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  La sabrosura de reírse
Mónica Montañés

No hay nada más sabroso que reírse. Bueno, está bien, estoy exagerando. Probablemente, si hacemos una encuesta, el sexo y la comida y la lectura y la conversa y un bojote de cosas más encabezarían la lista de las sabrosuras antes de que entre a figurar la risa. Yo, personalmente (al igual que me ocurre con la mayoría de las encuestas), no estaría tan convencida. ¿Por qué? Pues porque el sexo es una maravilla cuando es una maravilla, pero cuando no, puede ser un fastidio y encima traer unas consecuencias espeluznantes. Algo similar le ocurre a la comida, porque la hay estupenda pero también asquerosa, así como hay lecturas que ¡por Dios! Y conversaciones de las que uno quisiera salir corriendo y así ocurre más o menos con todo, que hay que estar aclarando que uno se refiere al bueno, a una buena cama, una buena mesa, un buen libro, una buena conversa. En cambio con la risa, no. No hay una mala risa ¿o sí? Lo peor es que sea una risa inoportuna: que a uno le haya entrado un ataque de risa en un velorio o en una conferencia, por ejemplo, y, aún así, al recordarla luego de superado el momentazo, siempre quedan ganas de seguirse riendo.

Del resto, reírse siempre es un placer inmenso sólo equiparable, quizá, al inmenso placer que siente uno cuando hace reír a los demás. Se agradece tanto, tantísimo, una carcajada, se disfruta tanto, tantísimo, una película que nos haga reír, un chiste que nos sorprenda y nos haga explotar de risa, una frase brillante que nos maraville al punto de causarnos risa, un hombre que nos haga ¡reír! Eso es lo máximo. Lo mismo vale para una mujer, obviamente. La risa es sexy, sospechosa, intrigante, vertiginosa, descalabrante. De hecho, uno puede ver a la pareja de uno conversando con otra u otro y, dependiendo de nuestro grado de seguridad en nosotros mismos y de los buenísimo que esté ese otro u otra, pues mantenernos tranquilos. Pero si lo que vemos es a nuestro compañero o compañera riéndose con otro u otra, madre santísima, ahí la cosa sí que se pone grave y toca ponerse en guardia. De hecho si no se prende la señal de alarma es porque usted todavía no ha descubierto el embrujo de encontrarse con alguien que nos haga reír. Lo mismo, pero al contrario, ocurre cuando una pareja perdió la risa, la capacidad de hacerse reír el uno al otro, cosa que a mí me parece tan grave como perderse el respeto y cuidado si hasta es peor de sobrellevar.

Por eso digo que no hay nada más sabroso que reírse y no me importa estar exagerando. No hay nada más sabroso que reírse y hacer reír, de uno mismo, de los demás, de algo idiota y de algo brillante, porque no hay mejor modo de entender la vida, ni antídoto más efectivo contra el miedo, porque libera y relaja y le da perspectiva a las cosas y minimiza los errores y engrandece los momentos y son pocos, demasiado pocos, los homenajes y premios que le otorgamos como humanidad a aquellos que nos hacen reír, a aquellos que sin lugar a dudas nos regalan ese único privilegio pues ningún otro animal, que sepamos, tiene la capacidad de reírse, única del género humano. Quién sabe por qué. A veces pienso que como nos quedamos tan chucutos en lo que se refiere al sentido común (sin duda el menos común de los sentidos) pues nos regalaron el sentido del humor para que nos fuera más llevadera la cosa. No lo sé y no es que lo ande preguntando. La risa, como todo lo sabroso, no amerita explicaciones. Sencillamente se disfruta, se agradece y, si se es inteligente, hasta se procura porque nos ayuda a ser más felices. Por aquello tan sabio que alguien dijo alguna vez: “La inteligencia que no se usa para ser feliz ni es muy inteligente ni vale la pena”. l

 
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