|
Otro día para morir
Carla Tofano
Mil veces he imaginado mi propia muerte.
Cuando era niña en ocasiones anhelaba morir para vengarme
de algún castigo impuesto por mi madre -siempre omnipresente,
exigente y arrolladora-, y me sentaba en posición de loto
frente al espejo para dramatizar, a puerta cerrada, mi propia defunción.
A veces lloraba de verdad, me conmovía
con las alucinaciones que experimentaba como catarsis de mi propia
rabia. A decir verdad, nunca he deseado morir, sin embargo, teatralizar
un drástico final a mi frustración infantil terminaba
siendo una experiencia increíblemente liberadora. De algún
inexplicable modo, la vida plena, el optimismo y la esperanza, están
invisiblemente conectados con su extremo opuesto: el fin, la fatalidad,
la tragedia. La muerte en nuestra cultura tiene una inevitable connotación
trágica y eso nos ayuda a justificar las bondades de la vida,
aunque en definitiva la existencia -en el plano en que la conocemos-
sea tan insondable como la muerte, que desconocemos.
Morir por voluntad propia siempre ha sido considerado un acto de
soberbia: sólo los dioses o las fuerzas sobrenaturales cuentan
con la potestad de decidir cuál es el día final de
cada especie animada. Algunas personas -por lo general muy religiosas-
aun sostienen que al nacer tenemos asignado el día de morir,
como si se tratara de una calcomanía invisible, calcada a
nuestra memoria inconsciente. Si Dios lo decide todo, los suicidios
también son una manifestación de su designio todopoderoso.
Los dogmas religiosos son muy ambiguos, pero la decisión
de morir es -irrefutablemente- un acto extremadamente misterioso.
Hay que poseer suficiente fuerza vital para diseñar acciones
tan extremas como un suicidio, por eso esta acción terminal
-aunque me aterroriza- también la interpreto como un acto
de voluntad admirable.
Siempre he pensado que me gustaría elegir mi muerte -cómo,
cuándo y dónde- con la misma determinación
con la que enfrento todas y cada una de las acciones de mi vida.
A veces, pienso que si los seres humanos fuéramos realmente
artífices de nuestro destino, la muerte debería ser
una elección más a nuestro alcance. Y sin embargo,
¡qué difícil me resulta imaginar el dolor que
antecede a la muerte voluntaria! La desesperación, la insatisfacción,
la angustia son sentimientos que nos recuerdan lo bizarra que es
la vida y lo vivo que estamos a pesar del sufrimiento. Por eso,
cuando estoy ahogada en el dolor siempre me siento más cerca
de la vida que de la muerte.
En mi naturaleza optimista y entusiasta siempre espero que el día
de mañana sea mejor, y quizá por ello mismo, entiendo
la necesidad de morir e incluso la justifico. E.M. Cioran se pasó
sus ochenta y cuatro años de vida rindiéndole pleitesía
al suicidio, sin jamás atreverse a concretar su propia muerte.
Kurt Cobain abrió su deseada boca de rock star para dispararse
con una escopeta directo al cerebro y acabar con sus demonios. Sylvia
Plath, acabó con su peremne estado depresivo metiendo la
mitad de su cuerpo en un horno encendido. Antonin Artaud escapó
de su propia demencia por la vía de una sobredosis de barbitúricos,
y Ernest Hemingway, aunque no tenía la clásica personalidad
saturnina que asociamos con el deseo de morir, también se
disparó con una escopeta directo a la cabeza. Decir que el
suicidio es un acto de cobardía, en mi opinión, es
un absoluto desatino. Para morir no sólo hace falta valor,
sino también una contundente dósis de arrogancia,
deseo de protagonismo y una desbordada cantidad de egoísmo
e irreverencia.
Mil veces he fantasiado con mi propio fin, casi como un ejercicio
de la imaginación, pero vivo la vida con el deseo de ser
para siempre joven e inmortal. La muerte no me asusta por lo que
pueda ocurrir después de morir, me asusta por la adicción
que los mortales sentimos por vivir. Tus demonios siempre son mejores
que los de los demás y tus demonios, a fin de cuentas, nutren
y dan forma al interior de tu recipiente carnal. Estar viva es mucho
mejor que no estarlo, que no existir, no porque pueda doler morir
o porque vivir sea siempre alentador. Es mejor porque el vacío,
el infinito y lo desconocido me dan terror. Para algunos, la muerte
es ir más allá, y para otros -más nihilistas-
es la nada, el final absoluto. Yo que vivo la vida con la intensidad
de un huracán, mil veces -con los ojos abiertos o cerrados-
he imaginado el último instante de mi vida con intensidad
creadora y extraño placer. Y como James Bond, el agente 007,
prefiero otro día para morir.
|