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Big Ben
Ben Affleck: mejor imposible
Diego Heller
Gana más de 10 millones de dólares
por película y está por casarse con la sensual cantante
Jennifer Lopez. A los 30, el actor dominó sus fantasmas (el
alcohol, la ruleta) y vuelve a los cines con Daredevil, actualmente
en las carteleras del país.
"En casa de herrero...", pensaba
con la mirada perdida. Fuera del auto, como un borrón, pasaban
las mansiones de Malibu Beach, la zona más exclusiva de California.
Su zona. Charlie Sheen manejaba con suavidad; también tenía
la delicadeza de no hablarle. Ben se lo agradecía, pero tampoco
creía necesario abrir la boca. Caía la tarde del último
día de julio de 2001 cuando el convertible traspuso el portón
de Promesas, un instituto de rehabilitación para alcohólicos.
Un lugar de lo más VIP, pero a quién le importaba:
si uno entraba allí, es que algo iba muy mal. "Charlie,
esto sería gracioso si no fuera trágico. Resulta que
mi papá es asistente social y se pasó la vida rehabilitando
gente". Charlie no supo qué decir. Apenas: "Suerte,
compañero". Ningún adiós. Ni siquiera
un hasta luego. Cuando Charlie salió, la enfermera ya había
anotado "Benjamin Geza Affleck, nacido el 15 de agosto de 1972"
en la orden de internación. Lo último que creyó
escuchar fue surrealista: "¿En estado civil pongo 'soltero',
Ben? ¿O volviste con esa mosquita muerta de Gwyneth Paltrow?".
El día siguiente fue un festín para la prensa carroñera.
"Cuesta abajo: de chico prodigio a borracho perdido",
tituló un pasquín. "Ya tenía problemas
con el juego; lo suyo es compulsivo", abundó un columnista
hachador de árboles caídos. Y así. En la tele,
los chismosos agradecían la llegada de otra fábula
con moraleja: cuanto más alto se llegue, peor se cae. Imágenes
de archivo recordaban que en 1997, Ben y su amigo Matt Damon habían
sorprendido al mundo con el guión de En busca del destino,
ganador del Oscar. Que fueron los niños mimados de la ciudad
de ángeles. Que Affleck cobró 600 mil dólares
por actuar en Armageddon, al año siguiente. Que seguía
siendo una promesa de Hollywood. Que Paltrow -tan linda y buena
ella- lo llevaba recortado, pero apenas se separaron, allá
por el 99, él se desbarrancó. Que anónimos
infidentes juran que más de una vez su voltaje etílico
obligó a retrasar el rodaje de Pearl Harbour, uno de los
filmes más caros de la historia. En fin: que los productores
de La suma de todos los miedos empezaban a dudar sobre la
conveniencia de pagarle diez millones a un muchacho tan inestable.
    
Hoy, dos años después de haber tocado fondo, el muchacho
criado en la aristocrática Massachussetts sabe que es cierto
el proverbio, que lo que no mata fortalece.
Limpio por primera vez en años, lejos del canto de sirenas
de los casinos, sólo reconoce una adicción en su bolso
de vicios: la Coca Cola diet. Será la entrada en la cuarta
década -el año pasado cumplió 30- o que ya
se adaptó a la fama: el hecho es que el hombre aprendió
a andar con los pies sobre la tierra. Y no tiene empacho en admitirlo.
"Una década atrás, llevaba tres años en
Los Angeles y era un actorcito del montón. En ese entonces
me conformaba con poder vivir de la actuación. Me aterraba
la idea de volver a Boston con la cola entre las piernas. El éxito
rápido, desmesurado, me hizo cometer errores. Cuando crecí,
entendí que la fama no te hace sentir tan bien", dice
ahora, y es la personificación de la mesura.
Sabe, el buen Ben, un par de cosas. Primero, que las historias de
redención personal caen bien entre el público norteamericano.
Segundo, que no es tan fácil librarse de las garras de los
buscadores de chismes si uno reincide en eso de encontrarse una
media naranja conocida. Sabía, el año pasado, apenas
le echó el ojo a su compañera de elenco en Gigli,
que iban a dar de qué hablar. No podía abrigar esperanzas
de pasar inadvertido (para nada) si se enamoraba de Jennifer Lopez,
actriz y cantante famosísima, un derroche de curvas, inasible
objeto del deseo de casi todo hombre que la haya visto.
Sabía que su vida sería un infierno portátil,
pero no le importó. Se echó una fajada de aquellas,
y punto. Aparte, bastantes problemas tenía desmintiendo a
la revista People, que lo había consagrado como el
hombre más deseado. Decía: "¿Que cómo
me siento al ser el hombre más sexy del mundo? Un poco tonto,
aunque espero que quede claro que no es la opinión que tengo
de mí mismo. Esa es una cuestión de marketing que
tiene la prensa, una etiqueta que no sé si me beneficia".
Como para desmentir que lo suyo es sólo una cara bonita -para
peor, una asociación de cirujanos plásticos dictaminó
que porta "la mejor nariz" del planeta-, Ben dio el sí
cuando le ofrecieron el protagónico de Daredevil.
En la película, que ya se exhibe en las carteleras del país
y está basada en una historieta de Marvel Comics, Affleck
le pone el cuerpo a un personaje que es ciego, no tiene superpoderes,
vive una existencia torturada y sale a hacer el bien enfundado en
un traje que no deja ni uno de sus encantos a la vista.
"Lo que terminó de convencerme de aceptar el rol es
que es una historia muy oscura. Todo gira alrededor de la ambigüedad
moral, no tiene esa cosa tan norteamericana del boyscout
que pelea por la justicia. Además, Daredevil es más
humano que los demás superhéroes: queda machucado
cada vez que lucha y se la pasa tomando calmantes", comenta
Affleck en un hotel de Los Angeles. Mientras, sorbe un bombón
con nicotina: está tratando de dejar el cigarrillo, aunque
reconoce que va perdiendo por puntos el primer round contra el tabaco.
No está nada mal físicamente. A sus 1,88 metros les
sumó unos músculos made in Daredevil. "Ahora
estoy más disciplinado, y durante el rodaje pude pasarme
semanas sin carbohidratos y haciendo máquinas. Creo que básicamente
lo hice porque tenía terror de parecer un idiota con el traje
pegado al cuerpo. Mi peor pesadilla era verme como un bailarín
de ballet, pero con botas de cuero", concede con una carcajada.
También ríe con ganas cuando cae en la cuenta de que
encarna a un héroe al que apodan El hombre sin miedo. "Justo
me tocó a mí, que soy un muestrario de miedos: me
da terror fracasar, tengo miedo de no gustarle a los demás,
de no cumplir con mis expectativas...", recapitula.
    
En la secuencia de fotos, varios de
los papeles que le ha tocado asumir en la ficción. En la
última de ellas, el rol que hoy lo hace feliz en la vida
real: al lado de su pareja Jennifer Lopez
Decidido a seguir mezclando películas de grandes presupuestos
con pequeños filmes independientes, el actor sostiene que
"al final, el secreto siempre es hacer algo que la gente quiera
ver", asegura. Sigue sonriendo, hasta que alguien le saca a
colación el anillo de diamantes que le regaló a su
novia para concretar el compromiso nupcial. Dicen las malas lenguas
que le costó más de tres millones de dólares,
gasto que bien puede permitirse: por Daredevil se embolsó
once, amén de una tajada de las ganancias. El no desmiente
el dato, pero sí dice que la reciente visita que hicieron
a una iglesia de Boston no implica que su anunciado casamiento sea
cuestión de días. "Será pronto, pero no
tanto", aclara y oscurece.
Sorteando preguntas sobre sus cuitas amorosas, demuestra cierto
hastío: "Este repentino interés por nuestra intimidad
es como una ola que se nos vino encima: no nos queda otra que esperar
que pase de una buena vez. La verdad, yo no creo que a la gente
le interese verme metiéndome una porción de pizza
en la boca, pero los fotógrafos no parecen estar de acuerdo.
Jen y yo no entendemos por qué nos prestan tanta atención.
¿Será porque ella es de Puerto Rico y yo soy blanco?
Tal vez será que la gente nos ve juntos y se pregunta: '¿Cómo
serán en la cama?'. Calculo que la raíz de tanto interés
está allí: en el morbo sexual que despertamos".
Por lo pronto, Ben cree que el morbo pasa y el amor queda. "Al
fin y al cabo, siempre acabas dándote cuenta de que la familia
es lo más importante. Que no importa cuántas personas
vieron tus películas ni qué premios ganaste. Que sólo
se trata de ser un buen padre, un buen marido. Que a la noche, cuando
te duermes, sólo puedes ser feliz si sabes que eres una buena
persona". En eso anda, según dice. Y por ahora tiene
mucha suerte: no está solo ni mal acompañado. l
Clarín
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