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Todo por tener sus encantos

Esperar hasta el matrimonio no le sirvió de mucho a la víctima

¿Recuerdan cuando las chicas solían aguardar hasta el matrimonio? Muchos jóvenes marcharon hasta el altar no por las excelentes cualidades
de la novia, sino por la promesa del fruto prohibido. A veces, el fruto resultaba ser completamente amargo. En el caso de Carlyle Harris todo salió mal.  Carlyle era un prometedor estudiante de Medicina del Colegio de Médicos
y Cirujanos de la Universidad de Columbia cuando conoció a una adorable adolescente, Helen Potts.

En 1888, la diferencia de clases era mucho más importante que hoy en día. Carlyle procedía de una familia opulenta y tradicional. Su madre era una figura distinguida en la alta sociedad de Nueva York, mientras que su abuelo era
profesor de Medicina. Helen era hija de
gente trabajadora y temerosa de Dios.
No era distinguida en lo absoluto.
En cuanto a sus atributos, Helen
poseía una exótica belleza y un cuerpo que
no se quedaba atrás. Desde el momento
en que la conoció, Carlyle fue detrás de ella con un único propósito en mente.

¿Podemos hablar sin rodeos? El principal objetivo de Carlyle era llevar a la fascinante Helen a la cama, no para atender sus necesidades médicas, sino para disfrutar de sus obvios encantos sexuales. Pero había un conflicto de intereses. Helen admitía que toda la idea tenía cierto atractivo para ella, pero no, definitivamente no. Ella no era esa clase de chica. Primero el matrimonio, luego el sexo. Esto casi enloquecía a Carlyle.

Durante más de un año, él trató de convencerla con halagos y le imploraba, pero todo fue inútil. El joven soportó seis meses más de frustración antes de que tuviera su gran idea: un matrimonio secreto. Así, le explicó a Helen que su familia jamás aprobaría el matrimonio. Dado que ellos estaban financiando sus estudios de Medicina, no sería adecuado que él esperara que también mantuvieran a una esposa. En poco tiempo, él obtendría su título y entonces podrían anunciar al mundo que eran marido y esposa. Ella mordió el anzuelo.

Carlyle sólo tenía una cosa en mente. Llevó a Helen a la prefectura. Usando el nombre falso de Charles Harris, se casó con ella el 8 de febrero de 1890. Luego, hizo dos cosas: Llevó apresuradamente a Helen a un hotel de mala muerte, donde su prolongada campaña terminó con la rendición incondicional de la mujer. Una vez que se consumó el acto, le informó a la mamá de Helen que tenía un nuevo yerno. Mamá Potts pensó que era admirable que Carlyle no quisiera ser una carga financiera para su familia. Estuvo de acuerdo en que el matrimonio se mantuviera en secreto.

No pasaron muchos meses antes de que Helen le dijera a Carlyle que, debido a un error de cálculo, estaba embarazada. Todos los planes se derrumbaron. Era hora de informar a sus padres del matrimonio. El sostuvo que su familia nunca lo aceptaría. Había otra solución. Dado que ya casi era un doctor, podría efectuar un aborto sin problemas. Una vez más, Helen sucumbió ante su razonamiento.
Desafortunadamente, Carlyle fracasó. Helen se enfermó después del intento de aborto y la enviaron al campo para que pasara el verano allí. Dio a luz a un niño muerto.

Helen regresó con su esposo. De nuevo, la joven y su madre pensaron que era tiempo de divulgar el matrimonio secreto. Pero Carlyle tenía otras ideas. Sería médico en menos de un año. ¿Por qué no inscribir a Helen en una escuela para señoritas? De esta forma revelarían su matrimonio después de su graduación y de que Helen hubiera refinado sus modales. El conocía el lugar perfecto: la Escuela Comstock, un establecimiento sumamente respetable que dirigía la ultrarespetable señorita Lydia Day. Con renuencia, mamá Potts aceptó la idea y Helen se mudó a la escuela.

Carlyle le prescribió a Helen algunas pastillas para sus frecuentes dolores de cabeza. Un farmaceuta de McIntyre and Sons preparó seis cápsulas, cada una de las cuales contenía muy pequeñas dosis de quinina y de morfina. El estudiante de Medicina le dio a Helen cuatro cápsulas. Ella tomó una, pero le dijo que no la ayudó. Carlyle le indicó que tomara las otras tres durante los tres días siguientes.

Después de tomar la última pastilla, Helen no se sentía nada bien. En medio de la noche, sus quejidos despertaron a las demás chicas. Varias se reunieron alrededor de su cama. Helen les dijo que tenía dificultad para respirar. Empeoró y les dijo que creía que se estaba muriendo. Distraídamente, dijo  sin dirigirse a alguien en particular: “¿Crees que esa medicina que me dio Carlyle pudo hacerme algún mal?”.

Las chichas buscaron a la señorita Day. Para entonces, Helen había perdido el conocimiento. La señorita Day llamó al doctor E. P. Fowler, quien advirtió que las pupilas de Helen se habían reducido al tamaño de dos alfileres, una señal de intoxicación por morfina. El médico hizo todo lo posible por salvarle la vida. Revisó las pertenencias de la chica, buscando una pista sobre qué había ingerido ella. Encontró una caja de pastillas de la farmacia McIntyre con la inscripción: “Para C.W.H.’’.

El doctor le preguntó a la señorita Day la identidad de C.W.H. Ella respondió sin vacilar: “Creo que las iniciales corresponden al señor Carlyle Harris”.

El médico llamó a Carlyle, quien le dijo que la fórmula de las pastillas era una sexta parte de morfina y el resto quinina. Luego Carlyle hizo una pregunta atípica de un hombre cuya amada está cerca de la muerte. Inquirió: “Doctor, ¿usted cree que yo podría ser responsabilizado?”.

Fowler hizo caso omiso de la pregunta y le dijo a Carlyle que se dirigiera a la farmacia McIntyre y averiguara si habían cometido algún error al preparar la fórmula. Luego se supo que Carlyle caminó por las calles en lugar de ir a la farmacia. Cuando regresó, le dijo a Fowler que no había habido error.

Cuatro horas después, Helen Potts murió. Al principio no hubo sospecha de nada raro. El doctor Fowler creía que la farmacia había cometido un error o que Helen se había equivocado al seguir las instrucciones de Carlyle y había tomado las cuatro cápsulas al mismo tiempo. En cualquier caso, había fallecido a causa de envenenamiento por morfina.

Pasaron algunas semanas antes de que un periodista entrometido, Ike White, del New York World, llamara a la señora Potts. Por primera
vez, la madre de Helen rompió en llanto y le contó a alguien del trágico pasado de su hija:
el matrimonio secreto, el aborto frustrado; es decir, toda la sórdida historia. Concluyó su narración diciéndole a White que ella creía
que Carlyle había matado a su hija.

White escribió su historia. Esta causó
sensación, y a raíz de la misma el cuerpo
de Helen fue exhumado el 25 de marzo
de 1891. Cinco días después, Carlyle fue acusado del asesinato
de su esposa.

En el juicio de Carlyle, el doctor Rudolph Witthaus, un destacado toxicólogo, testificó que en el cuerpo de Helen encontró suficiente morfina para matarla. Los abogados de la fiscalía sostenían que Carlyle había incluido una cápsula de morfina pura entre las cuatro que le había dado a Helen. Los abogados de la defensa alegaron que si Carlyle hubiera envenenado intencionalmente a su esposa, no hubiera tenido motivo para darle cuatro cápsulas. Una de morfina pura habría sido suficiente. Carlyle dijo que se había quedado con dos de las pastillas para evitar que Helen tomara demasiadas de una vez.

El jurado de Nueva York necesitó sólo 22 minutos para encontrar culpable de asesinato al cuasi doctor. Todas las apelaciones fracasaron. Carlyle Harris fue ejecutado en la silla eléctrica de Sing Sing el 8 de mayo de 1893. l

 

Traducción: José Peralta.
ilustraciones: David marquez. davidmarquez@cantv.net

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