JUNTO A UNO DE SUS MURALES EN LA UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA
|
OSWALDO VIGAS
Autor de cinco murales en la Ciudad Universitaria y uno de los artistas más respetados del país, cree que la capital no ha influenciado su arte ni un ápice Por Johan M. Ramírez
Foto: Natalia Brand
"No hay ningún
vinculo entre Caracas y yo"
En su taller, entre una maravillosa colección de obras de arte y con Mozart como fondo musical, transcurrió esta entrevista con uno de los pintores más destacados del país, autor de cinco murales en la Ciudad Universitaria, Premio Nacional de Artes Plásticas 1952, Doctor Honoris Causa de la ULA, y Comendador de las Artes y las Letras de Francia, la más alta condecoración que entrega ese país en el ámbito cultural. Tras conversar largo rato sobre Caracas surgió la sorpresiva conclusión de que, desde hace tiempo, esta ciudad no forma parte de su vida.
Oswaldo Vigas nació en Valencia, y a los 22 años llegó a la capital para estudiar Medicina. Se graduó en la UCV, cuando ésta quedaba en el Palacio de las Academias, hermosa estructura que adorna los alrededores del Capitolio.
"Ejercí en el Hospital J.M. De Los Ríos, pero a los dos años renuncié, sufría demasiado. Todas las noches me dormía llorando porque se me morían los niñitos en los brazos", afirma con pesar.
Entonces abandonó la profesión en la que se había formado, y se entregó a aquella para la que había nacido. "Luego asistí a la Cristóbal Rojas, pero no a estudiar formalmente, pues cuando entré a la escuela ya era famoso y tenía varios premios", dice, y en efecto, para el momento había recibido siete reconocimientos a nivel nacional.
"El Ávila es una referencia para otros artistas, no para mí, yo no hago paisajes... es más, en mi vida jamás lo subí"
|
"Pero me hice amigo de los profesores, especialmente de Manuel Cabret -el célebre
pintor de El Ávila. Fuimos muy cercanos. Igualmente con Pedro Ángel González", afirma, y recuerda que varias veces, animados por alguna charla, se sentaban en la acera de cualquier calle para hablar durante horas. Por esa época conoció a otro caraqueño prodigioso, su "segundo padre": Carlos Raúl Villanueva, quien no sólo fue su gran amigo, sino también su fiel admirador.
"Él me pidió las obras para la UCV, y todas las hice en Francia, sobre una escalera de 10 metros para verlas desde arriba", cuenta. "Las pensé mucho, porque sabía que quedarían en el tiempo y que eran mi aporte a la Universidad. Ahora me siento orgulloso de que ellas me representen en ese lugar", agrega.
Pero fue años más tarde, tras su regreso a Caracas, cuando por primera vez las vio hechas murales propiamente. "Me parecieron geniales, pero si hoy los creara de nuevo, claro que haría varias modificaciones", señala.
A sus 82 años, con unas 60 exposiciones individuales celebradas en más de quince ciudades (desde Caracas hasta Tokyo), reflexiona sobre la pregunta: "¿Le gusta esta ciudad?". "Nunca lo he pensado -dice-, eso me lo planteo cuando voy a un restaurante". Su apatía alimenta una inquietud que merodeaba en el ambiente hacía rato. Una pregunta más, para salir de dudas: "¿Y El Ávila? ¿Le inspira, le conmueve?". "Esa es una referencia para otros artistas, no para mí, yo no hago paisajes... es más, en mi vida jamás lo subí".
Entonces se hace evidente la ruptura que hay en su relación con Caracas. Él lo piensa un instante, y no lo niega: "En la juventud sí salía mucho... me encantaba el Gran Café de Sabana Grande, donde me veía con los artistas; pero ya no. Es cierto, no hay ningún vínculo entre Caracas y yo. Ahora, para mí la ciudad es esto -señala, refiriéndose a su taller, atiborrado de cuadros y tan ajeno a la capital que casi ni tiene ventanas-. Nuestra relación es muy escasa, casi clandestina. Pero no te preocupes, así sería en cualquier sitio. Podría estar en Nueva York o Hong Kong, y mi arte sería lo mismo, porque nunca ha dependido, ni dependerá, del entorno en el que esté", sentencia.
johan_ramirez3@hotmail.com
Asistente de fotografía: Anita Carli
|