- La voz de Lila Downs. Se Dice: Sex & Brasil.
- El dilema de Mowgli
- La Cita: Punto de luz. El monitor se pasea por la televisión.

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- Palabras libres,
periodistas presos
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- Brasil. La joven promesa
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El "asunto" Sadel


El escenario era el anfiteatro del parque de la Feria de la Divina Pastora en Barquisimeto. La ocasión, el concurso La voz de oro de Venezuela de 1969. El asunto fue el fenomenal abucheo (para no hablar de gritos y protestas enardecidas) con el que el público reaccionó al conocer que el segundo finalista era Alfredo Sadel. El ídolo popular no sólo no ganaba, sino que dos concursantes lo superaban según el criterio del jurado. Edmundo Valdemar, el animador, tuvo que esforzarse para dar a conocer a los triunfadores del evento. Mirla Castellanos se ubicaría en un "honroso" segundo lugar, mientras que Héctor Cabrera, con Rosario, se llevaría los máximos honores. En la reseña de Estampas se defiende la elección del jurado: "Al designarse a Héctor Cabrera como triunfador, el Jurado tuvo un acierto en una difícil misión. La interpretación de Rosario estuvo llena de sentimiento y matices por parte del 'Poeta de la canción'. Cabrera reforzó sus posibilidades con una dicción extraordinaria y la presentación de un vestuario moderno". Quedaron fuera de juego intérpretes como Luis D'Ubaldo, Mayra Martí, José Luis Rodríguez y Héctor Murga. Era una época dorada en la historia musical de Venezuela. ¿Quiénes competirían hoy por ser la voz de oro?

Palabras libres,
periodistas presos

Rosa Montero

Como este artículo tarda unos cuantos días en imprimirse, no sé si para cuando se publique seguirá vivo Alí Lmrabet. Alí es un periodista marroquí que ha intentado sacar adelante en su país una prensa libre e independiente. Era el propietario de dos publicaciones satíricas, una editada en francés y otra en árabe. Las dos están prohibidas y Lmrabet ha sido detenido, juzgado y condenado a cuatro años de cárcel. El 6 de mayo Alí empezó una huelga de hambre para protestar por las condiciones de su encierro, que son feroces. Por ejemplo, le confiscaron el único libro que tenía y su estilográfica. No permitirle leer ni escribir es sin duda una pérfida revancha contra alguien cuyo único pecado ha consistido en intentar pensar y opinar libremente. La huelga de hambre, en cualquier caso, ha llevado al periodista al borde de la muerte. Mientras escribo esto se encuentra internado en un hospital de Rabat en estado crítico. Corren malos tiempos para los periodistas. La guerra contra Irak mató a un buen puñado (dos de ellos españoles), y esta especie de nueva guerra fría que estamos viviendo desde el atentado contra las Torres Gemelas ha limitado considerablemente la libertad de expresión en algunos países democráticos. Por no hablar de los no democráticos, que parecen haber aprovechado la tensión reinante en el mundo para cometer todo tipo de tropelías. Ahí tenemos a Castro, por ejemplo, instalado en esa senectud recalcitrante y asesina que suele ser tan habitual en los tiranos. Las recientes condenas contra 75 disidentes, muchos de ellos escritores y periodistas, son la traca final de una larga trayectoria represiva. Las penas impuestas son salvajes: doce, dieciocho, veinte años de prisión por el simple hecho de opinar distinto. Están confinados en celdas de aislamiento, en condiciones infames, y sólo pueden recibir una visita cada tres meses. La mujer del poeta Raúl Rivero (sentenciado a veinte años), que le visitó a mediados de mayo, pudo constatar que había perdido veinte kilos. Varios de los condenados tienen graves problemas de salud, y otros no tardarán en tenerlos dada la dureza del régimen carcelario. No sé qué me escandaliza más, si la obvia atrocidad del castrismo o que todavía haya gente (por fortuna ya poca) que se autodenomina de izquierdas y que sigue justificando a Fidel y mirando para otro lado. El poder político nunca se ha llevado bien con la prensa. En los países no democráticos, los periodistas son simples manipuladores de la realidad, mentirosos oficiales al servicio del régimen, o bien héroes martirizados como Lmrabet o Rivero. En China y los países socialistas, por ejemplo, los periodistas pertenecían a un sindicato llamado de Prensa y Propaganda: más claro, imposible. Saber es poder, y por eso los tiranos intentan secuestrar el conocimiento y la información, para dejar inermes a sus ciudadanos. Esas ansias de controlar y alterar la realidad pueden llegar a extremos increíbles: recordemos que la enciclopedia soviética no sólo quitó la entrada correspondiente a Trotsky, sino que le borró de las fotografías (a él y a todos los demás purgados por Stalin). En su delirio siempre megalómano, el dictador llega a creer que su palabra, como la voz de Dios, configura el mundo. Pero la verdad, o las distintas verdades de la vida, siempre encuentran antes o después su camino hacia la superficie. Los sistemas totalitarios, los monarcas absolutos, los censores y los represores de diversa calaña pueden causar dolores incalculables y destrozar el destino de un país durante generaciones, pero al cabo del tiempo, la historia lo demuestra, la mordaza siempre se rompe. Y se rompe, precisamente, gracias a la perseverancia y la entereza de todos esos héroes civiles, de esas mujeres y esos hombres valientes que insisten en seguir diciendo, en seguir opinando, aunque con eso estén arriesgando la vida. Toda esa gente digna que se niega a perder la pequeña y esencial libertad de pensar distinto.l


 
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