- Los talentos de Catherine Zeta-Jones
- El monitor se pasea por la música
- Los Soprano, la mafia regresó
 CRONICA
- Cuestión de pava
- Osho, el fenómeno
- La estilizada mirada de Herb Ritts
- La nueva vida de Chelsea Clinton
BELLEZA
- Maquillaje natural
SALUD
- Alimentos que combaten el dolor
PSICOLOGIA
- Adiós a las adicciones
COCINA
- Maravillosos champiñones
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
 

Adios a las adicciones
Fabiana Fondevilla
En esta nota, especialistas de distintos órdenes cuentan los mejores métodos para ayudar a una persona a ganar esta dura batalla contra sí misma

"No paras, estás ciega, no existe nada para disfrutar, todo es tonto, todo es una estupidez, nada tiene sentido". Esto dice Luz, de 27 años, melena rojiza, pecas, sonrisa de niña, y cuesta imaginarlo. Pero así se sentía hace sólo unos meses, cuando dedicaba sus horas a esquivar familia y obligaciones para poder pasar más tiempo con su novio, su adicción a la pasta básica de cocaína y sus desvelos.
Luz se acercó a las drogas por acompañar a su novio en ese vértigo secreto, pero el nuevo hobby pronto pasó de experimentación o pasatiempo a comerse su vida entera. Dejó su trabajo en una empresa telefónica, abandonó una a una las clases de análisis de sistemas en la facultad, y se recluyó en su departamento. Perfeccionó el arte de la doble vida y se armó una cara presentable para amigos, familia y quien quisiera mirar. Pero eso también al tiempo cayó: sus hermanos y sus amigas la veían trastocada, se alarmaron, y le pidieron que buscara ayuda. Al principio les huyó. "Cuando estás tan mal, un intento de ayuda te parece un ataque", explica. Pero por fin la convencieron, y se internó en una entidad privada que sus hermanos seleccionaron.
La historia de Luz, destierra un mito cada vez más cuestionado: la creencia de que una persona sólo se puede recuperar si toma la decisión por sí misma y tiene motivación suficiente. La motivación, dicen hoy los especialistas, también puede venir de afuera, al menos en un principio. Su relato también afirma otro pilar del nuevo enfoque hacia las adicciones: es muy difícil que alguien supere el problema sin contar con una red de apoyo familiar o social: los tratamientos de vanguardia se apoyan menos en pastillas y paliativos que en la fuerza de una mano amiga.
Su primer mes interna le pareció a Luz el mismísimo infierno. "Convives con gente que no conoces, compartiendo cuarto y baño, con tareas asignadas, no puedes salir para nada. Acabas de dejar todo lo que era tu vida y no sabes hacia dónde vas. Literalmente pones tu vida en las manos de otro", dice. Pero Luz suena igual de enfática cuando resopla y dice: "Van cinco meses y medio, ni yo lo puedo creer. Me pone muy orgullosa haber podido pasar por todo esto. Si me hubieran dicho que me tenía que quedar tanto tiempo, me hubiera ido. Pero ahora no me importa tanto si es un mes más o un mes menos: esto es para mí, para toda la vida".
En esa continuidad encuentran los especialistas otra de las claves del éxito. "La etapa clave es la de la resocialización, y esa etapa lleva tiempo", explica Carlos Souza, presidente de una fundación argentina especializada en adictos. "Muchos tratamientos fracasan porque se dan por concluidos cuando la persona deja de consumir, y entonces cuando vuelve a su entorno, recae". Si bien las obras sociales tienen obligación de cubrir tratamientos por drogadependencia o alcoholismo, no suelen contemplar el tiempo que requiere la "resocialización" (de seis meses a un año), que cimenta las conductas aprendidas.

El centro que Souza preside forma parte de un movimiento mundial en el tratamiento de las adicciones conocido como "comunidades terapéuticas", que se basa en una convivencia armoniosa y altamente pautada, con un objetivo reeducativo. El primer mes se dedica a la desintoxicación, y se prohíbe todo contacto con el mundo exterior. A medida que las personas van recuperando sus habilidades se les incorpora a una rutina que incluye tareas domésticas, deportes, actividades culturales y terapia, mucha terapia. "Incluimos a las familias desde el primer día, esto es clave -dice Souza-. No queremos crear una nueva dependencia; somos sólo una transición en la vida de las personas. El objetivo es desarrollar las habilidades de cada uno, especialmente la responsabilidad".
Pero más allá de cada adicción particular, ¿existe una "personalidad adictiva"? Los especialistas distinguen algunos rasgos comunes a toda persona de conductas compulsivas: dificultad para tolerar la frustración, impulsividad, baja autoestima por tener expectativas desmedidas de sí mismas y un vacío emocional que se intenta encubrir.
Llamativamente, o no tanto, muchas de estas cualidades coinciden con el estilo de vida propio de las sociedades modernas, tan engolosinadas con el logro de la satisfacción inmediata. Los psicólogos coinciden en que la tolerancia a la frustración es como un músculo que es necesario desarrollar a través de las pautas y los límites. Cuando el músculo es débil, la frustración se presenta como un estado de desánimo, aridez y sinsentido, que si bien no llega a la depresión, resulta muy difícil tolerar. Ahí entran en escena no sólo las adicciones más peligrosas sino también las legales o sociales: el alcohol (que hoy tiene más incidencia que las drogas y es, además, el camino iniciático), los estimulantes alimentarios (café, chocolate, azúcares), y las llamadas genéricamente "adicciones procesuales" (el juego, el sexo, la compulsión por comprar, trabajar, las altas velocidades, y otras aparentemente más inocuas como la televisión). Ninguna de estas actividades es dañina en sí misma: el peligro aparece cuando se les usa para llenar vacíos y pasan a gobernarlo todo. ¿Cómo saber cuándo una conducta se volvió adictiva? Cuando se pierde el registro del propio bienestar: se consume el objeto de la adicción aunque el cuerpo pida lo contrario. La psicóloga Cecile Rausch Herscovici, especialista en trastornos alimentarios, agrega: "Cuando la necesidad por esa sustancia tiñe toda la existencia, y el bienestar de cada día depende de ello".
Pero si todos se encuentran expuestos por igual a los estímulos de la publicidad, la carrera consumista y el estrés, ¿por qué sólo algunos caen en la adicción? Carlos Souza distingue tres factores que deben coincidir: una personalidad inestable, con necesidad de afirmar la identidad (típica de la adolescencia), un contexto inestable (al menos en ese momento) y el contacto con la sustancia.
Tradicionalmente, se asociaba la adicción a un tipo determinado de familia (con dificultad para poner límites, gran aislamiento y desamparo), pero cada vez más se considera que el peso del entorno puede ser tal que aparezca este problema aun en la familia mejor constituida. Gastón Mazieres, que codirige la Fundación Proyecto Cambio con Susana Barilari (en Argentina), subraya que lo último que hay que hacer es culpar a las familias: "Las familias son nuestro principal aliado para lograr el cambio. Es un mito eso de que sólo puede tener éxito un tratamiento si el propio adicto lo busca; lo principal es que el tratamiento comience. Mientras alguien está consumiendo no está en condiciones de saber qué es lo que le conviene". Para la Fundación Proyecto Cambio, que ofrece un tratamiento ambulatorio, "la condición para empezar el tratamiento es que haya red social. Alcanza con un amigo, un tío, un abuelo, pero alguien tiene que acompañar. Siempre nos sorprendemos de cómo responde el entorno cuando se le pide ayuda: amigos que estaban distanciados reaparecen, se acercan novias y novios, hermanos. Por eso tenemos un grupo de apoyo específico para cada uno. Para los que luchan contra una adicción, ver todo ese apoyo es casi mágico: les levanta la autoestima y les da ánimo para salir", dice.
Proyecto Cambio ofrece también talleres de teatro y música y exige que todos se comprometan a trabajar o estudiar seis horas por día. Según Mazieres, la drogadicción no es una enfermedad mental sino social, y no es bueno que se use la "enfermedad" como excusa para tolerar conductas abusivas con el entorno o la familia. "Lo primero es sentar pautas de respeto y buen trato; la violencia suele venir de la mano de la adicción, y es igual de grave".
Luz resume el camino de vuelta, y en seguida se sonroja por "la obviedad": "Yo buscaba en las drogas 'emociones fuertes'. Y ahora encuentro emoción en cosas de todos los días: en ver salir el sol, en aceptarme un poquito más con mis defectos. Y, sobre todo, en no tener que drogarme más".
Clarín

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso