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Una circunstancia pasajera ha reunido al azar a cinco mujeres de generaciones distintas en un mismo espacio. La inesperada estancia se desarrolla en una ciudad tapizada de sol y a medio camino entre lo cosmopolita y lo aldeano. Se ven obligadas, pues, a instalarse sólo con el instrumental básico en esa porción de la urbe que transita el lastimoso forcejeo entre el neón, los grandes centros industriales, la abundancia metálica y el canto de los pájaros, el olor a fruto recién caído del árbol, el pasado apegado a la tierra. Bajo ese resguardo paradójico y cálido ofrecido por aquella casa valenciana, una mujer duerme, una mujer plancha, una mujer habla, una mujer reza, una mujer escribe.
El tiempo transcurre quedamente. Los quehaceres fluyen sin tropiezos. Sólo hay esporádicos traqueteos de helicópteros o avionetas lejanas, el llanto repentino de un niño, la melodía borrosa de una canción que se pierde en la distancia.
Una mujer duerme. Recompone un equilibrio físico súbitamente perdido. Resignada se entrega al sosiego del que bullen imágenes de un pasado no muy reciente: una hija salvada de caer al vacío, otra hija reencontrada en el estacionamiento de un parque, otra hija rescatada de una engañosa enfermedad. Indicios de un restablecimiento seguro bajo el amparo de seres que tanto lejos como cerca la cuidan y animan. Su nombre es símbolo de transmutación, de conversión de un estado a otro. Violeta alquímica y hechicera.
Una mujer plancha. Repasa los pliegues de una vida que no ha podido tomar el curso de lo anhelado. Intenta rectificar dobleces, colocar en su sitio bordes y solapas desaliñadas. Alisar ruedos que tercamente escapan a su voluntad de enderezar entuertos. Humedece telas al tiempo que continúa su labor paciente de mantener a dos hijos pequeños que se encuentran lejos, que ya no la reconocen, que muestran indiferencia ante su presencia. Será volver y remendar lo deshilachado. Recomenzar la crianza. Zurcir lo roto. Su nombre suena a tejido. Mabel, artesana y costurera.
Una mujer habla. Pregunta con astucia, afirma con ingenio, repiquetea. Acompaña a su perfil un nerviosismo alegre, asido a una vitalidad inmediata, casi gratuita. Su nombre recuerda aquel largo epíteto con el que Alfredo Bryce Echenique llamara a una de sus musas: “Doña Inés del alma mía, luz de donde el sol la toma”. Luz que no se aplaca frente al descuido y que no olvida, que lucha y reclama con vehemencia, que se aviva en rabia al ver una injusticia y celebra gozosa la ventura. Que salpica ruidosamente una conversa con el empuje de su risa amena.
Una mujer reza. Intenta aliviar la culpa milenaria de haber nacido bajo el sino de la Eva de la cristiandad. Cualquier acto que realice puede ser un pecado; cualquier palabra dicha, una blasfemia. La redención de Dios se invoca y se acepta como un castigo lacerante, merecido. Ora incansablemente para liberarse del desatino de haber nacido hembra, por tanto, seductora. Carmen, su nombre, significa jardín, canción, poesía plena. Como aquellos poemas que declamara orgullosamente desde la tribuna de la escuela donde fue maestra y que engendró hijos, nietos y bisnietos que le prodigan amor desde distintos puntos del planeta.
Una mujer escribe sobre las mujeres que la rodean. Registra diligentemente el devenir fugaz que las acecha. Quiere dejar el testimonio de un tiempo contrahecho y fragmentario, con la particular pulsión de estas latitudes. Tiempo superpuesto, latiendo simultáneamente en cada una de ellas, multiplicando y diversificando estos viejos quehaceres en otros realizados por tantas otras mujeres que cocinan, dibujan, curan, enseñan, acunan, vuelan, enhebran recuerdos, discuten ideas, dan soluciones, exigen respeto y, sobre todo, siembran. Todo ello en una ronda festiva formada por desobediencias, sumisiones, tristezas, retos, enfrentamientos y triunfos que las mantienen en un estado de eterna transformación. Cada una de ellas, a su manera, hace uso de su libertad en un tiempo lleno de contradicciones.
Una mujer escribe vorazmente y entrelaza realidades, tal vez más conectadas de lo que ella a simple vista advierte. Y es que la vida duerme, plancha, habla, reza y escribe todos los días con ellas. l
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