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A la hora que la depresión llama
a la puerta, no hay ser humano capaz de dejarla afuera. Porque
ella -perseverante y malintencionada- toca, toca y toca hasta que
se le abre aunque sea una rendija por donde es capaz de colarse.
La mejor manera de salir de tan indeseable visita es enfrentarla,
y si es posible dándole un portazo en la cara para que no
le queden ganas de regresar; pero como eso luce difícil,
hay que buscar el modo de sacarla lo más rápido de
la casa o por lo menos de evadirla. Porque cuando la tristeza se
instala adentro, duele.
Tengo amigas que en cuanto sienten que el gusanillo
del desaliento se les aloja en el cuerpo, salen corriendo a las
tiendas en busca de antídoto. Ese es el caso de Teresa, que
vuela hasta el establecimiento de marca, el centro comercial o el
mercado libre de Guaicaipuro (el destino depende de sus finanzas)
para ahogar con vestidos o zapatos nuevos cualquier arremetida de
desconsuelo. Esa es la forma que encuentra -dice que la única-para
enfrentar los estragos de una depresión. Compra y compra
cosas que la hagan ver bonita, y en la medida en que se ve bonita,
se siente bonita, y se le alegra el alma. Así, poco a poco,
la pena se va pasando.
-Es la mejor manera -asegura-, y encima nadie
se entera. La depre se retroalimenta: si los demás te ven
bien y presentable, imaginan que estás igual de bien, y lo
más que te puede pasar es que provoques envidia, pero si
te ven fea y desaliñada, ahí mismo empieza la lástima
y te ven mal y tú te sientes peor.
Actitud semejante tiene Ana, aunque ella a
diferencia de Teresa no compra ropa sino "cariño para
el cuerpo".
-La magia de los trapos nuevos -explica-desaparece
en cuanto uno se desviste; en cambio, el encanto que otorga el salón
de belleza se va con uno a la cama y está con uno al momento
de despertarse.
Por eso, cuando el decaimiento asoma en su
vida, Ana, por unas horas -sólo unas horas- llora, chilla
y a veces se ensimisma, pero después, con los ojos todavía
húmedos e hinchados, se pone en manos de "los especialistas"
para que ellos se encarguen de hacerle un over haul: tinte,
corte y secado del cabello, manicure, pedicure y -si
el presupuesto aguanta- limpieza de cutis y depilación.
Para ella, como para Teresa, el buen ánimo
interno pasa por un reacomodo externo, y ninguna de las dos acepta
excusas de orden monetario para descalificar su terapia. Ambas prefieren
afrontar la dificultad económica (para eso existen los maridos,
los papás, los amigos o el sobregiro de las tarjetas de crédito)
antes que un descalabro emocional.
Pero no todo el mundo busca en el cuidado estético
el consuelo para su angustia espiritual. Hay gente que bebe para
escaparse o duerme 14 horas seguidas o se acomoda frente al televisor
-días y días-, o toma pastillas o como María
Gracia analiza hasta el cansancio la causa que la lleva a la tristeza
(divorcio, enfermedad, novia del hijo, desempleo), porque el mero
proceso de analizar y buscar explicaciones la distrae del sentimiento
que la agobia y la espicha por dentro.
También está la modalidad de
Camila, quien para superar la congoja se atapuza de chocolate en
cualquiera de sus formas o combinaciones. Tabletas, caramelos, merengadas,
helados, tortas, pasteles, croissants. Como venga. Lo que importa
es que se endulza el alma. Ya después se ocupará de
las dietas y el dentista, por aquello de los kilos y las caries.
Y el caso de Larissa que en cuanto percibe
un bajón en el ánimo va directo a comerse algo picante.
Lo que sea. Cualquier comida, con tal de que en su preparación
incluya ají, chile, pimienta o cebolla en grado sumo. Si
no encuentra platillos sofisticados, siempre le queda el recurso
de tragarse -no mastica- dos arepas con queso blanco, aliñadas
con montones de guasacaca o con el pote de salsa tex-mex que guarda
en la nevera para las emergencias.
Cada quien, de acuerdo a su talante, encuentra
su modo para espantar la angustia y el desánimo. A mí,
por lo menos, cuando me entran ataques de desesperanza, me gusta
comer algo rico, suave, esponjoso, dulce. Como las tortas que hacía
mi mamá. Por eso, cuando me deprimo voy hasta la pastelería
a comprar un postre de ese calibre. Y a veces, cuando la tristeza
es tan grande como el país, me pongo a escribir, como lo
estoy haciendo ahora. l
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