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Hace unas semanas me tocó entrevistar
al presidente de una empresa, un tipo muy prestigioso, muy ocupado
-me habían dicho, haciendo énfasis en los "muy"-
y, sobre todo, muy elusivo con la prensa.
Nuestra reunión había sido pautada
para las 2:30 de la tarde. Ni un segundo antes ni un segundo después,
me advirtió su secretaria, porque el doctor tiene la agenda
copada y sólo le puede dar media hora. Llegado el día,
me fui armada de un riguroso cuestionario para exprimir al máximo
el valiosísimo tiempo que el celebérrimo hombre se
había dignado concederme.
Imagínense mi cara cuando caí
en cuenta que quien se retrasaba era el supergerente. El tipo no
sólo llegó hora y diez minutos tarde, sino que a cada
rato interrumpía la entrevista para atender llamadas telefónicas,
todas "muy importantes".
De más está señalar mi molestia. A la salida,
mientras regresaba a casa, el malestar fue el germen que originó
está crónica. Hay quien se cree el mejor gerente o
el más importante por las muchas cosas que hace y los cientos
de llamada que recibe. Y así como hay miles de esta clase,
los hay de muchos otros tipos. Y todos malos. He aquí el
listado que provocó el doctor superocupado:
El negrero: exige entrada a las 7:00
de la mañana y salida las 7:00 de la noche, con una hora
-exacta- para comer y hacer necesidades fisiológicas. Sólo
se preocupa porque se cumpla la tarea, no importa si su gente llega
temprano y sale tarde, si tienen hambre o se sienten mal, si este
no se lleva bien con aquel o si alguien para llegar a tiempo se
comió tres semáforos y chocó dos carros.
El pichirre: mendiga los vasos de papel
para tomar el café -mejor se reciclan-, los clips, los cursos
de entrenamiento, los viajes, los aumentos y es capaz de hacer mal
un cheque porque así retarda una semana el pago a un proveedor
-total, sólo se paga los jueves-.
El doble agenda: nunca dice la verdad,
así mire directo a los ojos y con su cara muy lavada. Es
de los que promete que mañana tramita el pago de las horas
extra o que sin falta se reúne con zutano para cuadrar la
asociación de negocios, pero llega mañana, pasado
y el jueves que viene y sigue prometiendo lo mismo. Y no hace ni
una cosa ni la otra porque nunca ha sido su intención.
El pana: es amigo de todo el mundo y
dice que sí a todos -jefes y subalternos-. Al final termina
reventado o aplastado -como el jamón del sándwich-
y nunca obtiene resultados.
El afiliativo: una versión del
pana, es quien toma el lugar de trabajo como un espacio emotivo,
personal. Si alguien se queja, no cumple la tarea, llega tarde,
o renuncia no es porque tiene razón, o porque es flojo, se
enfermó, se le accidentó el auto o tiene una mejor
oferta de otra empresa. No; es porque lo está traicionando.
El flux vacío: cuidadoso de las
formas, los detalles y el qué dirán. Viste impecable,
habla correctamente, sus memos se tipean a espacio y medio, sin
sangría y con la firma alineada a la izquierda. Nunca falta
agua, café o té en las reuniones ni flores en la sala
de juntas, y celebra todos los cumpleaños. Pero hasta ahí.
Las órdenes las dan los de arriba y él las transmite
sin sopesar. No negocia, no razona, sólo se deja ver, como
una percha con un flux.
El 20 horas: siempre diciendo que trabaja
más que nadie.14, 18, 20 horas seguidas, pero en realidad
lo que sucede es que no distingue lo importante de lo accesorio,
no delega y se encarga de cualquier minucia. De todas las horas
que trabaja, por lo menos 10 se le van hablando y comentando que
trabaja mucho. Más que nadie. l
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