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Complejo de Superman

La mente de este muchacho albergaba delirios de grandeza. Max Haines

Lee Andrews provenia de un pequeño pueblo de Kansas, donde vivía con sus padres y su hermana Jenny. Desde el principio siempre fue diferente. Cuando era un bebé ya podía decir palabras. En la escuela era el encargado de su clase todos los años. Cuando se le hizo el test probó tener un coeficiente intelectual de la categoría de genio.

A todo el mundo le gustaba Lee. Se llevaba muy bien con sus padres y sus compañeros de instituto pensaban que era un gran tipo. Según pasaban los años de instituto, Lee seguía creciendo y ganando peso. Para cuando ingresó en la universidad de Kansas, medía alrededor de un metro ochenta y pesaba unos 170 kilos. Como muchos hombres grandes, Lee tenía un alma gentil. Iba regularmente a la iglesia, siendo un asiduo los domingos junto a sus padres y hermana.

Lee tuvo una transición tranquila entre el instituto y la universidad. Su primer año académico universitario fue todo un éxito.

En cuestión de días los psiquiatras dijeron que el mismo Lee Andrews tenía un complejo de superioridad. Se sentía superior al resto de sus iguales humanos. Las leyes y reglas eran sólo para los terrestres. El estaba por encima de las leyes del hombre. Era Superman. En las profundidades de su mente privada de niño tenía ideas de grandeza. Soñaba con convertirse en millonario, poseer todo aquello que su mente deseara, coches, vacaciones, ropa. Ese era el único objetivo de Lee Andrews en la vida.

Cuando la casa de los Andrews fue saqueada nació el germen de un plan diabólico en la mente de Lee. Mataría a toda su familia para así quedarse con todo. Un robo falso engañaría a los policías idiotas, pensó. Veamos, los padres tenían un par de miles de dólares en el banco, la casa y terreno estaban valorados en unos 60.000 dólares. Sería un inicio hacia los millones.

Durante las vacaciones de Acción de Gracias de la universidad del año 1958, Lee decidió actuar. Poseía un rifle de calibre 22 que había usado en su infancia para matar ardillas. El jueves 27 de noviembre Lee estaba mirando por la ventana de su casa cuando vio una entrega de la panadería y el conductor de la tienda que se acercaba en un auto a la puerta de la casa. No hacia falta que entregara el pan. Mañana todo el mundo estaría muerto. Lee corrió hacia la puerta y le comunicó al contrariado empleado que en ese fin de semana en particular no iban a necesitar pan.

La familia Andrews celebró el día de Acción de Gracias. Después de la cena, la familia ayudó a la señora Andrews a lavar y secar los platos. Lee se excusó. Se fue a su cuarto y cargó el rifle automático de calibre 22. También comprobó que su revólver Luger estaba preparado. Silenciosamente empujó la mosquitera de la ventana de su cuarto. Abrió los cajones de su mueble. Ahora ya estaba preparado para cometer el asesinato perfecto. La familia se encontraba en la sala de estar. Nadie miró para ver que Lee estaba apuntando con un rifle.

Cuatro balas tiraron a la señora Andrews al suelo. Jenny se dio la vuelta. Tres balas entraron en su cuerpo, una directamente en el centro de su frente. También cayó muerta.

El señor Andrews se las apañó para ponerse de pie. Lee disparó, pero su padre no cayó. Se tambaleó hacia la puerta. Lee recargó el arma y disparó más balas en el ya inmóvil cuerpo de su padre. Más tarde se contaron hasta 17 disparos en el cuerpo del señor Andrews.

Lee condujo el Chevy nuevo de su padre hasta el río Kaw y tiró el arma del asesinato. Condujo a Lawrence, donde vivía mientras estaba en la Universidad de Kansas. Le dijo a su casera que necesitaba su máquina de escribir para hacer un trabajo durante el fin de semana. Casualmente mencionó que debido a las carreteras heladas le había llevado el doble de tiempo conducir desde su casa a Lawrence.

Lee se quedó hablando con sus amigos, asegurándose de mencionar el pésimo clima. Fue a ver una película en el Teatro Granada de Lawrence. Daban la película Mardi Gras. Recordó el argumento para estar preparado cuando los estúpidos policías le preguntaran.

De camino a casa, Lee paró a echar gasolina, pidió un recibo y habló con el empleado de la gasolinera sobre la inclemencia del tiempo. Alrededor de la una de la madrugada condujo a casa, encontró a su familia asesinada y llamó a la policía. Se sentó silenciosamente, aguantándose la risa mientras los detectives examinaban la escena del crimen. Pronto se volvieron al único miembro de la familia vivo. Lee sugirió que los ladrones debían haber entrado en la casa y matado a su familia mientras él estaba viendo la película en Lawrence. La policía parecía tan inepta. El tuvo que llevarles hasta su habitación y mostrarles la mosquitera sacada de la ventana.

¿Quién era este niño grande que no echaba una sola lágrima por la muerte de sus padres  y hermana? Cuando los ladrones entraron a la casa debieron empujar la mosquitera, pero no la pusieron de vuelta bien. Los cajones del mueble estaban abiertos, pero la ropa de Lee estaba colocada ordenadamente en montones. Los ladrones son conocidos por dejar todo arrasado, pero esos cajones parecían no haber sido tocados.

Los detectives se volvieron a Lee. ¿Dónde había estado toda la noche? Simple, sonrió Lee. Había ido a Lawrence a buscar su máquina de escribir. De hecho, aquí está.
Había ido al cine a ver la película Mardi Gras, en el Granada. Justo tenía el boleto en su bolsillo. De camino a casa había parado en una gasolinera para echar gasolina. Lee sacó la factura de su bolsillo.

Los detectives estaban seguros que Lee Andrews había matado a su familia. Los investigadores rápidamente chequearon la coartada fabricada de Lee e inmediatamente expusieron sus fallos obvios. Decidieron confrontar al chico con sus sospechas. Lee declaró su inocencia.

El Reverendo V.C. Dameron, que estaba devastado por haber perdido a su mejor amigo, el padre de Lee, fue llamado para hablar con Lee. Al poco tiempo el chico genio confesó. Le dijo al ministro de su deseo de convertirse en millonario. Le explicó que no tenía remordimiento alguno por haber matado a su familia, pero insistió que había sido todo una cosa espontánea.

Para probar su alevosía los detectives aparecieron con el panadero, al cual el día anterior se le había avisado que no dejara nada de pan para las festividades.

Lee se declaró inocente alegando locura. Sin embargo, se le encontró legalmente cuerdo y culpable. Lee Andrews fue sentenciado a muerte. Estuvo durante cuatro años esperando que su sentencia se llevara a cabo mientras apelaba en la corte repetidas veces.

La noche del 30 de noviembre de 1962, acompañado por el Reverendo James Post, el capellán de la prisión, Lee Andrews subió los 13 escalones que le conducían a la horca. Este extraño muchacho, que había mostrado ser una gran promesa, nunca pronunció una sola palabra de remordimiento por haber aniquilado a toda su familia. En el último momento se le preguntó si tenía algo que decir. Replicó inmediatamente: “No, creo que no”. l

Ilustraciones: David Márquez

 
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