- La indomable Hilary Duff
- El monitor se pasea por el cine
- Lázaro Ros
en Venezuela

 CRONICA
- La sabrosura
de reírse
- Shrek 2
Ternura mata a galán
- Nadadores
a toda prueba
- Friends: Una serie que hizo historia
SALUD
- Los antidepresivos pueden ocultar emociones naturales
SALUD
- Anatomía
de una arruga
BELLEZA
- Armas de mujer
NUTRICION
- Alimentos probióticos
MODA
- Vestir santos
COCINA
- Fáciles pizzas caseras
GASTRONOMIA
- El alimento perfecto
MASCOTAS
- Larga vida
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
E-viajes
 
 

Pasión a la francesa

Cuando una maestra se enamora de uno de sus estudiantes, surgen los problemas. Max Haines

Dejaselo a los franceses. ¿No diría eso? El país que nos dio a las prostitutas y los mejores vinos no era capaz de tolerar el quiebre de la rígida relación entre maestra y alumno, la cual ha existido en Francia desde que Voltaire era niño.

Seamos honestos, el muchacho de 16 años, Christian Rossi, no era el típico adolescente de cara velluda. De hecho, tenía una barba negra completa, era alto y tenía hombros anchos. Sus padres eran profesores universitarios y tenían inclinaciones comunistas.

No sólo era Christian comunista, sino que era un miembro activo dentro del movimiento protestante. Fue en una reunión de protesta estudiantil en Marsella donde conoció a Gabrielle Russier.

Así como Christian no tenía el aspecto de un muchacho de 16 años, tampoco Gabrielle aparentaba o se comportaba como alguien de 31. Divorciada y madre de dos niños, Gabrielle no medía más de 1,5 metros y pesaba menos de 50 kilos. Era maestra en la Lycee Saint-Exupery en Marsella. Los estudiantes amaban a la pequeña maestra, y con justa razón.

El maestro promedio en Saint-Exupery no prestaba atención a sus estudiantes. Gabrielle era distinta. No sólo se vestía como sus alumnos, sino que se convertía en su mejor amiga también. Muchas tardes, invitaba a sus alumnos a su apartamento. Entre vino y queso, discutían sobre literatura y política. Gabrielle, generalmente, tomaba partido por sus estudiantes en los temas políticos, y como ellos, demostraba sus tendencias izquierdistas.

Sobre todo, ella parecía ser su aliada en la siempre creciente batalla con la autoridad.
¿Quién sabe cómo comenzó todo? El alumno y la maestra se enamoraron. La primera cita de Gabrielle y Christian fue inofensiva. Fueron a ver una película. Para ilustrar la estricta moral del código de la escuela, Christian le insistió a Gabrielle que llamara a sus padres para que le dieran permiso. Gabrielle estuvo de acuerdo y rápidamente obtuvo el permiso de los Rossi.

A las pocas semanas, Gabrielle y Christian eran amantes en todo el sentido de la palabra. Un mes después de su primera cita, la extraña pareja se fue de vacaciones a Italia. La familia de Christian todavía no estaba al tanto de la situación. Les dijo que se iba de vacaciones con un amigo.

Ese verano de 1968, Christian fue a quedarse con amigos de la familia en Alemania. Sólo estuvo allí durante unos pocos días: hasta que Gabrielle apareció en su brillante Citroen. La calcomanía en su parachoques que decía “Hagamos el amor y no la guerra” debería haber servido como una advertencia de lo que seguiría. Gabrielle, haciéndose pasar por la prima de Christian, se llevó a su amante de vuelta a su casa en Marsella.

Gabrielle trató de mantener las cosas en un cierto nivel. Su amorío con el joven Christian había sido privado, pero eso cambió cuando la maestra visitó a los Rossi para pedirles permiso para llevarse a su hijo a vivir con ella. Los Rossi se enfurecieron.

Gabrielle, con lágrimas en sus ojos, huyó de la casa de los Rossi. Si la familia pensaba que sus problemas habían terminado, estaban muy equivocados. Su hijo desaparecía durante varios días. Cuando volvía a la casa, tenían peleas violentas. El chico profesaba un amor inmortal hacia su Gabrielle.

En cuanto a Gabrielle, sufrió un colapso nervioso. Fue tan grave que se tomó una licencia por enfermedad en octubre de 1968.

En un intento por terminar con el romance, de una vez por todas, los Rossi enviaron a su hijo a un colegio privado en los Pirineos. Gabrielle apareció al poco tiempo. La pareja fue descubierta haciendo el amor en el auto de la mujer.

En el mundo académico, Gabrielle Russier era muy respetada. Cuando el Departamento de Educación descubrió su impetuoso romance con un alumno de 16 años, le ofrecieron una posición en la Universidad de Rennes, a cientos de kilómetros de Marsella. Gabrielle rechazó el sustancial ascenso. Cuando Christian terminó el colegio en los Pirineos, fue hasta Marsella hasta los expectantes brazos de Gabrielle.

Gabrielle escondió a su amante en casa de unos amigos. Al hacerlo, quebró la ley por primera vez: es ilegal “cambiar a un menor del lugar donde ha sido ubicado por aquellos con autoridad sobre él”. La ofensa es punible con 10 años de prisión.
Los Rossi llevaron a Gabrielle ante la corte en un intento de poder ubicar a su hijo. Cuando uno de los magistrados preguntó dónde estaba escondiendo a Christian, Gabrielle respondió: “Encuéntrenlo ustedes mismos, es su trabajo”. Cuando se le advirtió que tales respuestas no serían toleradas por la corte francesa, agregó: “Muy bien, arréstenme”. Lo hicieron. Gabrielle fue puesta en prisión sin derecho a fianza.
Se dice que todo el mundo ama a un amante, especialmente el francés. Cuando los periódicos presentaron a la pequeña y educada maestra en prisión, todo por estar enamorada de uno de sus estudiantes, hubo un clamor público por su liberación. Pero las autoridades fueron inflexibles. Gabrielle debería quedarse donde estaba hasta que se localizara a Christian. La trama funcionó bastante bien. Christian se entregó e inmediatamente fue detenido en un hogar para delincuentes adolescentes por pedido de sus padres. Mientras tanto, Gabrielle fue puesta en libertad.

Los padres de Christian, quienes tenían las mejores intenciones para con el corazón de su hijo, procedieron a tomar algunas decisiones equivocadas. Hicieron que su hijo fuera enviado a una clínica psiquiátrica, donde se le dieron dosis masivas de tranquilizantes. Se le aisló y drogó de forma sistemática. Christian se volvió un zombie.

¿Se debe negar el amor verdadero? En la desesperación, Christian escapó y fue hasta el apartamento de Gabrielle. Sus padres lo recogieron y lo devolvieron a la institución. Los escapes continuos trajeron una advertencia oficial. Los amantes fueron llevados al Palacio de Justicia y se les dijo que debían separarse para siempre. Cuando la advertencia fue desoída, Christian fue reducido y devuelto a la clínica psiquiátrica, donde fue encarcelado en una celda acolchonada. Una vez más, fue sedado con drogas.

Luego de dos meses de tratamiento, se quebró y juró que no vería a Gabrielle nunca más.

Ni bien obtuvo su libertad, fue rápidamente al apartamento de la maestra. Más tarde, huyó. Esta vez las autoridades tomaron a Gabrielle y la pusieron en la cárcel. De nuevo, dejaron saber que si Christian se entregaba, dejarían a Gabrielle en libertad. El juego del gato y el ratón funcionó una vez más. Christian se entregó y Gabrielle fue absuelta para esperar su juicio por el cargo original de llevarse a un menor.

Tres semanas más tarde, el 10 de julio de 1969, comenzó el juicio de Gabrielle. Una y otra vez, más allá de su inocencia o su culpa, otro factor dominó los procedimientos. La fiscalía pública estaba al tanto de que se le daría una amnistía general a aquellos que esperaran sentencias de 12 meses o menos. Si Gabrielle recibía dicha sentencia, no tendría un expediente policial. De todas formas, cualquier cosa de más de 12 meses incurriría en un expediente policial oficial y le permitía al Departamento de Educación prohibirle enseñar en cualquier escuela francesa por el resto de su vida.

Luego de escuchar los hechos, el juez que presidía le dio a la acusada una sentencia suspendida de 12 meses y una multa de cien dólares. Gabrielle estaba feliz, pero su alegría no duró. Antes de abandonar la sala del tribunal, la fiscalía, en un paso extremadamente poco usual en Francia, presentó una apelación.

Gabrielle estaba desolada. Tendría que someterse a otro juicio y, posiblemente, a la cárcel. Su carrera estaba en peligro. Ahora, pesando menos de 45 kilos, era una mujer destruida. El público francés estaba dividido. ¿Estaba quebrando una familia esta mujer, y robándose al hijo de los Rossi, o la pareja estaba realmente enamorada y no deberían estar separados más allá de la tradición?

Nunca se hizo el segundo juicio. Sola en su apartamento, Gabrielle Russier llenó los huecos alrededor de sus ventanas y sus puertas con viejos periódicos y toallas. Luego tragó una caja de pastillas para dormir, encendió el gas y terminó con su vida.
El romance había terminado.. l

Ilustraciones: David Márquez

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso