- Los talentos de Catherine Zeta-Jones
- El monitor se pasea por la música
- Los Soprano, la mafia regresó
 CRONICA
- Cuestión de pava
- Osho, el fenómeno
- La estilizada mirada de Herb Ritts
- La nueva vida de Chelsea Clinton
BELLEZA
- Maquillaje natural
SALUD
- Alimentos que combaten el dolor
PSICOLOGIA
- Adiós a las adicciones
COCINA
- Maravillosos champiñones
 CRIMENES
 HOROSCOPO
 HUMOR
 MAYTTE
 CRUCIGRAMA
 ARCHIVO
 CONTACTENOS
 
 

La venganza de Jennie
Max Haines
Wash Hawkes era un patán, y su amante terminó pagando por ello

En 1913, Henry Stoley vio por primera vez a Washington Hawkes cuando cometió el craso error de comprarle 12 fanegas de papas.
Jennie y Wash Hawkes vivían en el distrito de Westakiwin, en Alberta, Canadá, no lejos de Edmonton, donde tenían una granja. Habían emigrado de Estados Unidos para labrarse una nueva vida. Lo mismo hicieron Rosella y Henry Stoley. Las dos parejas se hicieron amigas. Ese fue el segundo grave error de Henry.
Y es que Wash Hawkes había seducido a todas las mujeres a las que les había echado el ojo. Con una mirada a la atractiva Rosella ya supo que de alguna manera lograría acostarse con ella.
Aunque Wash llevaba 33 años casado con Jennie, nada más llegar a Alberta, ya se corrió el rumor de que era un mujeriego.
A él le daba igual que supieran que tenía instinto de Casanova y la intención de utilizar sus atributos sexuales con todas las mujeres de las praderas. No le importaba tener cincuenta y tantos años. Desde que en la adolescencia afloró su virilidad, no había dejado pasar una oportunidad.
Además, Wash trataba a Jennie como si ésta fuera un cero a la izquierda. Incluso llevaba a sus amantes a la granja, donde, según se rumoreaba, sacaba a la pobre Jennie de la cama de una patada y se acostaba con la amante que entonces tuviera.
Los Hawkes tenían una hija adoptiva, Mamie, quien con frecuencia presenciaba los amoríos de su padre con otras mujeres. Con el tiempo, Mamie se casó con William Rosser y se fue a vivir a su propia granja, en esa misma calle.
El astuto de Wash Hawkes le hizo a Henry Stoley una propuesta que éste no podía dejar pasar. Le propuso venderle la mitad de su granja, unos 160 acres, por 10 dólares el acre. Henry sólo tenía que pagarle una entrada de 200 dólares. Wash aceptó un par de mulas, valoradas en 225 dólares, como entrada. Para hacer aún más atractiva su propuesta, Wash invitó a los Stoleys a mudarse a la zona trasera de la granja. Había una enorme puerta que separaba ambas partes de la casa. Henry Stoley pensó que se trataba de una oferta estupenda. El 1° de febrero de 1915, Henry, Rosella y sus tres hijos pequeños se fueron a vivir con los Hawkes.
Wash estaba esperando la oportunidad. Su paciencia se vio recompensada cuando Henry se fue lejos, de viaje. No le importaban los sentimientos de Jennie, pero había un pequeño problema. Rosella estaba viviendo ahí en su mismo techo. De alguna manera, tenía que librarse de su mujer de una vez por todas. Divorciarse no era posible. Asesinarla era complicado y desagradable, pero había algo que podía funcionar. Podía conseguir que se marchara ella sola. Hay que recordar que en aquellos momentos y en presencia de su sufrida esposa, Wash andaba besando y, en general, tonteando con Rosella, que se mostraba complaciente.
Wash, que era un canalla, sabía que su mujer estaba llegando al límite de su paciencia. Criticó a Jennie delante de su yerno, William Roser, gritándole que quería que se fuera de la cama esa noche porque tenía la intención de acostarse con Rosella. Le advirtió que tenía que desaparecer del mapa o la mataría. Sin esperarse hasta esa noche, Wash y Rosella hicieron el amor ese mismo día, en presencia de Jennie.
Jennie ya no podía aguantar más la situación y se fue a vivir con su hija Mamie. Jennie se dio cuenta de que su esposo quería que se marchara y tenía la intención de llevarla al manicomio.
Mamie sospechaba que había algunos efectos personales en la granja que tenían un valor sentimental para su madre, así que fue a recogerlos. La tarea le resultó más difícil de lo que había pensado. Rosella se negó a darle a Mamie los recuerdos que le pidió. Lo que es más, no quiso darle nada.
Cuando Mamie volvió a su propia casa e informó a su madre de esta asombrosa situación, Jennie se puso furiosa. Esa descarada podía quedarse con su marido y su casa, pero no con los pocos objetos personales que tanto representaban para ella.
Jennie agarró un revólver, y recorrió caminando el kilómetro y medio que separaba la casa de su hija de la suya. El destino quiso que Wash y Henry Stoley no estuvieran en la casa pero sí su suegra, la señora Long, quien se había ido a vivir hacía poco tiempo con su hijo y su amada. Jennie, pese a su tristeza, intercambió los cumplidos de rigor con la señora Long hasta que apareció Rosella por la puerta que separaba las dos zonas de la casa. Rosella dijo que Wash le había dado instrucciones estrictas de que nada tenía que salir de la casa.
Jennie se puso como una fiera. Sacó el revólver de su bolsillo y empezó a disparar. Rosella desapareció por la parte trasera de la casa. Los niños de los Stoley salieron disparados, intentando quitarse del medio. No se lo tuvieron que decir muchas veces, sobre todo cuando Jennie gritó: "Cuidado, diablillos, que os pego un tiro".
Jennie tenía una sola idea en la cabeza: perseguir a Rosella. Cuando la encontró en la habitación, le disparó tres veces.
Cuando sonaron los disparos, Henry Stoley tan sólo estaba a unos 90 metros de la casa. Oyó los estallidos y vio a sus hijos salir corriendo por la puerta. Entró rápidamente en la casa e interceptó a Jennie en la cocina. Henry pudo controlarla y quitarle el arma. Luego, corrió a su dormitorio y vio a su esposa ensangrentada en el suelo. Mandó a su hija mayor, Elsie, a la granja más cercana donde tenían teléfono. Fue demasiado tarde para Rosella, quien falleció al día siguiente.
Jennie fue arrestada a última hora de la tarde del sábado, 13 de marzo, y detenida en la prisión de Macleod. Mamie defendió a su madre en todo momento. Contrató a los mejores abogados para representar a la acusada. Wash no había cambiado: seguía siendo un sinvergüenza de primera. Se puso en contacto con los pocos testigos que sabían de primera mano lo mal que había tratado a su esposa y los amenazó si no dejaban el distrito antes del juicio. La mayoría hizo caso, y se marchó.
En el juicio de Jennie, pese a que faltaran testigos, la defensa pudo hacer una descripción precisa del odioso comportamiento de Wash Hawkes. Había llevado a su esposa hasta el límite de su paciencia sabiendo que la echaría de su propia casa y no le había dejado acceder a sus escasos efectos personales.
Era un argumento convincente pero había uno o dos fallos. En primer lugar, Jennie había esperado diez días para intervenir. En segundo lugar, había matado a la persona equivocada. Para que su caso se sostuviera ante el tribunal, debería haber matado a su querido esposo, Wash.
El jurado de Alberta la declaró culpable, pero recomendó que se tuviera merced con ella. El juez no tuvo en cuenta la recomendación y sentenció a Jennie a muerte. Este dictamen se apeló ante el Tribunal Supremo de Alberta pero la sentencia del tribunal inferior fue confirmada.
Miles de personas de Alberta firmaron peticiones solicitándole al gobierno la conmutación de la sentencia de Jennie. Al final, la presión popular y los esfuerzos denodados de Mamie Rosser dieron fruto. La sentencia de Jennie fue conmutada a cadena perpetua. En julio de 1920, se supo que estaba tan enferma que seguir en prisión le costaría la vida. Se le concedió la liberación.
Poco después del juicio y la condena de Jennie, Washington Hawkes murió en un accidente en un aserradero. Nadie derramó una sola lágrima por él.

 
volver a eluniversal.com | ir arriba
 
Contáctenos | Tarifario | Publicidad en línea | Política de privacidad
Términos Legales | Condiciones de uso