En la Universidad Metropolitana, La Urbina |
RAFAEL ARRÁIZ LUCCA
Presidente de la Fundación para la Cultura Urbana y miembro de la Academia Venezolana de la Lengua, ve la ciudad en el ensayo, en la crónica y, sobre todo, en la poesía Por Johan M. Ramírez
Foto: Natalia Brand
"Caracas no es una jungla de concreto"
Rafael Arráiz Lucca no sabe exactamente cuántos libros ha escrito en su vida. Unos 30, calcula con modestia a vuelo de pájaro. Además de ser Miembro de Número de la Academia Venezolana de la Lengua, y también de la de Gastronomía, es poeta, ensayista, articulista, cronista y, actualmente, presidente de la Fundación para la Cultura Urbana. Ha escrito, o descrito, esta ciudad desde casi todos los géneros posibles, aunque, asegura, donde mejor capta su esencia es en la poesía. Ahora, lector empedernido, anhela dejar de manejar y subir a diario a un autobús, para dedicar esas dos horas de tráfico a su placer infinito: la lectura. "¿Te imaginas? ¡Dos horas ganadas para leer todos los días! ¡Qué maravilla!", se emociona.
En su imaginario conviven dos ciudades: la de su niñez y la de su adultez. La primera comenzaba y terminaba en el Callejón Machado de El Paraíso, allí estaba su mundo entero, su microcosmos. "Esa calle honraba el nombre de la urbanización -cuenta-, aquello era un Paraíso. Es que todos en la cuadra éramos amigos, jugábamos, patinábamos, teníamos carruchas y bicicletas. Esa era la vida".
| "Uno necesita ir a un juego en el Universitario, sentir esa emoción y ser bañado de cerveza. Ésa es la forma de saber en qué ciudad estás viviendo" |
Y así disfrutó la ciudad provinciana de la solidaridad y el respeto. "De esa urbe rescato la combinatoria, el encuentro con gente de muchas procedencias. Al lado de nuestra casa había una pensión donde vivían maracuchos, andinos, orientales, puros muchachos que venían del interior a estudiar. Era como tener un pedacito del país", recuerda.
Luego la capital fue creciendo, y él también creció con ella. Como hombre de las letras admite que no es fácil vincular a Caracas con la poesía. Por eso, siempre atento al llamado de la inspiración, la escucha y escribe cada vez que ésta le toca la puerta, pero jamás fuerza esa voz interior que le dicta poemas ni mucho menos toma el oficio como un ejercicio rutinario.
A sus 50 años, se declara incapaz de vivir del otro lado del Guaire, al Norte de la ciudad, digámoslo mejor. "Yo he pasado la vida en el Sur, viendo El Ávila, y jamás podría negarme esa visión de ahora en adelante", afirma. Es que éste ocupa, citando sus palabras, el primer lugar en el mapa de sus devociones caraqueñas.
Con el tiempo ha desmentido un par de supuestos: "Esto no es una jungla de concreto. Al contrario, es un lugar sembrado de árboles. Segundo, es falso que seamos una ciudad gigante. Somos pequeñitos, igual que Quito o Montevideo".
Arráiz Lucca tiene muchas memorias, imágenes y lugares entrañables en esta capital, pero sólo un atardecer privilegiado. "En los ochenta trabajé en la Galería de Arte Nacional. Era feliz atravesando a diario aquel patio sereno, su grama bien cortada, la pileta y el solitario árbol japonés… ¡Qué precioso! ¡Cuánto disfrutaba las puestas del sol en ese lugar!".
Y asimismo destaca una experiencia absolutamente urbana, indispensable para todo el que se precie caraqueño: el estadio. "Uno necesita ir a un juego en el Universitario, sentir esa emoción y ser bañado de cerveza. Ésa es la forma de saber en qué ciudad estás viviendo", apunta.
Por lo demás se sabe partícipe de las dos grandes obras colectivas que por naturaleza y obligación han de cumplir todos los hombres, los dos frutos ineludiblemente comunitarios (y ambos le atañen por vocación y oficio de vida): el lenguaje, por un lado, y, por el otro, el asiento de la propia vida social, la ciudad. "Una urbe no es el resultado de dos o tres personas, sino el de generaciones enteras. Y aquí estamos nosotros; todos hacemos Caracas", concluye.
johan_ramirez3@hotmail.com
Asistente de fotografía: Anita Carli
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