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Cuestión de pava
Mirtha Rivero

Hay seres que desde que nacen se encuentran especialmente conectados con una mala estrella. Con su sola presencia convocan la mala suerte. Carezco de argumentación científica que sustente tal afirmación, no sé porqué sucede ni qué extraña circunstancia permite que ocurra, pero he aprendido que es así. Existen criaturas que como un imán atraen disgustos y malos ratos, criaturas que gravitan en una atmósfera donde se multiplican accidentes, percances y hasta desgracias.
Por lo general (esto también lo he aprendido) suelen ser personas con rasgos característicos. Algo en su apariencia o comportamiento los hace peculiares. Puede ser un peinado, una manera de vestir o un gesto repetitivo convertido en trastorno o extravagancia, puede ser cualquier cosa, pero el caso es que en su personalidad rebuscada o su aspecto artificial parecen esconderse mensajes que avisan la fatalidad que los acompaña.
Es conocido que este tipo de gente se divide en dos categorías: personas empavadas -las que sufren los infortunios- y personas pavosas -las que irradian los infortunios-. Sin embargo, no es extraño encontrar que en una misma persona puedan converger las dos categorías. Es decir, son criaturas empavadas, que -encima- llaman a la pava.
Me viene a la memoria la historia de María I. -nombre ficticio, por supuesto, porque no hay que invocar la desventura-, una compañera de mis tiempos de estudiante universitaria sobre cuyos hombros recaían todos las contrariedades de esta tierra. María I. rondaba los veinte años pero aparentaba ser de una época muy distante. Aunque no era miembro de algún culto religioso conservador, nunca usaba pantalones o falda corta. Siempre lucía vestidos de paño grueso y puedo jurar que, a mediados de la década de los setenta, la vi con sombreros. En lo que se refiere a su personalidad, era una muchacha atarantada y extraviada que manejaba las más enrevesadas explicaciones y teorías para cualquiera de las tareas que impusieran nuestros profesores. Eran tales sus razonamientos que nunca entendí cómo era posible que estudiara en la universidad; sin embargo, allí estaba.
A ella le sucedía de todo: desaparecía de los listados de inscripción, le perdían las notas de los exámenes finales, una vez la mordió un perro y otra -el día en que realizaba una encuesta entre obreros de una construcción- le cayó un ladrillo en la cabeza. No cabía duda, la perseguía la mala suerte, y para colmo, su mala suerte era contagiosa. Por eso nadie la quería como integrante de equipos de trabajo y todos rehuíamos sentarnos a su lado en la clase práctica de técnica gráfica.
Y es que puede decirse lo que quiera, pero el temor a las malas vibraciones es universal. Hace varios años un periodista argentino me aseguró que el hombre que por aquellos días presidía el gobierno de su país -un individuo inteligente, pero estrafalario y arrogante- tenía fama de jettatore; es decir, era un tipo que atraía la mufa, que es lo que en Venezuela se conoce como la pava. En esa oportunidad, adoptando una postura de suficiencia -la misma que asume alguien para opinar de un país que no es el suyo- desestimé su comentario diciendo que cómo podía tener o atraer la mala suerte un hombre que en esos momentos se estaba promoviendo, y con bastante éxito, para la reelección. Si la gente lo consideraba jettatore, cómo se justificaba el puntaje en las encuestas.
Hoy ya no estoy tan segura como entonces. La experiencia y los hechos, en el caso de Argentina, me han hecho un poco más humilde. Hoy veo como supremamente pavoso que un mandatario quiera perpetuarse en la presidencia. ¿Qué más pava que eso? Hasta para el propio mandatario.
Hace mucho que no tengo información de María I. La última vez que supe de ella me dijeron que se había casado con un tipo mucho más empavado -y pavoso- que ella, al punto de que a María I. le estaba yendo mejor: se había puesto bonita e incluso se atrevió a divorciarse del sujeto. Su mala suerte, me aseguran, se quedó con el ex marido.

 
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