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Se supone que las chicas inteligentes, sensatas
y sensibles deberíamos inclinarnos con vehemencia hacia la
naturalidad como paradigma esencial de la belleza. De hecho,
he sido activa interlocutora en múltiples conversaciones
sobre la importancia de la autoaceptación en un mundo plagado
de modelos estéticos que nos apabullan sin derecho a réplica,
reconsideración o pataleo. Valorar los signos del envejecimiento
es un derecho natural al que mujeres y hombres no podemos negarnos
por arbitrariedades culturales asociadas a carencias e insustancialidades
del ser social. Lo paradójico es que con la misma vehemencia
que acepto todo razonamiento acerca de la importancia de querernos
como somos y no como la publicidad nos pide que seamos, todos los
días de mi vida caigo irremediablemente en la trampa de querer
transformarme en el prototipo (estereotipo) de mi propio experimento
ilusionista olvidando que se supone que soy una mujer sensata, sensible
e inteligente.
En un almuerzo reciente de trabajo alrededor
de una mesa redonda, un colega defendía con sentido del humor
y argumentos de peso, su derecho a querer ser calvo y barrigón
muy a pesar de la presión social y las críticas de
su querida esposa. Pensaba que combatir su naturaleza sometiéndose
a padecimientos irreales y tratamientos estéticos rigurosos
y restrictivos, era colocar pañitos calientes sobre sus miserias
y debilidades. Todos le dábamos la razón, incluso
yo, que me he sometido a toda suerte de dietas y tratamientos de
embellecimiento con la única finalidad de parecerme a la
mujer que anhelo ser, para complacer la expectativa de las mayorías,
que además no por casualidad coincide con mi propio modelo
de autoaceptación.
Nos reíamos comentando casos patéticos
de estiramientos faciales muy mal logrados en personajes del medio
público nacional, problematizábamos absurdos de la
publicidad como el ideal "del nuevo hombre lampiño",
cuando los vellos del cuerpo masculino son un signo irremediable
de testosterona y virilidad, diseccionábamos las debilidades
de una cultura que rinde culto a la juventud como valor summa cum
laude, y citábamos casos que confirman como en Europa una
mujer a los cuarenta años estaba en su mejor momento personal
y laboral. En fin, hablamos mucho
Poco a poco la conversación se fue tornando cada vez menos
argumentativa, abstracta y teórica para volverse puntual
y específica. Una de las chicas que aguardaba silenciosa
sentada a mi derecha confesó ser cosmetóloga y atender
casos patéticos de mujeres negadas a sobrellevar los designios
del tiempo con dignidad. A mí se me disparó el chip
que me coloca en un santiamén de espaldas a todo argumento
a favor de la belleza natural. Creo que la chica intuyó mi
debilidad porque se me acercó y me dijo al oído: "Tengo
muchas pacientes que se inyectan no sólo la boca sino también
los labios de la vagina para que su sexo luzca más rozagante
y joven". "¿En serio?", pregunté entre
escandalizada y fascinada. La conversación empezaba a tornarse
morbosa y
¿a quién no le gusta el pecaminoso
amarillismo de un dato tan bizarro? En instantes, el rumbo de la
conversa empezó a dar vueltas de canela.
Desde el otro extremo de la mesa un colega
-que tiene más de cuarenta y luce de treinta- comentó
que había llegado al país la primera auténtica
y verdadera máquina láser al servicio de la estética,
y que los resultados eran asombrosos porque los había visto
con sus propios ojos. "Te puedes quitar esos incómodos
vellos, tipo hombre lobo, que con la edad te salen en las orejas
en diez minutos, sin marcas ni cicatrices y con la garantía
de verlos desaparecer para siempre". "¡Guao!",
pensé, "siempre he querido depilarme con láser
la línea del bikini". Todos queríamos saber más,
y el mismo comensal que diez minutos antes había renegado
de toda práctica estética orientada a modificar su
coctel genético natural tomó sin demora los datos
del médico en cuestión y llamó a su esposa
para contarle entusiasta la feliz novedad.
La cirugía estética representa importantes triunfos
para la medicina moderna, y para colmo, te ofrece la opción
de salvarte de tus complejos, de entregarte a tus caprichos y de
ahorrarte dinero en aburridas terapias psiquiátricas. Sin
embargo, los tratamientos estéticos drásticos y transformadores
también pueden convertirte en un clon, en una muñeca
inexpresiva y acartonada, si abusas de ellos y para colmo tienes
el alma extraviada. Sin notarlo, puedes llegar a transformar tu
apariencia convirtiendo tu cuerpo en un envase con demasiados remiendos.
Aunque me considero una mujer sensata y sensible -y perdonen la
falta de humildad-, soy tan proclive a la demencia esteticista que
no le temo al dolor físico con tal de lograr los resultados
que anhelo. Con la ambición de convertirme en la mujer que
sueño ser, soy capaz de enredarme en múltiples transmutaciones
bisturí, láser, bótox, ácido hialurónico
o electricidad.
Aquel día, en aquel almuerzo, empezamos
defendiéndonos del irremediable fascismo estético
al que vivimos expuestos, pero como suele ocurrir, todos terminamos
confesándonos proclives al deseo de arder en la hoguera de
las vanidades. l
tofano@hotmail.com
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