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La princesa
Poniatowska

Ganadora del Rómulo Gallegos, la mexicana Elena Poniatowska reconoce
que la necesidad de documentar sobre su país se impone a la de mostrar
el mundo de su infancia aristocrática
Por Maritza Jiménez Fotos: Nicola Rocco

Elena Poniatowska es descendiente directa, por vía paterna, del último rey de Polonia, Estanislao II Augusto Poniatowski. Por eso,en México,
la llaman "la princesa Poniatowska".

Sin embargo, a pesar de su origen aristocrático,
la obra periodística y literaria de esta mujer ha sido siempre un instrumento para investigar y mostrar
la historia de su país y esos personajes de origen popular que la han escrito, a veces anónimamente.
No en vano de ella han dicho que es "una voz
que habla por los que no hablan".

Nació en Francia como Hélène Elizabeth Louise Amélie Paula Dolores Poniatowska Amor, la primera de los tres hijos de María de los Dolores (Paula)
Amor Escandon, mexicana de ascendencia
francesa, y del príncipe Jean Joseph Evremond
Sperry Poniatowski, matrimonio que emigró
a Francia durante el porfiriato mexicano.

Como todos los niños de la aristocracia europea de entonces, una de sus lecturas juveniles fue Sophie Rostopchine, mejor conocida como la Condesa de Ségur, autora de novelas y cuentos que apoyan su finalidad pedagógica en la intervención de seres fantásticos, alaban el deseo de superación de los jóvenes de origen humilde y evocan con realismo tanto paisajes exóticos como escenas históricas
y sociales. Valores que, de alguna manera, se encuentran en la literatura de Elena Poniatowska, la segunda mexicana —después de Ángeles Mastretta— en recibir
el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos por su obra El tren pasa primero, inspirada en la gran huelga del ferrocarril de 1959, en su país, y la figura
de su principal protagonista, el líder sindical Demetrio Vallejo.

A sus 75 años, sigue siendo una de las intelectuales más activas de México. No sólo firmó un polémico documento en defensa de la candidatura de López Obrador, sino que estuvo entre la multitud que lo aclamó durante 50 días en El Zócalo, con el resultado de una crónica que publicó en su país.

Su obra ha abarcado casi todos los géneros: novela, cuento, poesía, ensayo, crónica y entrevista. También ha escrito libros para niños, adaptaciones teatrales de sus obras y numerosos prólogos en libros de fotografía, y ha sido traducida a una decena de idiomas. Pero su escritura, sea cual sea su género, parece destinada a una cosa: comprender la realidad de ese país cuya nacionalidad adquirió en 1969. "Creo que se debe al hecho de no haber nacido en México. Siempre quise ser mexicana, pertenecer, echar aquí mis raíces. Y la literatura me ha servido para documentar mi país, qué sucede en él".

El Periodismo me
escogió a mí


"Los Poniatowski se consideran franceses desde hace casi 400
años, incluso un mariscal del ejército
de Napoleón, José Pedro Poniatowski, luchó contra los rusos y para no
rendirse se lanzó al mar, con todo
su batallón y sus caballos",
cuenta casi literariamente.

"Mi padre y mi madre se conocieron
en París, y tuvieron tres hijos. Yo soy
la mayor". De esa infancia recuerda
la biblioteca de su abuelo, escritor
al igual que su tío, y a aquella
institutriz francesa que le aconsejaba que cuando aprendiera a leer, se escondiera para hablar a solas con
los libros. Tenía entonces seis años,
y, al verla, se quedaba muy
seria frente al libro "para hacerle
creer que estaba leyendo".

"Después de la Segunda Guerra, pasamos seis años sin ver a mi padre, que fue capitán del Ejército. Mi infancia fue muy católica. Estuve en los scouts de Francia como niña guía y, luego. en un convento de monjas católicas en Estados Unidos.
En 1942 regresé a México".

En 1953 se inicia en el periodismo, al que reconocería como su más importante escuela: "Gracias a él tuve acceso a un mundo que ni siquiera sospechaba que existía", afirma. "Pero yo no escogí el periodismo, él me escogió a mí. Yo venía de un convento de muchachas, y no sabía nada de nada. Mi abuelo me quería enviar a Francia como debutante en los bailes de sociedad, pero yo pensé que podía hacer otra cosa, que era entrevistar a todas las personas que él conocía. Y así empecé".
Fue en el diario Excélsior, donde, a razón de una entrevista por día, tuvo acceso a los personajes más destacados de la cultura mexicana. "Sí, pude conocer a la gente más famosa de México, grandes escritores, arquitectos, pintores, gente muy reconocida que, por mi juventud, me dio un trato muy cariñoso". Fueron 365 entrevistas con grandes nombres, entre quienes menciona los de Diego Rivera, María Félix, Dolores del Río y, sobre todo, Alfonso Reyes, quien la puso en contacto con el mundo de la literatura.

En 1959, un universo desconocido, del que ni siquiera sospechaba su existencia, se abrió ante ella cuando, invitada por un recluso, Jesús Sánchez García, a presenciar el montaje de una obra de teatro en la cárcel, la joven periodista estableció contacto con los ferrocarrileros detenidos ese año por su participación en las dos huelgas
que paralizaron el servicio de aquel importante transporte mexicano.

Recuerda que, entre otros, se encontraban en ese centro penitenciario el reconocido pintor David Alfaro Siqueiros —a la sazón, autor del decorado de la pieza teatral—,
y Demetrio Vallejo, secretario y líder del sindicato ferrocarrilero que pagó con once años de cárcel sus responsabilidades en el paro.

La idea inicial era una biografía sobre Vallejo. Cuarenta años después, el material le sirve para construir el personaje de Trinidad Pineda, y dice que el detalle que influyó en esta decisión fue la respuesta de un estudiante cuando ella le preguntó si conocía a Demetrio Vallejo. "Ni idea", le dijo el joven. Entonces pensó, con tristeza, en esos personajes populares que, a diferencia de los poderosos, no tienen quien les escriba sus biografías. "Por eso recuperé todo ese material que estaba empolvado, ya con telarañas, y empecé la novela".

En ella, una prosa ágil presenta
el fresco de la historia mexicana, mientras que el tren, tan olvidado
hoy en México como en casi todos
los países latinoamericanos, es la
gran metáfora de un relato que logra atrapar en la lectura de la evolución política y humana de sus personajes, hombres y mujeres sumidos en la complejidad de las luchas sindicales
en un país víctima del subdesarrollo
y la dependencia.

Su amiga Sara Pot Herrera, a quien en una ocasión acompañó a Mérida, México,
le contó que a los yucatecos, para que no se atravesaran y los atropellara una locomotora, les ponían un letrero grande que advertía: "El tren pasa primero".
Eso le pareció buena opción, porque la frase, pensó, tiene además una
connotación filosófica, cuando se oye decir "subirse al tren", "que no se
te pase el tren" o "que no te lleve el tren".

"Los trenes suscitan una gran nostalgia, sobre todo en México, porque ya no existen. Pero se ha escrito muchísimo sobre ellos en todos los tiempos".

Pero El tren pasa primero no es exactamente una novela de amor —aunque algunos transcurren en ella— ni de misterio, sino un documento de flagrante realidad, en el que se conjugan dos planos de la narración para mostrar el conflicto social y humano de personajes enfrentados al poder y la corrupción.

A decir del jurado del premio, el libro constituye "una epopeya colectiva por la dignificación del trabajador mediante la reconstrucción ficcional de hechos reales".

En esa misma línea, Elena Poniatowska ha escrito crónicas y novelas que le han dado prestigio mundial, y en las que intenta, además, mostrar y dignificar la condición humana. Hasta no verte, Jesús mío (1969) está inspirada en la figura de Josefina Bohórquez, una heroína de la revolución mexicana; La noche de Tlatelolco (1971) aborda la matanza de los estudiantes de 1968; Nada, nadie. Las voces del temblor (1998), es sobre el terremoto de 1985. La flor de lis tiene por tema el de una duquesa francesa que emigra con sus hijas a México por los horrores de la guerra; Tinísima (1991), toma la figura de la fotógrafa y militante revolucionaria Tina Modotti, y Gaby Brimmer se enfoca en la vida de una niña mexicana que logra sobreponerse con valor a las limitaciones de su parálisis cerebral.

La piel del cielo toma como punto de partida la pasión de quien fuera su esposo, Guillermo Haro, un astrofísico veinte años mayor que ella. La novela, que le valió el IV Premio Alfaguara de Novela en 2001, es un abordaje del problema de la ciencia en Amércia Latina y un reconocimiento a los astrónomos.

¿Cuál de sus personajes la ha afectado más profundamente?


"Hay muchos personajes populares que son fabulosos —responde—, que sorprenden con su creatividad y valentía. Es un material maravilloso que los escritores no han utilizado. Pero los que más me han tocado han sido dos: mi madre y Josefina Bohórquez. Mi madre, porque luchó mucho, sufrió mucho, perdió un hijo tempranamente, y jamás se quejó. Y Josefina Bohórquez porque, de la misma manera, sufrió sin jamás lamentarse. De manera que se parecen un poco estos dos seres tan distantes".

Si ha habido omisiones históricas de sucesos y personajes en nuestros países, la mujer, para ella, es "la gran olvidada de la historia". Su presencia en nuestras letras, afirma, ha sido "por lo menos, importante", pero "no del todo bien reconocida", y menciona, entre otros, los nombres de María Luisa Bombal y Gabriela Mistral, de Chile; Teresa de La Parra, de Venezuela; en México a Elena Garros, Rosario Castellanos, y, finalmente, "a la que tal vez haya sido la mejor poeta de todos los tiempos", Sor Juana Inés de la Cruz. "También tenemos las mujeres obreras, luchadoras sociales… Aquí en México estábamos orgullosas del triunfo de Michelle Bachelet en Chile".

Como protagonista literaria destaca el personaje de Doña Bárbara como uno de los grandes reconocimientos a la mujer en nuestras letras. "Ahora hay más protagonistas femeninas, pero entonces, salvo Doña Bárbara, había muy pocas".

Elena Poniatowska tuvo oportunidad de conocer personalmente a Rómulo Gallegos, a quien entrevistó durante dos días seguidos cuando el novelista venezolano vivió en México. "Aunque él estaba muy triste y muy huraño por la pérdida de su esposa, me concedió una primera entrevista, y para mi sorpresa me dijo: 'Venga usted mañana a la misma hora'. Fue un hombre muy querido, y recordarlo en estos momentos me da gusto. Y me da gusto volver a Venezuela, porque nuestros países tienen mucho en común. Además los venezolanos cuidan mucho los árboles,
y yo amo los árboles".



 



Ver también:
- La calle de las tendencias
- Diana de Gales ... Diez años más tarde

- La princesa Poniatowska
- Airsoft ¡A jugar a la guerra!



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