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Tacaña vida
Max Haines
Rachel Parsons nació con una cucharita
de plata en la boca
y murió de un golpe con una barra de hierro en la cabeza
Rachel
era hija de sir Charles Parsons, el inventor del motor marino. Fue
a la Universidad de Cambridge, donde se convirtió en la primera
mujer en graduarse de ingeniera mecánica. Rachel entró
en el negocio familiar, y retomó el puesto de su hermano
cuando este murió en las trincheras francesas durante la
Primera Guerra Mundial. A principios de los años veinte,
se metió en política y se hizo miembro del Consejo
del Condado de Londres. Su casa de Grosvenor Square se convirtió
en el escenario de fiestas que estaban en boca de la aristocracia
de la época.
Cuando su padre falleció en 1931, Rachel heredó más
de un millón de libras esterlinas, una suma nada desdeñable,
incluso hoy día. Durante la Gran Depresión, era un
dineral. En 1946, nuestra chica, considerada una de las mujeres
más adineradas de toda Inglaterra, dejó la casa de
Grosvenor Square, después de muchos años, y se trasladó
al número tres de Belgrave Square, que en su tiempo, fue
la residencia del duque de Kent.
Debemos señalar que Rachel nunca se casó. Aunque tuvo
varios pretendientes, su familia estaba convencida de que sólo
iban detrás de ella por su dinero, o que no estaban en su
mismo nivel social. Fuera la razón que fuera, el caso es
que Rachel les escuchaba y obedecía, como hacía toda
dama inglesa de buena familia en aquella época. Dicho en
términos sencillos, a la familia nadie le parecía
suficientemente bueno para su Rachel.
Como correspondía a una dama de su clase, a Rachel le atraían
las carreras de caballos, un deporte de reyes. Como Rachel no hacía
las cosas a medias, compró una mansión de 37 habitaciones,
conocida como Branches, ubicada cerca de Newmarket, la capital oficiosa
de las carreras de caballos del país. Branches era un edificio
del siglo XVIII y, además, tenía una zona boscosa
y una piscina. Asimismo, tenía muchos establos y demás
equipamientos para caballos en Cowlinge, a unas ocho millas de Newmarket.
En total, en los establos de Rachel había 70 caballos. Compró
otro edificio imponente, Lansdowne House, y sus establos, en los
aledaños de Newmarket.
Cuando fue llegando a la mediana edad, Rachel se volvió tacaña.
Trataba mal a sus empleados y, con frecuencia, les hacía
suplicarle para pagarles sus sueldos. A veces, los despedía
repentinamente y se negaba a pagarles el sueldo correspondiente
a las vacaciones, que en los años cincuenta era una miseria.
Trataba con desdén a los tenderos y a los comerciantes. Pese
a su riqueza, se vestía como una pordiosera. Si uno no sabía
que era una mujer de dinero, se le podía confundir con una
mendiga.
Como es natural, Rachel no era una mujer querida. Mientras estaba
en Branches, tan sólo ocupaba dos habitaciones, que nunca
se limpiaban. En el suelo había mondas de frutas y verduras,
que se quedaban allí donde caían. Tiraba por la habitación
latas de sardinas vacías, que se quedaban allí mes
tras mes, junto a varios abrigos de pieles. Dejaba que su perro
Airedale anduviera suelto por el lugar pero volvía cada día
para alimentarlo. Rachel nunca arregló la vieja mansión.
Con el paso de los años, el lugar se deterioró hasta
llegar a convertirse en una sombra de su glorioso pasado.
En 1956, cuando Rachel tenía 71 años de edad, todos
los que estaban en contacto con ella, sabían que era una
mujer malhablada y tacaña que sólo comía sardinas
y huevos, no porque le gustaran sino porque eran baratos. Atrás
había quedado la refinada dama que en otros tiempos ofrecía
fiestas que daban de qué hablar en la sociedad londinense.
Se había transformado en una anciana gruñona y desagradable.
En julio de 1956, Dennis Pratt, de 26 años, antiguo mozo
de cuadra que tenía a su cargo diez caballos de Rachel antes
de perder su empleo en mayo, se presentó en su casa. Dennis
había intentado en dos ocasiones que le pagara las vacaciones,
sin conseguirlo. En una oportunidad, Rachel llamó a la policía,
y ésta le echó de allí, sermoneándole
por molestar a una anciana.
Esta vez sería diferente. La mujer de Dennis estaba embarazada
y, además, tenían otros dos hijos. Necesitaba el dinero
desesperadamente. Nadie se habría enterado de lo que pasó
ese día si Dennis no hubiera ido a Cambridge a intentar vender
unos costosos prismáticos a un joyero, quien tuvo sospechas
y llamó a la policía. A Dennis le llevaban a la comisaría
para interrogarlo cuando los agentes encontraron dos cámaras
y dos relojes de viaje en una maleta que portaba.
Dennis confesó que había robado los bienes de la casa
Lansdowne. Sorprendió a los agentes cuando añadió:
"Esto les sorprenderá. La he matado". Los detectives
se quedaron anonadados. Ahí estaban, interrogando a ese hombre
por un robo, y él estaba confesando haber cometido un asesinato
que todavía no había sido descubierto. Se pusieron
en contacto con la policía de Newmarket. Efectivamente, el
cadáver de Rachel se encontró donde Dennis dijo que
estaría.
Dennis fue detenido y acusado de asesinato. En su juicio, un taxista
dijo que le había oído hablar de su paga de vacaciones
y amenazar con ir a quejarse ante los tribunales de trabajo. La
declaración que el acusado hizo a la policía fue leída
ante el tribunal. En ella, decía que él y Rachel habían
discutido y que él había agarrado un tubo y la había
matado a golpes.
El abogado de Dennis pidió al jurado que emitiera un veredicto
de homicidio por provocación. Varios testigos declararon
ante el tribunal que Rachel era una mujer tacaña y discutidora.
Dennis fue llamado a declarar. Admitió que había empujado
a Rachel
en el transcurso de una acalorada discusión. Ella le había
gritado que él y su mujer no eran más que basura y
que ella no les iba a dar ningún dinero. Rachel le había
pegado un bolsazo en la cabeza.
"Le dije que no fuera tonta y la aparté. Me volvió
a golpear por segunda vez y le dije que parara", señaló
Dennis. Continuó diciendo que había agarrado una barra
de hierro y la había golpeado. "No recuerdo cuántas
veces le di. Ahora mismo, casi no creo lo que he hecho".
Dennis declaró que había robado dinero del monedero
de su víctima y también las cámaras y los relojes
para ayudar a su mujer, que estaba embarazada.
El jurado inglés sabía que si le declaraba culpable
de asesinato moriría en la horca. Comprendían en cierto
sentido al acusado y le declararon culpable de homicidio. Dennis
Pratt fue sentenciado a 10 años de cárcel.
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