|
El
alimento perfecto
Ingeniosamente singular tanto en forma
como en sustancia, el huevo ha dado
pie a reflexiones filosóficas sobre
el significado de la vida e inspirado
a artistas desde Fabergé
a Brancusi y (más importante aún)
a cocineros en todo
el mundo. John Willoughby
El huevo es una fusión tan magnífica
de función y diseño que el escultor abstracto Constantin
Brancusi lo llamó en una ocasión "la forma más
perfecta en la creación". (Si se toma en cuenta que
las propias creaciones de Brancusi tendían a ser blancas
y curvadas, esta empalagosa apreciación no resulta tan sorpresiva).
El huevo también es un alimento
casi perfecto. Uno de apenas tres comestibles -junto a las semillas
y la leche- que existe específicamente con el propósito
de proporcionar nutrición: es la forma ideal de proteína.
De hecho, contiene un nivel combinado de los nueve aminoácidos
esenciales mayor que cualquier otra cosa que comemos.
No sorprende, entonces, que desde los
primeros tiempos los seres humanos buscaran ávidamente huevos
de todas las variedades, tomándolos de los nidos de aves
silvestres siempre que fuera posible. Pero en algún momento
alrededor del año 2000 antes de Cristo, en las proximidades
de India, el ave selvática que es el ancestro de los actuales
pollos fue domesticada. Gracias a este cambio de recogida fortuita
a recolección organizada, el huevo de gallina se encaminaba
a ocupar su posición primordial en la dieta humana.
El consumo de huevos también se
vio estimulado por la asociación totémica con el poder
de la vida. Debido a que los pollitos surgen de lo que parece ser
un objeto sin vida, los huevos impresionaron a los antiguos, quienes
vieron en ellos la representación de la creación,
por lo que forman parte de los mitos sobre el origen de muchas culturas.
Los primeros chinos creyeron que el universo fue incubado en un
huevo, en el cual la yema se convirtió en la Tierra y la
cáscara rota en el cielo y las estrellas. Y en la antigua
religión egipcia, la Tierra era un huevo formado del fango
del Nilo y el Sol un huevo puesto por un dios con forma de ganso.
En tiempos más modernos, los cristianos
se apropiaron del huevo para que sirviera como símbolo de
la resurrección de Cristo, y en el siglo XV, los cristianos
europeos comenzaron a regalar huevos coloreados en Semana Santa.
Como sucede a menudo, había una razón tanto práctica
como simbólica para este ritual. Los huevos estuvieron prohibidos
para los católicos durante la cuaresma, por lo que durante
40 días los recolectados del gallinero eran apartados para
empollar o para ser consumidos en Semana Santa. Se convirtió
en costumbre la práctica de cubrir de cera derretida o grasa
de cordero los destinados para el consumo a fin de preservarlos;
para lograr que estos huevos, nada atractivos, fueran más
apetecibles, eran teñidos y a menudo decorados laboriosamente.
La relación del huevo con la Pascua
también tuvo un fundamento más prosaico en el calendario.
Hasta el siglo XX, los huevos eran un producto de temporada. Sumamente
sensibles a la duración del día, las gallinas eran
mucho más productivas en primavera y verano que en los meses
más fríos y oscuros. De hecho, prácticamente
no había disponibles en otoño e invierno. En tiempos
modernos, sin embargo, se ha usado la luz artificial para confundirlas
y hacerles creer que todo el año es verano, por lo que los
huevos han perdido su carácter estacional. Pero nos complace
especialmente comerlos en primavera, celebrando su asociación
ancestral con el renacimiento y la renovación.
Nada de esto sería particularmente
importante, por supuesto, si no fuera por la característica
más resaltante del huevo: su suculento sabor y extrema versatilidad.
Las claras se baten para producir un milagroso merengue, las yemas
enriquecen la leche y crean un empalagoso flan, los huevos completos
son escalfados y alcanzan la perfección -virtualmente no
hay fin a las proezas culinarias que se pueden realizar con los
contenidos del recipiente más exquisito de la naturaleza-.
A fin de cuentas, es suficiente para hacer que usted coincida con
la opinión de Samuel Buttler, quien decía: "Una
gallina es sólo la forma de un huevo de hacer otro huevo".
l
|
Sándwiches con cebollitas y
ensalada de huevo al estragón
Rinde seis sandwiches
Tiempo de preparación: 25 min
Tiempo total: 45 min
Para la ensalada
de huevo
l 8 huevos grandes
l 1/2 taza de mayonesa
l 3 cucharadas de cebollitas
finamente picadas
l 1 1/2 cucharadas de
estragón fresco picadito, o al gusto
l 2 cucharadas de vinagre
de estragón o vinagre blanco
l 1/4 de cucharadita de
sal, o al gusto
l 1/4 de cucharadita de
pimienta negra, o al gusto
Para los sandwiches
l Mayonesa para untar
en pan (opcional)
l 12 rebanadas de pan
de centeno sin semilla o seis panes redondos
l 3 tazas de frijolitos
chinos germinados tiernos (unas 3 onzas) o lechuga picada
Preparacion de
la ensalada de huevo: Cubra los huevos con agua fría,
de forma que el agua los sobrepase unos 2,5 centímetros,
en una cacerola pesada con capacidad para unos dos litros,
y lleve a punto de ebullición, parcialmente tapada.
Reduzca el fuego a bajo y cocine los huevos, totalmente cubiertos,
por 30 segundos. Retire la cacerola del fuego y deje que los
huevos permanezcan en el agua caliente, tapados, por 15 minutos.
Pase
los huevos a un bol con hielo y agua fría y deje reposar
por cinco minutos (para que se enfríen). Quíteles
la cáscara y corte finamente.
Con un tenedor, mezcle los huevos y el resto de los ingredientes
de la ensalada en un bol.
Preparacion de
los sandwiches: Unte parte de la mayonesa (si decide
usarla) sobre el pan y haga los sándwiches con la ensalada
de huevo y los frijolitos chinos.
Nota del cocinero:
La ensalada de huevo se puede preparar con un día de
antelación y luego guardar, cubierta, en la nevera.
|
|