| No hay nada más sabroso que reírse.
Bueno, está bien, estoy exagerando. Probablemente, si hacemos
una encuesta, el sexo y la comida y la lectura y la conversa y un
bojote de cosas más encabezarían la lista de las sabrosuras
antes de que entre a figurar la risa. Yo, personalmente (al
igual que me ocurre con la mayoría de las encuestas), no
estaría tan convencida. ¿Por qué? Pues porque
el sexo es una maravilla cuando es una maravilla, pero cuando no,
puede ser un fastidio y encima traer unas consecuencias espeluznantes.
Algo similar le ocurre a la comida, porque la hay estupenda pero
también asquerosa, así como hay lecturas que ¡por
Dios! Y conversaciones de las que uno quisiera salir corriendo y
así ocurre más o menos con todo, que hay que estar
aclarando que uno se refiere al bueno, a una buena cama, una buena
mesa, un buen libro, una buena conversa. En cambio con la risa,
no. No hay una mala risa ¿o sí? Lo peor es que sea
una risa inoportuna: que a uno le haya entrado un ataque de risa
en un velorio o en una conferencia, por ejemplo, y, aún así,
al recordarla luego de superado el momentazo, siempre quedan ganas
de seguirse riendo.
Del resto, reírse siempre es un placer
inmenso sólo equiparable, quizá, al inmenso placer
que siente uno cuando hace reír a los demás. Se agradece
tanto, tantísimo, una carcajada, se disfruta tanto, tantísimo,
una película que nos haga reír, un chiste que nos
sorprenda y nos haga explotar de risa, una frase brillante que nos
maraville al punto de causarnos risa, un hombre que nos haga ¡reír!
Eso es lo máximo. Lo mismo vale para una mujer, obviamente.
La risa es sexy, sospechosa, intrigante, vertiginosa, descalabrante.
De hecho, uno puede ver a la pareja de uno conversando con otra
u otro y, dependiendo de nuestro grado de seguridad en nosotros
mismos y de los buenísimo que esté ese otro u otra,
pues mantenernos tranquilos. Pero si lo que vemos es a nuestro compañero
o compañera riéndose con otro u otra, madre santísima,
ahí la cosa sí que se pone grave y toca ponerse en
guardia. De hecho si no se prende la señal de alarma es porque
usted todavía no ha descubierto el embrujo de encontrarse
con alguien que nos haga reír. Lo mismo, pero al contrario,
ocurre cuando una pareja perdió la risa, la capacidad de
hacerse reír el uno al otro, cosa que a mí me parece
tan grave como perderse el respeto y cuidado si hasta es peor de
sobrellevar.
Por eso digo que no hay nada más sabroso
que reírse y no me importa estar exagerando. No hay nada
más sabroso que reírse y hacer reír, de uno
mismo, de los demás, de algo idiota y de algo brillante,
porque no hay mejor modo de entender la vida, ni antídoto
más efectivo contra el miedo, porque libera y relaja y le
da perspectiva a las cosas y minimiza los errores y engrandece los
momentos y son pocos, demasiado pocos, los homenajes y premios que
le otorgamos como humanidad a aquellos que nos hacen reír,
a aquellos que sin lugar a dudas nos regalan ese único privilegio
pues ningún otro animal, que sepamos, tiene la capacidad
de reírse, única del género humano. Quién
sabe por qué. A veces pienso que como nos quedamos tan chucutos
en lo que se refiere al sentido común (sin duda el menos
común de los sentidos) pues nos regalaron el sentido del
humor para que nos fuera más llevadera la cosa. No lo sé
y no es que lo ande preguntando. La risa, como todo lo sabroso,
no amerita explicaciones. Sencillamente se disfruta, se agradece
y, si se es inteligente, hasta se procura porque nos ayuda a ser
más felices. Por aquello tan sabio que alguien dijo alguna
vez: “La inteligencia que no se usa para ser feliz ni es muy
inteligente ni vale la pena”. l
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