más grande, lo que yo más les agradezco a mi papá y a mi mamá, tan distintísimos que son entre sí, es que ambos han hecho de mí su mejor amiga. Y es también una de las pocas cosas que espero lograr de mis hijos: que ambos me vean cuando seamos todos adultos como su amiga, esa a la que se le puede caer un día, cualquier día, para echar cuentos, importantes o no, para reírse de una derrota, cotidiana o gigantesca, para festejar un éxito, cotidiano o gigantesco, para hablar de amores, mal o bien, o, sencillamente, para comentar que se leyó un buen libro o se vio una gran película, que no terminará de ser buena o grande sino hasta que se comente con un verdadero amigo. Yo a mis amigos los extraño todo el tiempo y mucho, mucho más de lo que los llamo para decírselos, porque vivo ocupada en zoquetadas y porque les respeto demasiado la intimidad y porque cuando veo que responden me conmuevo muchísimo. Vivo conversándoles en mi mente y a veces hasta en persona (o por Internet, que últimamente se ha vuelto casi lo mismo). Por eso arranqué queriendo decir ¿qué tanto amor, qué tanto romance, qué tanta obsesión por encontrar el hombre o la mujer perfecta?, si no hay nada más perfecto que un amigo o una amiga, que para el caso da igual. Ya sé que hoy es domingo y no es buen día porque suelen ser días más bien familiares y no siempre la familia es amiga de uno y, ni modo. Pero mañana es lunes y, como dice mi amiga Mimí, los lunes son siempre una nueva oportunidad. Déle una vueltita a los amigos, total, son poquísimos, y agradézcales el milagro de existir. l

 
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