|
Adios
a las adicciones
Fabiana Fondevilla
En esta nota, especialistas de distintos
órdenes cuentan los mejores métodos para ayudar a
una persona a ganar esta dura batalla contra sí misma
"No paras, estás ciega,
no existe nada para disfrutar, todo es tonto, todo es una estupidez,
nada tiene sentido". Esto dice Luz, de 27 años, melena
rojiza, pecas, sonrisa de niña, y cuesta imaginarlo. Pero
así se sentía hace sólo unos meses, cuando
dedicaba sus horas a esquivar familia y obligaciones para poder
pasar más tiempo con su novio, su adicción a la pasta
básica de cocaína y sus desvelos.
Luz se acercó a las drogas por acompañar a su novio
en ese vértigo secreto, pero el nuevo hobby pronto pasó
de experimentación o pasatiempo a comerse su vida entera.
Dejó su trabajo en una empresa telefónica, abandonó
una a una las clases de análisis de sistemas en la facultad,
y se recluyó en su departamento. Perfeccionó el arte
de la doble vida y se armó una cara presentable para amigos,
familia y quien quisiera mirar. Pero eso también al tiempo
cayó: sus hermanos y sus amigas la veían trastocada,
se alarmaron, y le pidieron que buscara ayuda. Al principio les
huyó. "Cuando estás tan mal, un intento de ayuda
te parece un ataque", explica. Pero por fin la convencieron,
y se internó en una entidad privada que sus hermanos seleccionaron.
La historia de Luz, destierra un mito cada vez más cuestionado:
la creencia de que una persona sólo se puede recuperar si
toma la decisión por sí misma y tiene motivación
suficiente. La motivación, dicen hoy los especialistas, también
puede venir de afuera, al menos en un principio. Su relato también
afirma otro pilar del nuevo enfoque hacia las adicciones: es muy
difícil que alguien supere el problema sin contar con una
red de apoyo familiar o social: los tratamientos de vanguardia se
apoyan menos en pastillas y paliativos que en la fuerza de una mano
amiga.
Su primer mes interna le pareció a Luz el mismísimo
infierno. "Convives con gente que no conoces, compartiendo
cuarto y baño, con tareas asignadas, no puedes salir para
nada. Acabas de dejar todo lo que era tu vida y no sabes hacia dónde
vas. Literalmente pones tu vida en las manos de otro", dice.
Pero Luz suena igual de enfática cuando resopla y dice: "Van
cinco meses y medio, ni yo lo puedo creer. Me pone muy orgullosa
haber podido pasar por todo esto. Si me hubieran dicho que me tenía
que quedar tanto tiempo, me hubiera ido. Pero ahora no me importa
tanto si es un mes más o un mes menos: esto es para mí,
para toda la vida".
En esa continuidad encuentran los especialistas otra de las claves
del éxito. "La etapa clave es la de la resocialización,
y esa etapa lleva tiempo", explica Carlos Souza, presidente
de una fundación argentina especializada en adictos. "Muchos
tratamientos fracasan porque se dan por concluidos cuando la persona
deja de consumir, y entonces cuando vuelve a su entorno, recae".
Si bien las obras sociales tienen obligación de cubrir tratamientos
por drogadependencia o alcoholismo, no suelen contemplar el tiempo
que requiere la "resocialización" (de seis meses
a un año), que cimenta las conductas aprendidas.
El centro que Souza preside forma parte
de un movimiento mundial en el tratamiento de las adicciones conocido
como "comunidades terapéuticas", que se basa en
una convivencia armoniosa y altamente pautada, con un objetivo reeducativo.
El primer mes se dedica a la desintoxicación, y se prohíbe
todo contacto con el mundo exterior. A medida que las personas van
recuperando sus habilidades se les incorpora a una rutina que incluye
tareas domésticas, deportes, actividades culturales y terapia,
mucha terapia. "Incluimos a las familias desde el primer día,
esto es clave -dice Souza-. No queremos crear una nueva dependencia;
somos sólo una transición en la vida de las personas.
El objetivo es desarrollar las habilidades de cada uno, especialmente
la responsabilidad".
Pero más allá de cada adicción particular,
¿existe una "personalidad adictiva"? Los especialistas
distinguen algunos rasgos comunes a toda persona de conductas compulsivas:
dificultad para tolerar la frustración, impulsividad, baja
autoestima por tener expectativas desmedidas de sí mismas
y un vacío emocional que se intenta encubrir.
Llamativamente, o no tanto, muchas de estas cualidades coinciden
con el estilo de vida propio de las sociedades modernas, tan engolosinadas
con el logro de la satisfacción inmediata. Los psicólogos
coinciden en que la tolerancia a la frustración es como un
músculo que es necesario desarrollar a través de las
pautas y los límites. Cuando el músculo es débil,
la frustración se presenta como un estado de desánimo,
aridez y sinsentido, que si bien no llega a la depresión,
resulta muy difícil tolerar. Ahí entran en escena
no sólo las adicciones más peligrosas sino también
las legales o sociales: el alcohol (que hoy tiene más incidencia
que las drogas y es, además, el camino iniciático),
los estimulantes alimentarios (café, chocolate, azúcares),
y las llamadas genéricamente "adicciones procesuales"
(el juego, el sexo, la compulsión por comprar, trabajar,
las altas velocidades, y otras aparentemente más inocuas
como la televisión). Ninguna de estas actividades es dañina
en sí misma: el peligro aparece cuando se les usa para llenar
vacíos y pasan a gobernarlo todo. ¿Cómo saber
cuándo una conducta se volvió adictiva? Cuando se
pierde el registro del propio bienestar: se consume el objeto de
la adicción aunque el cuerpo pida lo contrario. La psicóloga
Cecile Rausch Herscovici, especialista en trastornos alimentarios,
agrega: "Cuando la necesidad por esa sustancia tiñe
toda la existencia, y el bienestar de cada día depende de
ello".
Pero si todos se encuentran expuestos por igual a los estímulos
de la publicidad, la carrera consumista y el estrés, ¿por
qué sólo algunos caen en la adicción? Carlos
Souza distingue tres factores que deben coincidir: una personalidad
inestable, con necesidad de afirmar la identidad (típica
de la adolescencia), un contexto inestable (al menos en ese momento)
y el contacto con la sustancia.
Tradicionalmente, se asociaba la adicción a un tipo determinado
de familia (con dificultad para poner límites, gran aislamiento
y desamparo), pero cada vez más se considera que el peso
del entorno puede ser tal que aparezca este problema aun en la familia
mejor constituida. Gastón Mazieres, que codirige la Fundación
Proyecto Cambio con Susana Barilari (en Argentina), subraya que
lo último que hay que hacer es culpar a las familias: "Las
familias son nuestro principal aliado para lograr el cambio. Es
un mito eso de que sólo puede tener éxito un tratamiento
si el propio adicto lo busca; lo principal es que el tratamiento
comience. Mientras alguien está consumiendo no está
en condiciones de saber qué es lo que le conviene".
Para la Fundación Proyecto Cambio, que ofrece un tratamiento
ambulatorio, "la condición para empezar el tratamiento
es que haya red social. Alcanza con un amigo, un tío, un
abuelo, pero alguien tiene que acompañar. Siempre nos sorprendemos
de cómo responde el entorno cuando se le pide ayuda: amigos
que estaban distanciados reaparecen, se acercan novias y novios,
hermanos. Por eso tenemos un grupo de apoyo específico para
cada uno. Para los que luchan contra una adicción, ver todo
ese apoyo es casi mágico: les levanta la autoestima y les
da ánimo para salir", dice.
Proyecto Cambio ofrece también talleres de teatro y música
y exige que todos se comprometan a trabajar o estudiar seis horas
por día. Según Mazieres, la drogadicción no
es una enfermedad mental sino social, y no es bueno que se use la
"enfermedad" como excusa para tolerar conductas abusivas
con el entorno o la familia. "Lo primero es sentar pautas de
respeto y buen trato; la violencia suele venir de la mano de la
adicción, y es igual de grave".
Luz resume el camino de vuelta, y en seguida se sonroja por "la
obviedad": "Yo buscaba en las drogas 'emociones fuertes'.
Y ahora encuentro emoción en cosas de todos los días:
en ver salir el sol, en aceptarme un poquito más con mis
defectos. Y, sobre todo, en no tener que drogarme más".
Clarín
|