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Evite
l Propóngaselo.
Antes de dormir, propóngase tener un sueño lúcido.
Funciona mejor si se hace al despertarse en medio de la noche
o en la mañana, que es cuando más se sueña.
l Tómese
una siesta matutina. Despiértese una hora antes
de lo habitual y vuelva a dormirse. Según varias investigaciones,
el pasar de la vigilia al sueño con las primeras horas
de luz estimula los sueños lúcidos.
l Para
saber que está despierto. Dado que la clave
es poder distinguir cuándo se está soñando,
una técnica consiste en llevar un reloj digital o un
texto durante el día, y cada tanto leerlo, alejar la
mirada y volverlo a mirar. Si no cambian los números
ni las letras, es señal de que uno está despierto
(en los sueños, las letras y números se transforman
mientras uno los mira). Aunque suene extravagante, no parece
haber mejor manera de lograr enterarse de que uno está
soñando que hacer "controles de realidad"
de esta clase durante el día.
l Señales
oníricas. Son elementos que indican que uno
está soñando (gatos violeta, vacas que vuelan,
toda clase de incongruencias). Estos elementos se repiten
y suelen ser muy personales; identifique los propios.
l Con
una ayudita de la tecnología. Existe en EEUU
una línea de aparatos diseñados para inducir
sueños lúcidos. El más simple es un par
de anteojos que emite una luz o sonido intermitente en el
momento en que uno entra en el ciclo REM del sueño.
l El
experimento del espejo. En un sueño, acerque
su mano a un espejo o vidrio y vea qué ocurre. Si la
mano penetra en el vidrio, o siente alguna impresión
física parecida a un cosquilleo, comprobará
que está soñando.
Sin duda, no estará en cualquiera dedicar sus horas
de descanso a explorar los límites de la conciencia.
Pero dada la cantidad de vida que invertimos en nuestras pequeñas
excursiones nocturnas, quizá no sea mala idea empezar
a mirar con un poco más de atención el paisaje.
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Sueños lúcidos
Fabiana Fondevilla
Así se llaman los sueños en lo que una
persona toma conciencia de que está soñando y hasta logra torcer
su curso. Los investigadores dan pistas de cómo fomentar esta clase
de sueño y para qué.
¿La vida es sueño?
Más allá de cualquier intuición metafísica,
sabemos que al menos un tercio de la vida lo es seguro. Se calcula
que una persona de 70 años, por ejemplo, se habrá
pasado unos 23 años de su vida durmiendo. Y gran parte de
ese tiempo, soñando. Aunque mucha gente no recuerde ni uno
solo de sus sueños, la ciencia determinó hace rato
que todos soñamos todas las noches. ¿Tendrá
sentido ver pasar tanta vida con total inconsciencia? Existe una
alternativa: cultivar los sueños lúcidos.
¿Qué significa soñar con lucidez? Simplemente,
tomar conciencia de que uno está soñando, sin llegar
a despertarse. A veces, esta conciencia sobreviene espontáneamente
cuando uno advierte algo en el sueño que no concuerda con
las leyes naturales (alguien que vuela, un muerto que revive), pero
también pueden producirse sin ninguna pista previa. Quienes
se entrenan en traspasar este límite de la conciencia cuentan
que hasta son capaces de torcer el rumbo del sueño, enfrentando
monstruos y fantasmas, o gozando de esa temporaria eximición
de los límites de "la realidad".
Las primeras referencias al soñar con conciencia aparecen
en un antiguo texto de la tradición budista tibetana, en
la que se alienta a las personas a "dormir del lado derecho,
como el león", ya que esto estimularía un tipo
de actividad cerebral conducente a esta clase de sueños.
Mucho más acá, en la década de los setenta,
retomó la idea el autor de culto Carlos Castaneda, a través
de una técnica que le transmitió el indígena
yaqui Don Juan.
Pero el investigador de este fenómeno más conocido
en la actualidad es un profesor de la Universidad de Stanford, California,
llamado Stephen La Berge. A través de años de pruebas
de laboratorio, La Berge mostró que existen distintos niveles
de lucidez: desde la simple toma de conciencia de que se está
soñando, a estados en los que se advierte las vivencias del
sueño, y a la vez se percibe la manera en que uno está
acostado en la cama (la posición del cuerpo, la sensación
de las sábanas sobre la piel, hasta la impresión de
cuándo se va a despertar). En las pruebas de laboratorio,
el sujeto hace una señal preestablecida con los ojos para
indicar al investigador que ha comenzado la lucidez. Además
de dar una prueba fehaciente de la existencia de sueños lúcidos
(ya que la señal coincide con el inicio del ciclo REM, en
el que se producen los sueños), esto significa que hasta
existe un mínimo control voluntario del cuerpo durante el
sueño. Siempre se supuso que mientras una persona dormía,
su cuerpo entraba en una profunda parálisis involuntaria,
de manera de no "actuar" el contenido de sus sueños.
En casi todos los testimonios, el soñante usa la libertad
extraordinaria del sueño para hacer lo imposible: sobre todo,
volar. La libertad de trascender las leyes físicas y sociales
es uno de los grandes atractivos de los sueños lúcidos;
muchos relatan una sensación de éxtasis al cobrar
conciencia por primera vez de que están atravesando un sueño.
Pero, curiosamente, algunos dicen sentirse limitados incluso en
el sueño por lo que creen poder o no hacer: por ejemplo,
si advierten que "están volando", se asustan y
pueden "caerse" o despertar.
Existe también un uso más práctico para estos
sueños despabilados. En su libro Explorando el mundo de
los sueños lúcidos, La Berge postula que ésta
puede ser una de las terapias más eficaces para quien sufre
de pesadillas crónicas. Si uno sabe que está soñando,
hay apenas un salto lógico hasta darse cuenta de que nada
de lo que ocurre en esta experiencia -por más desagradable
que resulte- puede causar daño físico real. Desaparece
la necesidad de huir o luchar contra los monstruos nocturnos, cualquiera
sea su forma. De hecho, habitualmente es inútil escapar porque
el "peligro" fue concebido en la propia mente, y mientras
el miedo persista, el "peligro" también. La única
forma de escapar es anular el miedo.
Tampoco se puede ignorar el poder creativo de los sueños.
El cerebro no sólo está muy activo durante el sueño
REM, sino que además se encuentra libre de la interferencia
de los estímulos sensoriales. A esto se le atribuye la concatenación
de sucesos aparentemente azarosa de los sueños. Un estudio
halló que las asociaciones de palabras realizadas después
de despertarse de un sueño eran 29% más originales
que las practicadas en otros momentos del día. Acaso por
esto, muchos de los testimonios de sueños lúcidos
provienen de artistas, poetas, músicos y diseñadores.
El área más polémica es la terapéutica.
Así como cada vez más se recurre a las visualizaciones
para ejercer efectos curativos sobre el cuerpo, hay quienes buscan
un camino similar a través del gran vuelo imaginativo de
los sueños. Los objetivos son amplios: aliviar dolores, suprimir
un duelo, mejorar la autoestima o trabajar sobre fobias o ansiedades
sexuales. En la vanguardia, hay quienes estudian esta técnica
para ayudar a la recuperación de lesiones en la columna vertebral,
la pérdida de sensibilidad o las secuelas de un derrame cerebral.
Pero ¿cómo se hace para experimentar uno mismo un
sueño lúcido?
Primero, intente recordar lo que sueña. Si no, aun si lo
lograra no tendría registro consciente de que ocurrió.
Para estimular la memoria, lleve un diario de sueños. Téngalo
al lado de la cama y anótelos todos, por más fragmentarios
o sin sentido que le parezcan. No se levante: un mero cambio de
posición puede borrar las frágiles imágenes
oníricas. Póngales un título para identificarlos.
Puede buscar la lucidez cuando recuerde al menos un sueño
por noche. l Clarín
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