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Mi amigo W. está despechado. Después
de tres años y medio, su pareja llegó una noche y
le confesó el motivo de su inusual comportamiento en los
últimos meses: un nuevo amor había tocado su puerta,
y "hasta aquí llegamos, pero -le lanzó la frase
lapidaria- me gustaría que siguiéramos siendo amigos".
W. quedó destrozado. En cuestión
de minutos, el universo entero se le cayó a pedacitos. La
noticia le llegó en vísperas de Navidad, y la natural
alegría que debía acompañarlo por estas fechas,
se le evaporó de sopetón. Ninguna palabra parece consolarlo,
nada le quita la tristeza de encima.
Por eso, buscando reanimarlo, quise contarle
un cuento con final feliz. Una historia que aunque no borre su pena,
sí pueda brindarle un soplo de esperanza. Quise regalarle
la historia de Margaret.
Margaret nació en Rumania en 1940, en
una acomodada familia de intelectuales (su madre era poeta y su
abuelo un reconocido abogado) que podía afrontar el gasto
de una nana para atender a la hija -y nieta- única. La niñera
era una gitana entrañable que entre agüeros y arrumacos
enseñó a la pequeña el arte de la cartomancia
("aprende niña, que esto te va a servir en la vida").
Y en ese ambiente ecléctico y primoroso -mezcla de mimo,
sortilegio y erudición- la criatura de grandes ojos verdes
no podía menos que aspirar a una carrera universitaria, un
marido talentoso y un destino brillante. Conforme a las expectativas,
la niña creció, estudió Letras, se casó
con un hombre ilustrado, y ambos -lúcidos e inteligentes-
emigraron a París.
Hasta aquí, el cuento luce bonito. Radiante.
Pero la historia apenas empieza.
A los 24 años, Margaret enviuda y se queda íngrima
y sola en un mundo ajeno. La tragedia, sin embargo, no la amilana.
"No podía centrarme en lo malo, en lo feo, no podía
encerrarme. Debía seguir viviendo, así fuera difícil
y doloroso. Ya antes había decidido emigrar y salir adelante".
Amparada en el título universitario y el dominio de cuatro
idiomas (rumano, ruso, inglés, francés) se pone a
trabajar, y casi sin enterarse se enamora otra vez, en esta ocasión
de un diplomático que -como todo funcionario de carrera-
va de un país a otro. Margaret se casa y viaja con él,
y al cabo de unos años aterrizan en Venezuela.
Llegan en Navidad, y el cielo, la luz, las
gaitas y la alegría de la nueva tierra encandilan a la muchacha
que de inmediato se prenda del clima y de la gente. Tal fue su arrobamiento
que comienzan los roces con el marido diplomático -impermeable
al temperamento local-. "No nos entendíamos, él
estaba muy ocupado con su trabajo, y yo estaba muy entretenida en
conocer este país. De repente éramos como de dos planetas
diferentes, de dos culturas distintas". Cuando al diplomático
lo trasladaron a otro continente, Margaret no quiso irse. Seducida
por esta tierra, se quedó chapurreando el castellano, sola
y sin un centavo. Ella, que había vivido como en una burbuja,
cae en cuenta de la realidad y debe salir a ganarse el pan en lo
que sea. Consigue empleo en una fábrica de productos de belleza
y poco a poco se abre paso. A fines de los años setenta encuentra
un nuevo amor. "Yo quería una familia, buscaba establecerme".
En 1978 nace su hija, y con la niña
aún de meses se vuelve a hallar sola -separada del esposo-
y para colmo sin trabajo, porque quiebra la empresa de cosméticos.
"A los 38 años tenía que empezar de cero, y nadie
me quería emplear porque estaba muy vieja. Ni mis estudios
ni mis idiomas servían". Es entonces cuando una amiga
le sugiere probar con el oficio que le enseñó la nana
gitana, y que hasta entonces sólo practicaba -"con éxito"-
entre conocidos. Y se levantó otra vez. "Si uno se echa
a morir, si uno se cierra, cierra las oportunidades de todo lo bueno
que pueda venir".
Dos años más tarde se estaba
bajando de un carro por puesto y notó que no tenía
sencillo para pagar. El chofer, molesto, se negó a aceptar
un billete. De pronto, del fondo de la camioneta salió un
hombre en su auxilio. Un individuo de apariencia elegante y distinguida
que le pagó el pasaje. "Ay, señor, qué
pena". Nunca antes lo había visto, y creyó que
nunca más lo vería.
Pero lo volvió a ver. Resulta que el
señor de aspecto distinguido vivía en su mismo edificio
y ella no lo sabía. Comenzaron a frecuentarse, y se enamoraron.
"Yo tenía 40 años cuando lo conocí, y
llevamos casi 25 años juntos. Si no hubiera tenido el corazón
abierto, si no hubiera creído en nadie, no hubiera conseguido
nada de las cosas bonitas que tengo: ni mi hija, ni este trabajo
tan lindo que Dios me dio, ni este país, ni este hombre bueno
que me acompaña".
Y esta es la historia de Margaret, el regalo
que quiero darle a W. en Navidad. Porque la vida no se acaba -aunque
uno a veces lo crea-. La vida sigue. Sólo hay que tener valor
para doblar la esquina y los ojos abiertos para ver hacia adelante.
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mirthariverogil@hotmail.com
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