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  Vuelo Miami-Caracas
Mirtha Rivero

 

A medida que se acerca la Semana Santa y se multiplican los avisos de rutas turísticas, la sangre se me paraliza nada más imaginarme al final de unas vacaciones: esperando inútilmente un vuelo en cualquier aeropuerto o un ferry en Punta de Piedras,o en la fila de carros recalentados en la autopista Caracas La Guaira, o en la tranca de la carretera de oriente, a la altura de Caucagua.

No, qué va, yo no salgo en temporada, me digo y le digo a mi amiga Alicia, que acaba de contarme su más reciente aventura.

Alicia, elegante y sofisticada, es reacia a los destinos que involucran vulgo y masa. Para ella: París, Estambul o el Cuzco, siempre y cuando sea en temporada baja, no tanto por el valor del boleto -aunque también- como por el volumen de gente. De más está decir que detesta los charter, los parques temáticos y el turismo de shopping.
Pero como nadie puede ser tan exquisito, el 31 de diciembre encontró a Alicia en Florida, USA. Y seis días después, cual hija de vecino, estaba en el aeropuerto de Miami como un fardo más entre cajas y bultos con electrodomésticos.

Llegó tres horas antes del embarque y se ubicó al final de una larga fila, sinuosa y lenta, en donde coincidían viajeros que iban a cualquier parte: Sydney, Guayaquil, Caracas. Cuando por fin alcanzó el counter, tenía las greñas alborotadas y los zapatos sucios por los pisotones y los restos de café y helado, huellas de sus peleas con los que quisieron colearse.

Ya en el salón de espera (superada una rigurosa revisión de seguridad porque reúne el perfil sospechoso: sola, poco equipaje, pinta de excéntrica), halla una sala atestada de coches, carteras Louis Vuitton y 200 venezolanos aguardando un vuelo retrasado. En la sala, todos parecían familia, y saludaban y gritaban como después lo harían en el avión. ¡Niña! -vociferaba una mujer- ¿pero tú no habías parido? Chamo -comentaba un tipo con aire de golfista-, perdiste ayer y le debes tres güisquis a Eduardo. ¡Mamáaa! -gritaba un niño- Daniel no me quiere prestar el game-boy.

Mi amiga tenía los nervios de punta. Una hora después, la cosa empeoró. A bordo, descubrió que en su puesto no servía el canal de radio y ni siquiera podía leer a Saramago porque la viajera de al lado, risueña al reconocer a una amiga, se encaramaba en el asiento y chillaba: Marinela, feliz año. ¿En dónde lo recibiste? Todo, mientras un gordito -a todo gañote- avisaba por celular que lo fueran a recoger a Maiquetía, dos hermanos seguían disputando un juguete y un flight-attendant discutía con un compañero sobre la mejor manera de guardar el equipaje de un pasajero que no quería sentarse. Más allá, como cortina de fondo, la aeromoza llamaba la atención a uno que obstruía la entrada al baño.

Hundida en su butaca, Alicia se sentía en medio de un circo. Ignoraba que aún faltaba la lucha cuerpo a cuerpo entre los dos sobrecargos.

Si estás cansado, no la pagues conmigo -reclamó un muchacho con acento latino a quien acababan de pegarle una bolsa de papas por el pecho-.

El oponente masculló algo en inglés y empujó con fuerza el carro de las bebidas, lo que bastó para que el latino lo jamaqueara por el brazo, y cuando ya se iban a caer a golpes, un pasajero saltó a separarlos, al tiempo que la azafata recogía unos vasos del piso, y delataba:

-Esto es culpa de la línea. Como es temporada, mandan más aviones pero sin la tripulación completa. Ustedes deberían reclamar.

Eso fue el colmo. La gota que derramó el vaso. Ese día, Alicia juró, como yo había jurado mucho antes: más nunca salgo en cambote, o regreso un día antes que la multitud, o no viajo. Así de sencillo. l

 
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