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El "asunto" Sadel
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El escenario era el anfiteatro del parque de la Feria de la
Divina Pastora en Barquisimeto. La ocasión, el concurso La
voz de oro de Venezuela de 1969. El asunto fue el fenomenal
abucheo (para no hablar de gritos y protestas enardecidas)
con el que el público reaccionó al conocer que el segundo
finalista era Alfredo Sadel. El ídolo popular no sólo no ganaba,
sino que dos concursantes lo superaban según el criterio del
jurado. Edmundo Valdemar, el animador, tuvo que esforzarse
para dar a conocer a los triunfadores del evento. Mirla Castellanos
se ubicaría en un "honroso" segundo lugar, mientras que Héctor
Cabrera, con Rosario, se llevaría los máximos honores.
En la reseña de Estampas se defiende la elección del
jurado: "Al designarse a Héctor Cabrera como triunfador, el
Jurado tuvo un acierto en una difícil misión. La interpretación
de Rosario estuvo llena de sentimiento y matices por
parte del 'Poeta de la canción'. Cabrera reforzó sus posibilidades
con una dicción extraordinaria y la presentación de un vestuario
moderno". Quedaron fuera de juego intérpretes como Luis D'Ubaldo,
Mayra Martí, José Luis Rodríguez y Héctor Murga. Era una época
dorada en la historia musical de Venezuela. ¿Quiénes competirían
hoy por ser la voz de oro?
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Palabras libres,
periodistas presos
Rosa Montero
Como este artículo
tarda unos cuantos días en imprimirse, no sé si para cuando se publique
seguirá vivo Alí Lmrabet. Alí es un periodista marroquí que
ha intentado sacar adelante en su país una prensa libre e independiente.
Era el propietario de dos publicaciones satíricas, una editada en
francés y otra en árabe. Las dos están prohibidas y Lmrabet ha sido
detenido, juzgado y condenado a cuatro años de cárcel. El 6 de mayo
Alí empezó una huelga de hambre para protestar por las condiciones
de su encierro, que son feroces. Por ejemplo, le confiscaron el
único libro que tenía y su estilográfica. No permitirle leer ni
escribir es sin duda una pérfida revancha contra alguien cuyo único
pecado ha consistido en intentar pensar y opinar libremente. La
huelga de hambre, en cualquier caso, ha llevado al periodista al
borde de la muerte. Mientras escribo esto se encuentra internado
en un hospital de Rabat en estado crítico. Corren malos tiempos
para los periodistas. La guerra contra Irak mató a un buen puñado
(dos de ellos españoles), y esta especie de nueva guerra fría que
estamos viviendo desde el atentado contra las Torres Gemelas ha
limitado considerablemente la libertad de expresión en algunos países
democráticos. Por no hablar de los no democráticos, que parecen
haber aprovechado la tensión reinante en el mundo para cometer todo
tipo de tropelías. Ahí tenemos a Castro, por ejemplo, instalado
en esa senectud recalcitrante y asesina que suele ser tan habitual
en los tiranos. Las recientes condenas contra 75 disidentes, muchos
de ellos escritores y periodistas, son la traca final de una larga
trayectoria represiva. Las penas impuestas son salvajes: doce, dieciocho,
veinte años de prisión por el simple hecho de opinar distinto. Están
confinados en celdas de aislamiento, en condiciones infames, y sólo
pueden recibir una visita cada tres meses. La mujer del poeta Raúl
Rivero (sentenciado a veinte años), que le visitó a mediados de
mayo, pudo constatar que había perdido veinte kilos. Varios de los
condenados tienen graves problemas de salud, y otros no tardarán
en tenerlos dada la dureza del régimen carcelario. No sé qué me
escandaliza más, si la obvia atrocidad del castrismo o que todavía
haya gente (por fortuna ya poca) que se autodenomina de izquierdas
y que sigue justificando a Fidel y mirando para otro lado. El poder
político nunca se ha llevado bien con la prensa. En los países no
democráticos, los periodistas son simples manipuladores de la realidad,
mentirosos oficiales al servicio del régimen, o bien héroes martirizados
como Lmrabet o Rivero. En China y los países socialistas, por ejemplo,
los periodistas pertenecían a un sindicato llamado de Prensa y Propaganda:
más claro, imposible. Saber es poder, y por eso los tiranos intentan
secuestrar el conocimiento y la información, para dejar inermes
a sus ciudadanos. Esas ansias de controlar y alterar la realidad
pueden llegar a extremos increíbles: recordemos que la enciclopedia
soviética no sólo quitó la entrada correspondiente a Trotsky, sino
que le borró de las fotografías (a él y a todos los demás purgados
por Stalin). En su delirio siempre megalómano, el dictador llega
a creer que su palabra, como la voz de Dios, configura el mundo.
Pero la verdad, o las distintas verdades de la vida, siempre encuentran
antes o después su camino hacia la superficie. Los sistemas totalitarios,
los monarcas absolutos, los censores y los represores de diversa
calaña pueden causar dolores incalculables y destrozar el destino
de un país durante generaciones, pero al cabo del tiempo, la historia
lo demuestra, la mordaza siempre se rompe. Y se rompe, precisamente,
gracias a la perseverancia y la entereza de todos esos héroes civiles,
de esas mujeres y esos hombres valientes que insisten en seguir
diciendo, en seguir opinando, aunque con eso estén arriesgando la
vida. Toda esa gente digna que se niega a perder la pequeña y esencial
libertad de pensar distinto.l
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