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Historias de carnaval
Todo tiempo pasado
fue mejor

Si algo se evidencia al revisar las páginas que narran las glorias de nuestros carnavales, es ese  sentimiento de nostalgia por tiempos que no volverán. Aunque las antipáticas comparaciones no son de ahora. Lea y vea aquí cómo es que desde siempre los venezolanos han volteado su mirada hacia fiestas de anteayer que nunca fueron superadas por las de ayer, y así sucesivamente...  María Elisa Espinosa/María de los Angeles Herrera

Sólo don Arístides Rojas se atrevió en su momento a desafiar la máxima según la cual (en lo que respecta al carnaval y otros menesteres) todo tiempo pasado fue mejor. Y lo hizo precisamente cuando escribía —por allá por el año 1890 en sus Crónicas de Caracas— las diferencias entre dos tipos de carnaval: el antiguo, que era puramente “acuático, alevoso, demagogo, siempre grosero e infamante”; y el carnaval moderno “lleno de aire y perfume de las flores, artístico, espontáneo, honrado y republicano”.       

Del viejo carnaval  llegó a decir que por su culpa “Caracas tenía que cerrar sus puertas y ventanas, la autoridad las fuentes públicas y la familia que esconderse para evitar ser víctima de la turba invasora”. Cosa muy distinta a las palabras que le dedicó al nuevo carnaval caraqueño, más concretamente aquel que según sus cuentas se conoció a partir de 1878, año en el que Antonio Guzmán Blanco le dio paso (aunque por un período muy breve) al general Francisco Linares Alcántara, comenzando así en Caracas y otros puntos del país la era de las fastuosas fiestas del rey Momo con esos aires cosmopolitas y parisinos legados por “El Ilustre Americano”.

De resto, la historia es como se conoce: nadie en su buen juicio se atreverá a mirar al pasado y asegurar que los carnavales de hoy no tienen nada que pedirle a los de antes, refiriéndose en este caso a los de las postrimerías del siglo XIX y, muy particularmente, a los que se celebraron en el siglo XX desde la década de los treinta, sin olvidar los de los cuarenta y muchísimo menos los de los cincuenta con sus espectaculares fiestas y elecciones de reinas en tiempos de Marcos Pérez Jiménez.

Muy por el contrario, en un ejercicio de honestidad ¡y sana envidia!, los venezolanos podrán coincidir en que los desfiles, comparsas y disfraces otrora siempre fueron más lucidos que los que toca vestir ahora.

Comparación antipática, es verdad. Pero, ¿para qué negarlo?

Según cuenta su hija Cristina, el Benemérito disfrutaba mucho los carnavales en Maracay

Desde el jardín. En un Maracay tan distinto al de antaño, Cristina Gómez apunta hoy la mirada hacia los carnavales de una juventud disfrutada con jerarquía presidencial, siendo una de las hijas de Juan Vicente Gómez. Corría el año 1933, y lo recuerda con una precisión y lucidez que se pensaría imposible   —ella es ejemplo vivo de que sí se puede— en alguien con nueve décadas de edad cumplidas. Para entonces, justo antes de casarse, sus inquietudes se parecían mucho a las del resto de las damitas de la ciudad. “Entre ellas las Nouel, las Arráiz, las Uribe... todas juntas compartíamos carrozas. Eso era bellísimo, con muy buen gusto, mucho color y bastante orden. Nadie hace hoy una fiesta como aquellas. Recorríamos las principales avenidas de Maracay, pero papá siempre nos mandaba a pasar también por las partes bajas, donde estaba la gente pobre, para que así les lanzáramos a los muchachitos pistolitas, muñequitas y un montón de caramelos. De allí seguíamos a la plaza Bolívar, y en la noche tocaban los bailes en el hotel Jardín, donde está la Casa de Gobierno ahora. Para allá íbamos vestidas de gala siempre, pero la última noche tocaba con disfraces. Recuerdo muy bien uno de española, era una belleza. Estos disfraces nos los hacía Rebeca Lemus en Caracas y los llevaba a Maracay cuando estaban listos. Nos venía a medir a todas, ella era muy de la casa”, relata con nostalgia y sigue: “Papá, en cambio, siempre iba de militar aunque le fascinaban los carnavales. Se paraba en el balcón para ver pasar a todo el mundo, lo que hacía era reírse y aplaudir. Mamá tampoco se disfrazaba, las señoras nunca lo hacían. En mi caso me disfracé siempre hasta que me casé. Tenía dos trajes de española, otro de los que llaman ‘de fantasía’ y no sé cuántos más. Pero todos me los robaron luego de que papá murió, en diciembre del 35”.

Emblemática fue la imagen de Susana Duijm en las fiestas de 1956,
a un año de haberse convertido en la primera
Miss Mundo venezolana


Ya en 1866 se quejaban. En una suerte de Correo del Pueblo para dar tribuna a la ciudadanía, El Federalista transcribía en su número 747 —con el título Carnestolendas— las palabras de un muy molesto Benigno Goya, a propósito de la inminente llegada del carnaval y la muy odiosa tradición de la guerra de agua: “Se acercan esos olvidados días en que toda persona que se estime tiene que privarse de salir a la calle, en atención a que, según parece, nuestros abuelos acordaron que en el año debían tratarse las personas con consideración durante trescientos sesenta y dos días, y los restantes faltarse el respeto, lo cual no es muy apetecible; según el decir de muchos, las palabras ‘carnes tollendas’ (carnes quitadas) quieren decir abuso; esto es, echarle agua a toda persona que se encuentre fuera de su casa; porque, según ellos, ‘son días de eso’; mas como se ve, las mencionadas palabras latinas no autorizan a tanto; y desearíamos que el ciudadano Prefecto aboliese, o por lo menos restringiese en la capital ese abuso que impropiamente se llama juego, y que, bien mirado, no es otra cosa que una fuente de desórdenes y delitos”. Como se ve, la queja no es de ahora.
Burriquitas bravías. Bastante lo contó Carlos Eduardo Misle en sus crónicas de siempre. Definitivamente, otros aires carnavalescos se respiraban en el pasado en ciudades como Maracay, Puerto Cabello, Valencia y Maracaibo, pero sobre todo Caracas. No olvidó Caremis, por ejemplo, advertir que para ser burriquita (una tradición bien arraigada en las fiestas de los años cincuenta y más atrás, tanto en la capital como en el interior del país) “se necesita ser muy macho y muy criollo, además de tener muy buenas piernas, muchos riñones y un hígado excepcional”. También escribió sobre el disfraz de Cantinflas, que para 1954 no dejaba mal parado a nadie en las barriadas caraqueñas; así como muchos otros (como los de negrita, dominó y gitanas) que lucían niños, jóvenes y adultos en los más prestigiosos clubes de la época, como el Monagas, el Paraíso y el Casa Blanca, o salones de baile como el del desaparecido hotel Majestic.
Negritas únicas. Por largo tiempo su fama estuvo a prueba de todo superhéroe o heroína que se les atravesara en el camino. Las muy bien ponderadas negritas caraqueñas dieron pie, ¡y cuándo no!, a más de un pícaro comentario. Particularmente, Luis Rafael Viso, en sus crónicas del Suplemento El Nacional del carnaval de 1965 las retrató de esta manera: “... Con sus monos negros muy ceñidos, sobre los cuales colocan a veces prendas de ropa íntima, entran corriendo, gritando, agarrando hombres, cimbreando el cuerpo o sencillamente revolcándose, las muy famosas negritas que, por esta época del año, pululan por todos los centros nocturnos de diversión... Flacas, gordas, proporcionadas, viejas y jóvenes, se embriagan con sus elegidos para iniciar un entretenido ritual de amor pasional contra la pared más cercana. Luego, entre sudores y vapores, pasan justo a la pista de baile, donde se dedican a hacer lo mismo, pero con música y más tragos”.

“Este principe oriental
—aunque no del renaciente carnaval
de Carúpano sino
del sobreviviente carnaval
de Caracas de 1934—
es nada menos que el famoso
cardiólogo y no menos
célebre pescador de altura
Dr. Rubén Centeno Grau,
condisípulo de Caremis en
el colegio La Salle”.
    — Carlos Eduardo Misle 


Alicia Pietri de Caldera, entonces una niña de la capital,
vistió de trébol para una fiesta infantil del Club Paraíso


Erase una vez el rey Scotto. Recién llegado a Venezuela, a mediados del siglo pasado, el hoy recordado fotógrafo Luigi Scotto escogió el disfraz de Rey Momo para las fiestas de ese año. Inocente como el que más, y confiado en que aquí se celebraría un Carnaval a la altura de los de Biarritz, salió a la calle de lo más trajeado. Hasta que ¡zuás!, su vistoso vestido quedó convertido en sopa y uno de sus ojos también sufrió el estallido de un huevo en mal estado. Suficiente como para entender que de allí en adelante se deslizaría por los techos caraqueños con sus pantalones arremangados y un gigantesco balde con agua a la caza de algún desprevenido transeúnte.

El día que llovió azúcar. Así lo narraba la Tribuna Liberal el 6 de mayo de 1878, refiriéndose a los carnavales de ese año: “Por todas partes se     veían depósitos de grageas, confites, papelillos, flores y otros proyectiles; pero merece especial mención el grande arsenal de la confitería Seminario. Este caballero, llevado no del espíritu del lucro, sino de su amor por Venezuela… preparó inmensa cantidad de elementos de Carnaval y continuó por tres días y tres noches fabricando más y más, a la cabeza de 30 operarios que no descansaban un instante. Allí se surtían todos los carruajes de la carrera, y no se agotaba el repuesto; y entre tanto las damas aguardaban el despacho, el mismo Seminario en persona les arrojaba oleadas de grageas desde el balcón… El último día, valióse de palas para arrojar las grageas sobre los carruajes, de modo que era un peligro y a la vez una necesidad arribar a aquel foco, de donde llovía, como diluvio de granizo, el proyectil azucarado; llenaba los coches, abrumaba a los transeúntes y alfombraba el suelo con gruesísimas capas de confitura”.

¡En los Andes fue la cosa! Según cuentan las páginas de la historia reciente, durante la segunda mitad del siglo XX el actor Hugo Monte tuvo el tino de instalar un negocio de alquiler de trajes para teatro, ópera y zarzuela en el piso seis del edificio Los Andes, al comienzo del hoy bulevar de Sabana Grande. La tradición establecida por el artista tuvo un segundo aliento —por allá por los años ochenta— de manos de Antonio Ruiz y Nelson Reyes, quienes siguieron alquilando los disfraces a un precio de 180 bolívares e igual cantidad que debía dejarse en calidad de depósito. Más que una tienda, lucía como un gran camerino en el que todos querían ver hecho realidad su sueño de vestirse de la Viuda Alegre, de Pierrot, de húsar o de colombina.

 

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- Las voces de Maruja Muci

 
 
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