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MENDOZA en un sorbo

La región argentina, morada del malbec, ha logrado convertirse en referencia obligada para los amantes del buen vino. De la mano de Trivento, una joven bodega propiedad de Concha y Toro, he aquí un recorrido por sus viñas y secretos
Texto y Fotos: Enmar Pérez. Argentina

Para los mendocinos "el vino es como el aire": cotidiano, familiar, esencial. Una afirmación que -con la misma naturalidad con la que se lleva una copa a los labios- sostiene cualquier habitante de la provincia de Mendoza, hoy día, el centro vitivinícola más importante de Sudamérica. Emplazada a los pies de la imponente cordillera andina, Mendoza concentra 70% de los viñedos finos de Argentina -país que ocupa un vigoroso quinto puesto como productor en el ranking mundial- y su producción anual bordea los 10 millones de hectolitros. En otras palabras, es infinitamente más el vino que circula en un año a lo largo de esta zona, que el agua que le regala su luminoso cielo, que tan sólo alcanza a descargar en promedio unos 200-230 mm de lluvia durante el mismo lapso -de hecho, el mayor volumen del agua que recorre sus característicos canales y acequias proviene de los deshielos de las montañas andinas y no de sus nubes. Así las cosas, en esta provincia de la nación austral, un semidesierto que, paradójicamente, seduce con su paisaje poblado de álamos y olivares, el agua constituye un eterno suspirar. El vino, ya se sabe, más bien se respira.

En la finca Los Sauces, un viñedo de 650 hectáreas recién sembrado, la bodega espera obtener uvas para elaborar caldos de calidad premium

"No hay una persona en Mendoza que no tenga algún pariente relacionado, de alguna forma, con el quehacer del vino, incluso nuestras canciones, nuestras danzas, nuestros poemas están muy vinculados a la viña", dice María Victoria Acosta, gerente de Relaciones Públicas de Trivento, una pujante bodega que la casa Concha y Toro fundó hace doce años en esta región, y que actualmente se precia de ser la marca argentina con mayor presencia en los anaqueles mundiales: 103 países -Venezuela entre ellos- ofrecen sus caldos -varietales, bivarietales, premium y ultrapremium. Justamente en las propiedades de Trivento, Sebastián Olalla, gerente de exportación de la empresa, invitaba a un grupo de periodistas venezolanos a iniciar un recorrido por los jugosos caminos de los tintos y blancos mendocinos, que hoy han alcanzado fama y reputación en el mercado internacional. "Queremos que ustedes entiendan lo lindo que es elaborar un vino, para que cuando abran una botella aprecien más el líquido, para que recuerden todo lo que significó hacerlo", refería Olalla, mientras guiaba a los comunicadores por la finca Los Ponchos, una extensión de 180 hectáreas ubicada a 1.150 metros de altura en Tupungato, zona del valle de Uco. Allí, entre tan sonoros nombres y con la vista de postal que obsequiaba en el fondo la nevada cordillera andina, apenas se descubrían las primeras notas de esta espirituosa experiencia.


FOTO CORTESIA TRIVENTO







El Trivento Golden Reserve Malbec (2005), que ya está en el país, logró 90 puntos en la revista Wine Spectator

No esperen uvas en abril
En el hemisferio sur del planeta, abril no es mes de racimos y verdes hojas. Más bien, por esos días, cursa el otoño y en Mendoza los viñedos, ya marchitos, despliegan una extensa gama de ocres y marrones. Tan sólo unos pequeños carteles ubicados al borde de una que otra vereda dan cuenta de los tipos de uva que, apenas unas semanas atrás, eran la razón de ser de la vendimia, que se lleva a cabo en el verano. En esa época se concentra 90 % del trabajo, pues es entonces cuando las matas están cargadas y la cosecha es la faena principal. "En estos terrenos tenemos plantadas casi todas las variedades de uva que maneja la bodega -chardonnay, sauvignon blanc, viognier, entre las blancas. Syrah, malbec, pinot noir, cabernet sauvignon, merlot, por el lado de las tintas.


El personal de la empresa permanece en los viñedos durante todas las estaciones para velar por la calidad de las plantas. En otoño la actividad principal es la poda

Esta tierra ha resultado mágica porque lo que se siembra se da, y se da bien", refería Olalla, quien explicaba que esto último se debe, en buena medida, al clima que rige en las alturas de Tupungato, cuya óptima amplitud térmica -diferencia que hay entre la mínima y la máxima temperatura en un mismo día- es una característica esencial para que las vides desarrollen todo su potencial. "La amplitud térmica es fundamental para la correcta maduración de las uvas, que si bien necesitan del calor del sol para llevar a cabo este proceso, deben reposar en algún momento y eso sucede durante la noche. Aquí, en el día, puede haber una temperatura de 30, 35 grados, y ya en la noche el termómetro puede descender hasta cero. Eso es buenísimo para la planta porque en las horas nocturnas la fruta para de madurar, y mientras más lenta sea la maduración mejor será la calidad de la uva". Esto último, lógicamente, es condición sine qua non en el mundo vitivinícola: si no se obtiene calidad en la fruta, no habrá buen vino.

Ahí está el detalle
"Donde no hay mata no hay patata", suelen decir los españoles, y los expertos aseguran que lo que la naturaleza no tiene a bien regalar, difícilmente podrá ser solucionado por el hombre en la bodega. En Mendoza, cuyo suelo y clima conforman una dupla bendita para las vides, compañías como Trivento están conscientes de que, aun cuando en la partida tienen todas las de vencer, el secreto está en no bajar la guardia: hombre y naturaleza han de avanzar en perfecta comunión. "Tiene que haber trabajo durante todo el año. Nosotros, a diferencia de otras empresas, tenemos personal permanente en los viñedos, así conseguimos gente comprometida con el proyecto, gente que siente como propia cada una de las plantas", revelaba Sebastián Olalla.

Como reza el dicho: "Dios está en los detalles", y en la joven bodega parecen tenerlo claro: en un mercado tan aguerrido como el argentino -y por extensión en el internacional-, la competencia se gana hoy día con calidad. Para allá, expresa el gerente, apunta la estrategia de Trivento que, por ahora, posee ocho fincas repartidas a lo largo de la provincia. En conjunto, estos viñedos suman 1.289 hectáreas, 320 dedicadas exclusivamente a la producción de vinos premium y ultrapremium, el renglón que más crece en el mercado interno y, sorpresivamente, también en países como Venezuela. "El consumo per cápita en Argentina es de unos 34 litros anuales. Si los comparamos con los 80 de hace 20 años eso no es nada, pero lo bueno es que ahora ese consumo es en un altísimo porcentaje de vinos de calidad y no tanto de vinos de mesa. Para que tengan una idea, actualmente en Venezuela no se llega al litro per cápita en un año", explicaba Olalla, esta vez en los predios de la finca Los Sauces, un viñedo de 650 hectáreas recién plantado -sólo 25% de su totalidad-, donde la empresa espera obtener, a la vuelta de tres años, uvas de diferentes variedades destinadas a la elaboración de caldos ultrapremium. "Esta va a ser la vedette de Trivento".


FOTO: CORTESIA TRIVENTO
La tecnología de punta convive en las bodegas de Trivento con las barricas de roble que gozan de una sala especial

Lo que Eolo se llevó
"No hay conjunto de neuronas memoriosas capaces de recordar los vinos del país", se le leía a un crítico en el diario La Nación. "En Argentina, actualmente, hay más de 1.200 marcas de vino -refería Olalla-, todavía la gente está descubriendo botellas de calidad. Nosotros estamos batallando por ubicarnos entre las primeras veinte bodegas; es una materia pendiente". Por ahora, la empresa ha logrado tentar a los paladares más eruditos con caldos como el Eolo, un ultrapremium que acaba de conquistar -la cosecha de 2005- una calificación de 93 puntos en la revista Wine Spectator, una de las biblias del mundo vitivinicultor. "Su producción es limitada. A Venezuela podríamos llevarlo en unos cinco años", confiesa el gerente, quien añade que, sin embargo, en el mercado nacional ya se introdujo el Trivento Golden Reserve Malbec (2005), otro de sus galardonados superpremium, que se suma a líneas como los frescos varietales de Tribu o el premium Trivento Reserva Malbec (2005). "Venezuela nos ha sorprendido. Nosotros llegamos allá, de la mano de Alfonso Rivas, hace cinco años. Para entonces, despachamos 2.000 cajas de nueve litros y en menos de cuatro años hemos alcanzado las 40.000 cajas (en diferentes líneas)". En el próximo agosto, de hecho, sumarán nuevos vinos a la cartera que ya ofrecen en el país. "Todavía hay mucho para crecer y para educar al consumidor, al que hay que quitarle el miedo ante el vino. La gente teme hacer algo mal con la bebida en vista de todo el ritual que se ha creado a su alrededor. Para mí hay que desmitificarla y hacerla accesible a todo el mundo". En este sentido, Trivento intenta llegar a un consumidor joven, al que espera seducir con caldos modernos, que alcancen una buena relación entre precio y calidad.

 

 

Dentro de 2.390 barricas de roble francés y americano los mejores caldos de Trivento evolucionan por períodos de meses o hasta de un año

 

De roble y acero
"Este es un varietal de Tribu que no tiene nada de madera (paso por barrica). Es joven, fácil de tomar y muy agradable, aunque ofrece buena intensidad de cuerpo, que es la idea", dice Germán Di Césare, enólogo a cargo de la línea, mientras invita al grupo a degustar una copa de malbec -la cepa por excelencia de Mendoza- en medio de la bodega principal de Trivento, último tramo de este recorrido. El movimiento en sus instalaciones era palpable: una vez finalizada la vendimia, comienza el proceso de elaboración del vino, e interpretar todo aquello que la naturaleza aportó con generosidad y, lógicamente, con la ayuda del trabajo del hombre, es tarea de filigrana para los enólogos, responsables de otorgarle personalidad a las botellas. En ese espacio, donde conviven la tecnología de punta con las siempre nobles barricas de roble (en Trivento tienen 2.390, entre francesas y americanas, en una sala especial con control automático de temperatura y humedad), estos profesionales dirigen y velan el buen curso de los procesos, pues un paso en falso puede dar al traste con la mejor de las cosechas. A la par, los sentidos, la intuición, la experiencia y hasta el arte, deben hermanarse para lograr caldos que enamoren a todo tipo de consumidor. Ellos saben qué uvas de la cosecha regalarán jugos con posibilidad de ganarse su paso por las barricas, donde todavía podrán evolucionar por lapsos de meses o un año, y sumar notas de madera, vainilla o cuero, entre otras, sin perder la esencia de la fruta original, para obtener los reserva, los premium y los ultrapremium. También deciden cuáles serán embotellados de inmediato para ser bebidos frescos y, preferiblemente, no mucho después de salir al mercado. Es un trabajo de alquimistas y hasta de equilibrio en la cuerda floja, que los enólogos modernos deben saber combinar con el manejo de procesos tecnológicos de avanzada. En la botella se jugarán el todo por el todo. Esto es: conquistar la preferencia del consumidor. Ya se sabe: al final, como dicen los propios mendocinos: "el mejor circuito es aquel que recorre el paladar" y sólo un caldo que deja "un buen gusto en boca" o se siembra en la memoria es una asignatura digna de repetirse. Que así sea, entonces, comentan riéndose los representantes de Trivento.

De a sorbito

•Trivento debe su nombre a los tres vientos que, en diferentes épocas, surcan Mendoza: Polar, Sonda y Sudestada. Cada uno de ellos deja su impronta en los vinos de la región.

•El enólogo Germán Di Césare explica que la temperatura ideal para tomar un vino blanco es entre ocho y 12 grados, y un tinto, entre 16 y 18 grados.

•Para enfriarlo lo mejor es ponerlo en una cubeta mitad hielo, mitad agua. Si en principio estaba a temperatura ambiente, unos 10 o 20 minutos bastarán. Si ha llevado una botella a la nevera no debe dejarla más de 24 horas, pues puede perder sus aromas y esto modifica el vino.

•Di Césare comenta que siempre es bueno observar el color de un vino reflejado sobre un fondo blanco porque, de esta manera, se pueden ver bien, al costado de la copa, los matices. "El color del vino es importante porque delata la edad y cómo se trató durante la elaboración. Si se descorcha un tinto joven, por ejemplo, y su color es anaranjado o marrón, ese vino está maltratado".

•Mientras más elaborada es una comida, requiere también de vinos más elaborados, con boca más fuerte y especiados. La línea Tribu, dice Di Césare, viene bien para platos ligeros. Para una ensalada verde fresca, el enólogo sugiere un sauvignon blanc. Una carne fuerte la serviría con malbec o syrah.

 

 

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