| Pasión a la francesa
Cuando una maestra se enamora de uno de
sus estudiantes, surgen los problemas. Max
Haines
Dejaselo
a los franceses. ¿No diría eso? El país que
nos dio a las prostitutas y los mejores vinos no era capaz de tolerar
el quiebre de la rígida relación entre maestra y alumno,
la cual ha existido en Francia desde que Voltaire era niño.
Seamos honestos, el muchacho de 16 años,
Christian Rossi, no era el típico adolescente de cara velluda.
De hecho, tenía una barba negra completa, era alto y tenía
hombros anchos. Sus padres eran profesores universitarios y tenían
inclinaciones comunistas.
No sólo era Christian comunista, sino
que era un miembro activo dentro del movimiento protestante. Fue
en una reunión de protesta estudiantil en Marsella donde
conoció a Gabrielle Russier.
Así como Christian no tenía
el aspecto de un muchacho de 16 años, tampoco Gabrielle aparentaba
o se comportaba como alguien de 31. Divorciada y madre de dos niños,
Gabrielle no medía más de 1,5 metros y pesaba menos
de 50 kilos. Era maestra en la Lycee Saint-Exupery en Marsella.
Los estudiantes amaban a la pequeña maestra, y con justa
razón.
El maestro promedio en Saint-Exupery no prestaba
atención a sus estudiantes. Gabrielle era distinta. No sólo
se vestía como sus alumnos, sino que se convertía
en su mejor amiga también. Muchas tardes, invitaba a sus
alumnos a su apartamento. Entre vino y queso, discutían sobre
literatura y política. Gabrielle, generalmente, tomaba partido
por sus estudiantes en los temas políticos, y como ellos,
demostraba sus tendencias izquierdistas.
Sobre todo, ella parecía ser su aliada
en la siempre creciente batalla con la autoridad.
¿Quién sabe cómo comenzó todo? El alumno
y la maestra se enamoraron. La primera cita de Gabrielle y Christian
fue inofensiva. Fueron a ver una película. Para ilustrar
la estricta moral del código de la escuela, Christian le
insistió a Gabrielle que llamara a sus padres para que le
dieran permiso. Gabrielle estuvo de acuerdo y rápidamente
obtuvo el permiso de los Rossi.
A las pocas semanas, Gabrielle y Christian
eran amantes en todo el sentido de la palabra. Un mes después
de su primera cita, la extraña pareja se fue de vacaciones
a Italia. La familia de Christian todavía no estaba al tanto
de la situación. Les dijo que se iba de vacaciones con un
amigo.
Ese verano de 1968, Christian fue a quedarse
con amigos de la familia en Alemania. Sólo estuvo allí
durante unos pocos días: hasta que Gabrielle apareció
en su brillante Citroen. La calcomanía en su parachoques
que decía “Hagamos el amor y no la guerra” debería
haber servido como una advertencia de lo que seguiría. Gabrielle,
haciéndose pasar por la prima de Christian, se llevó
a su amante de vuelta a su casa en Marsella.
Gabrielle trató de mantener las cosas
en un cierto nivel. Su amorío con el joven Christian había
sido privado, pero eso cambió cuando la maestra visitó
a los Rossi para pedirles permiso para llevarse a su hijo a vivir
con ella. Los Rossi se enfurecieron.
Gabrielle, con lágrimas en sus ojos,
huyó de la casa de los Rossi. Si la familia pensaba que sus
problemas habían terminado, estaban muy equivocados. Su hijo
desaparecía durante varios días. Cuando volvía
a la casa, tenían peleas violentas. El chico profesaba un
amor inmortal hacia su Gabrielle.
En cuanto a Gabrielle, sufrió un colapso
nervioso. Fue tan grave que se tomó una licencia por enfermedad
en octubre de 1968.
En un intento por terminar con el romance,
de una vez por todas, los Rossi enviaron a su hijo a un colegio
privado en los Pirineos. Gabrielle apareció al poco tiempo.
La pareja fue descubierta haciendo el amor en el auto de la mujer.
En el mundo académico, Gabrielle Russier
era muy respetada. Cuando el Departamento de Educación descubrió
su impetuoso romance con un alumno de 16 años, le ofrecieron
una posición en la Universidad de Rennes, a cientos de kilómetros
de Marsella. Gabrielle rechazó el sustancial ascenso. Cuando
Christian terminó el colegio en los Pirineos, fue hasta Marsella
hasta los expectantes brazos de Gabrielle.
Gabrielle escondió a su amante en casa
de unos amigos. Al hacerlo, quebró la ley por primera vez:
es ilegal “cambiar a un menor del lugar donde ha sido ubicado
por aquellos con autoridad sobre él”. La ofensa es
punible con 10 años de prisión.
Los Rossi llevaron a Gabrielle ante la corte en un intento de poder
ubicar a su hijo. Cuando uno de los magistrados preguntó
dónde estaba escondiendo a Christian, Gabrielle respondió:
“Encuéntrenlo ustedes mismos, es su trabajo”.
Cuando se le advirtió que tales respuestas no serían
toleradas por la corte francesa, agregó: “Muy bien,
arréstenme”. Lo hicieron. Gabrielle fue puesta en prisión
sin derecho a fianza.
Se dice que todo el mundo ama a un amante, especialmente el francés.
Cuando los periódicos presentaron a la pequeña y educada
maestra en prisión, todo por estar enamorada de uno de sus
estudiantes, hubo un clamor público por su liberación.
Pero las autoridades fueron inflexibles. Gabrielle debería
quedarse donde estaba hasta que se localizara a Christian. La trama
funcionó bastante bien. Christian se entregó e inmediatamente
fue detenido en un hogar para delincuentes adolescentes por pedido
de sus padres. Mientras tanto, Gabrielle fue puesta en libertad.
Los padres de Christian, quienes tenían
las mejores intenciones para con el corazón de su hijo, procedieron
a tomar algunas decisiones equivocadas. Hicieron que su hijo fuera
enviado a una clínica psiquiátrica, donde se le dieron
dosis masivas de tranquilizantes. Se le aisló y drogó
de forma sistemática. Christian se volvió un zombie.
¿Se debe negar el amor verdadero? En
la desesperación, Christian escapó y fue hasta el
apartamento de Gabrielle. Sus padres lo recogieron y lo devolvieron
a la institución. Los escapes continuos trajeron una advertencia
oficial. Los amantes fueron llevados al Palacio de Justicia y se
les dijo que debían separarse para siempre. Cuando la advertencia
fue desoída, Christian fue reducido y devuelto a la clínica
psiquiátrica, donde fue encarcelado en una celda acolchonada.
Una vez más, fue sedado con drogas.
Luego de dos meses de tratamiento, se quebró
y juró que no vería a Gabrielle nunca más.
Ni bien obtuvo su libertad, fue rápidamente
al apartamento de la maestra. Más tarde, huyó. Esta
vez las autoridades tomaron a Gabrielle y la pusieron en la cárcel.
De nuevo, dejaron saber que si Christian se entregaba, dejarían
a Gabrielle en libertad. El juego del gato y el ratón funcionó
una vez más. Christian se entregó y Gabrielle fue
absuelta para esperar su juicio por el cargo original de llevarse
a un menor.
Tres
semanas más tarde, el 10 de julio de 1969, comenzó
el juicio de Gabrielle. Una y otra vez, más allá de
su inocencia o su culpa, otro factor dominó los procedimientos.
La fiscalía pública estaba al tanto de que se le daría
una amnistía general a aquellos que esperaran sentencias
de 12 meses o menos. Si Gabrielle recibía dicha sentencia,
no tendría un expediente policial. De todas formas, cualquier
cosa de más de 12 meses incurriría en un expediente
policial oficial y le permitía al Departamento de Educación
prohibirle enseñar en cualquier escuela francesa por el resto
de su vida.
Luego de escuchar los hechos, el juez que
presidía le dio a la acusada una sentencia suspendida de
12 meses y una multa de cien dólares. Gabrielle estaba feliz,
pero su alegría no duró. Antes de abandonar la sala
del tribunal, la fiscalía, en un paso extremadamente poco
usual en Francia, presentó una apelación.
Gabrielle estaba desolada. Tendría
que someterse a otro juicio y, posiblemente, a la cárcel.
Su carrera estaba en peligro. Ahora, pesando menos de 45 kilos,
era una mujer destruida. El público francés estaba
dividido. ¿Estaba quebrando una familia esta mujer, y robándose
al hijo de los Rossi, o la pareja estaba realmente enamorada y no
deberían estar separados más allá de la tradición?
Nunca se hizo el segundo juicio. Sola en su
apartamento, Gabrielle Russier llenó los huecos alrededor
de sus ventanas y sus puertas con viejos periódicos y toallas.
Luego tragó una caja de pastillas para dormir, encendió
el gas y terminó con su vida.
El romance había terminado.. l
Ilustraciones: David Márquez
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