
En el jardín del Centro Cultural La Estancia
GERRY WEILL
Premio Nacional de Música 2008 y el pianista más celebrado del país, da 10 horas de clases diarias y usa el karate para defenderse de la inseguridad
Foto: Natalia Brand
Con 70 años, poco busca fuera de esta ciudad y nada queda del arraigo hacia su Austria natal. Ya tiene décadas aquí, viviendo, hablando, caminando, todo como un caraqueño. Y así se considera hoy, con su colección de premios y su justísima reputación como uno de los pianistas más importantes en la historia musical venezolana. Por fortuna declara, sonriente y agradecido, que es un caraqueño feliz: así se define Gerry Weill.
"En esta ciudad es fácil ver lo negativo, pero no todo es malo. En ningún otro sitio vas a una panadería y te tomas un café mientras hablas con confianza con un perfecto desconocido, cordial y gentil como es la gente de aquí. Eso no sucede jamás en Berlín ni en París", señala.
Esa amabilidad capitalina le resulta un paliativo contra los problemas de la urbe, tanto que no se imagina la vida en otro lugar. Muy a pesar, léalo bien, de que en los setenta tomó sus cosas y se fue lejos, muy lejos, a una solitaria montaña a 2.400 metros de altura en los Paramitos de Jají, Mérida, donde pasó siete años sabáticos.
"Del 74 al 81 viví allá, aislado y sin electricidad. Fue un tiempo para leer, estudiar, componer, meditar; de pronto pensé que nunca regresaría, pero algo pasó", cuenta. En aquel edén de la paz, donde apenas oía el rumor de la brisa peinando los árboles, "Gerry Weill se aburrió del Paraíso", confiesa. Y no sólo eso, lo impensable terminó por devolverlo a la vida urbana: el ruido.
"Era el ruido de mi mente. Es que tenía estudiantes que viajaban 12 horas desde Caracas para recibir clases conmigo en esas montañas, y por fin entendí que no debían seguir sacrificándose; al contrario, yo tenía que venirme acá para enseñar. Por eso me vine, me vine a trabajar, a dar lo que sé. Y no he parado, he formado músicos de casitres generaciones. Mi misión sólo era posible en Caracas".
| "En esta ciudad es fácil ver lo negativo, pero no todo es malo. En ningún otro sitio vas a una panadería y te tomas un café mientras hablas con un desconocido" |
Entonces se adaptó a esta enloquecida metrópolis, y el bulevar de Sabana Grande fue el vecindario de su residencia… nada fácil. "Fue el tiempo en que los buhoneros tomaron la zona. Esto era un infierno, pero así componía, estudiaba y daba clases, en medio de la bulla. Y era feliz. ¿Por qué? Porque estaba donde mi conciencia me decía que debía estar", sonríe.
Viviendo aún en el mismo lugar, repite su día ideal tanto como puede: se levanta temprano y nada en el complejo Eugenio Mendoza, regresa a su casa y da 10 horas de clase, luego entrena karate en el dojo de Cumbres de Curumo, y vuelve para estudiar japonés antes de dormir (es su séptimo idioma. Weill habla alemán, español, inglés, italiano, portugués y francés).
Y con el karate, justamente, se ha defendido un par de veces en esta ciudad. "Primero fue en Gato Negro, entrando al Metro, cuando dos 'choros' quisieron robarme. Fue muy rápido, en un segundo me deshice de ellos. Luego unos motorizados, pero también reaccioné en el acto y casi los tumbo de la moto". Claro, tiene más de 20 años practicando este deporte y es cinta negra tercer dan.
De Caracas rescata varios sitios: La Estancia, a la que considera un oasis, Corp Banca le resulta familiar, amaba el Teresa Carreño, pero es clase aparte el Centro Cultural Humboldt, en San Bernardino, lugar al que califica como "íntimo y exquisito". Sin embargo, lejos de los espacios culturales, es la cercanía de las costas lo que lo enganchó a Caracas desde hace 53 años, cuando arribó a estas tierras tras cruzar el Atlántico desde Europa en un viejo barco de inmigrantes. "¿Y cómo no voy a estar agradecido entonces? Caracas me abrió las puertas, me dio un suelo, un nombre, una mujer y unos hijos. ¡Por supuesto que amaré siempre esta ciudad!", celebra.
johan_ramirez3@hotmail.com
Asistente de fotografía: Anita Carli
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