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  Plástica sumisión
Carla Tofano

 

Se supone que las chicas inteligentes, sensatas y sensibles deberíamos inclinarnos con vehemencia hacia la naturalidad como paradigma esencial de la belleza. De hecho, he sido activa interlocutora en múltiples conversaciones sobre la importancia de la autoaceptación en un mundo plagado de modelos estéticos que nos apabullan sin derecho a réplica, reconsideración o pataleo. Valorar los signos del envejecimiento es un derecho natural al que mujeres y hombres no podemos negarnos por arbitrariedades culturales asociadas a carencias e insustancialidades del ser social. Lo paradójico es que con la misma vehemencia que acepto todo razonamiento acerca de la importancia de querernos como somos y no como la publicidad nos pide que seamos, todos los días de mi vida caigo irremediablemente en la trampa de querer transformarme en el prototipo (estereotipo) de mi propio experimento ilusionista olvidando que se supone que soy una mujer sensata, sensible e inteligente.

En un almuerzo reciente de trabajo alrededor de una mesa redonda, un colega defendía con sentido del humor y argumentos de peso, su derecho a querer ser calvo y barrigón muy a pesar de la presión social y las críticas de su querida esposa. Pensaba que combatir su naturaleza sometiéndose a padecimientos irreales y tratamientos estéticos rigurosos y restrictivos, era colocar pañitos calientes sobre sus miserias y debilidades. Todos le dábamos la razón, incluso yo, que me he sometido a toda suerte de dietas y tratamientos de embellecimiento con la única finalidad de parecerme a la mujer que anhelo ser, para complacer la expectativa de las mayorías, que además no por casualidad coincide con mi propio modelo de autoaceptación.

Nos reíamos comentando casos patéticos de estiramientos faciales muy mal logrados en personajes del medio público nacional, problematizábamos absurdos de la publicidad como el ideal "del nuevo hombre lampiño", cuando los vellos del cuerpo masculino son un signo irremediable de testosterona y virilidad, diseccionábamos las debilidades de una cultura que rinde culto a la juventud como valor summa cum laude, y citábamos casos que confirman como en Europa una mujer a los cuarenta años estaba en su mejor momento personal y laboral. En fin, hablamos mucho…
Poco a poco la conversación se fue tornando cada vez menos argumentativa, abstracta y teórica para volverse puntual y específica. Una de las chicas que aguardaba silenciosa sentada a mi derecha confesó ser cosmetóloga y atender casos patéticos de mujeres negadas a sobrellevar los designios del tiempo con dignidad. A mí se me disparó el chip que me coloca en un santiamén de espaldas a todo argumento a favor de la belleza natural. Creo que la chica intuyó mi debilidad porque se me acercó y me dijo al oído: "Tengo muchas pacientes que se inyectan no sólo la boca sino también los labios de la vagina para que su sexo luzca más rozagante y joven". "¿En serio?", pregunté entre escandalizada y fascinada. La conversación empezaba a tornarse morbosa y… ¿a quién no le gusta el pecaminoso amarillismo de un dato tan bizarro? En instantes, el rumbo de la conversa empezó a dar vueltas de canela.

Desde el otro extremo de la mesa un colega -que tiene más de cuarenta y luce de treinta- comentó que había llegado al país la primera auténtica y verdadera máquina láser al servicio de la estética, y que los resultados eran asombrosos porque los había visto con sus propios ojos. "Te puedes quitar esos incómodos vellos, tipo hombre lobo, que con la edad te salen en las orejas en diez minutos, sin marcas ni cicatrices y con la garantía de verlos desaparecer para siempre". "¡Guao!", pensé, "siempre he querido depilarme con láser la línea del bikini". Todos queríamos saber más, y el mismo comensal que diez minutos antes había renegado de toda práctica estética orientada a modificar su coctel genético natural tomó sin demora los datos del médico en cuestión y llamó a su esposa para contarle entusiasta la feliz novedad.
La cirugía estética representa importantes triunfos para la medicina moderna, y para colmo, te ofrece la opción de salvarte de tus complejos, de entregarte a tus caprichos y de ahorrarte dinero en aburridas terapias psiquiátricas. Sin embargo, los tratamientos estéticos drásticos y transformadores también pueden convertirte en un clon, en una muñeca inexpresiva y acartonada, si abusas de ellos y para colmo tienes el alma extraviada. Sin notarlo, puedes llegar a transformar tu apariencia convirtiendo tu cuerpo en un envase con demasiados remiendos. Aunque me considero una mujer sensata y sensible -y perdonen la falta de humildad-, soy tan proclive a la demencia esteticista que no le temo al dolor físico con tal de lograr los resultados que anhelo. Con la ambición de convertirme en la mujer que sueño ser, soy capaz de enredarme en múltiples transmutaciones bisturí, láser, bótox, ácido hialurónico o electricidad.

Aquel día, en aquel almuerzo, empezamos defendiéndonos del irremediable fascismo estético al que vivimos expuestos, pero como suele ocurrir, todos terminamos confesándonos proclives al deseo de arder en la hoguera de las vanidades. l

tofano@hotmail.com

 
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