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La venganza de Jennie
Max Haines
Wash Hawkes era un patán, y su amante terminó pagando
por ello
En
1913, Henry Stoley vio por primera vez a Washington Hawkes cuando
cometió el craso error de comprarle 12 fanegas de papas.
Jennie y Wash Hawkes vivían en el distrito de Westakiwin,
en Alberta, Canadá, no lejos de Edmonton, donde tenían
una granja. Habían emigrado de Estados Unidos para labrarse
una nueva vida. Lo mismo hicieron Rosella y Henry Stoley. Las dos
parejas se hicieron amigas. Ese fue el segundo grave error de Henry.
Y es que Wash Hawkes había seducido a todas las mujeres a
las que les había echado el ojo. Con una mirada a la atractiva
Rosella ya supo que de alguna manera lograría acostarse con
ella.
Aunque Wash llevaba 33 años casado con Jennie, nada más
llegar a Alberta, ya se corrió el rumor de que era un mujeriego.
A él le daba igual que supieran que tenía instinto
de Casanova y la intención de utilizar sus atributos sexuales
con todas las mujeres de las praderas. No le importaba tener cincuenta
y tantos años. Desde que en la adolescencia afloró
su virilidad, no había dejado pasar una oportunidad.
Además, Wash trataba a Jennie como si ésta fuera un
cero a la izquierda. Incluso llevaba a sus amantes a la granja,
donde, según se rumoreaba, sacaba a la pobre Jennie de la
cama de una patada y se acostaba con la amante que entonces tuviera.
Los Hawkes tenían una hija adoptiva, Mamie, quien con frecuencia
presenciaba los amoríos de su padre con otras mujeres. Con
el tiempo, Mamie se casó con William Rosser y se fue a vivir
a su propia granja, en esa misma calle.
El astuto de Wash Hawkes le hizo a Henry Stoley una propuesta que
éste no podía dejar pasar. Le propuso venderle la
mitad de su granja, unos 160 acres, por 10 dólares el acre.
Henry sólo tenía que pagarle una entrada de 200 dólares.
Wash aceptó un par de mulas, valoradas en 225 dólares,
como entrada. Para hacer aún más atractiva su propuesta,
Wash invitó a los Stoleys a mudarse a la zona trasera de
la granja. Había una enorme puerta que separaba ambas partes
de la casa. Henry Stoley pensó que se trataba de una oferta
estupenda. El 1° de febrero de 1915, Henry, Rosella y sus tres
hijos pequeños se fueron a vivir con los Hawkes.
Wash estaba esperando la oportunidad. Su paciencia se vio recompensada
cuando Henry se fue lejos, de viaje. No le importaban los sentimientos
de Jennie, pero había un pequeño problema. Rosella
estaba viviendo ahí en su mismo techo. De alguna manera,
tenía que librarse de su mujer de una vez por todas. Divorciarse
no era posible. Asesinarla era complicado y desagradable, pero había
algo que podía funcionar. Podía conseguir que se marchara
ella sola. Hay que recordar que en aquellos momentos y en presencia
de su sufrida esposa, Wash andaba besando y, en general, tonteando
con Rosella, que se mostraba complaciente.
Wash, que era un canalla, sabía que su mujer estaba llegando
al límite de su paciencia. Criticó a Jennie delante
de su yerno, William Roser, gritándole que quería
que se fuera de la cama esa noche porque tenía la intención
de acostarse con Rosella. Le advirtió que tenía que
desaparecer del mapa o la mataría. Sin esperarse hasta esa
noche, Wash y Rosella hicieron el amor ese mismo día, en
presencia de Jennie.
Jennie ya no podía aguantar más la situación
y se fue a vivir con su hija Mamie. Jennie se dio cuenta de que
su esposo quería que se marchara y tenía la intención
de llevarla al manicomio.
Mamie sospechaba que había algunos efectos personales en
la granja que tenían un valor sentimental para su madre,
así que fue a recogerlos. La tarea le resultó más
difícil de lo que había pensado. Rosella se negó
a darle a Mamie los recuerdos que le pidió. Lo que es más,
no quiso darle nada.
Cuando Mamie volvió a su propia casa e informó a su
madre de esta asombrosa situación, Jennie se puso furiosa.
Esa descarada podía quedarse con su marido y su casa, pero
no con los pocos objetos personales que tanto representaban para
ella.
Jennie agarró un revólver, y recorrió caminando
el kilómetro y medio que separaba la casa de su hija de la
suya. El destino quiso que Wash y Henry Stoley no estuvieran en
la casa pero sí su suegra, la señora Long, quien se
había ido a vivir hacía poco tiempo con su hijo y
su amada. Jennie, pese a su tristeza, intercambió los cumplidos
de rigor con la señora Long hasta que apareció Rosella
por la puerta que separaba las dos zonas de la casa. Rosella dijo
que Wash le había dado instrucciones estrictas de que nada
tenía que salir de la casa.
Jennie se puso como una fiera. Sacó el revólver de
su bolsillo y empezó a disparar. Rosella desapareció
por la parte trasera de la casa. Los niños de los Stoley
salieron disparados, intentando quitarse del medio. No se lo tuvieron
que decir muchas veces, sobre todo cuando Jennie gritó: "Cuidado,
diablillos, que os pego un tiro".
Jennie tenía una sola idea en la cabeza: perseguir a Rosella.
Cuando la encontró en la habitación, le disparó
tres veces.
Cuando
sonaron los disparos, Henry Stoley tan sólo estaba a unos
90 metros de la casa. Oyó los estallidos y vio a sus hijos
salir corriendo por la puerta. Entró rápidamente en
la casa e interceptó a Jennie en la cocina. Henry pudo controlarla
y quitarle el arma. Luego, corrió a su dormitorio y vio a
su esposa ensangrentada en el suelo. Mandó a su hija mayor,
Elsie, a la granja más cercana donde tenían teléfono.
Fue demasiado tarde para Rosella, quien falleció al día
siguiente.
Jennie fue arrestada a última hora de la tarde del sábado,
13 de marzo, y detenida en la prisión de Macleod. Mamie defendió
a su madre en todo momento. Contrató a los mejores abogados
para representar a la acusada. Wash no había cambiado: seguía
siendo un sinvergüenza de primera. Se puso en contacto con
los pocos testigos que sabían de primera mano lo mal que
había tratado a su esposa y los amenazó si no dejaban
el distrito antes del juicio. La mayoría hizo caso, y se
marchó.
En el juicio de Jennie, pese a que faltaran testigos, la defensa
pudo hacer una descripción precisa del odioso comportamiento
de Wash Hawkes. Había llevado a su esposa hasta el límite
de su paciencia sabiendo que la echaría de su propia casa
y no le había dejado acceder a sus escasos efectos personales.
Era un argumento convincente pero había uno o dos fallos.
En primer lugar, Jennie había esperado diez días para
intervenir. En segundo lugar, había matado a la persona equivocada.
Para que su caso se sostuviera ante el tribunal, debería
haber matado a su querido esposo, Wash.
El jurado de Alberta la declaró culpable, pero recomendó
que se tuviera merced con ella. El juez no tuvo en cuenta la recomendación
y sentenció a Jennie a muerte. Este dictamen se apeló
ante el Tribunal Supremo de Alberta pero la sentencia del tribunal
inferior fue confirmada.
Miles de personas de Alberta firmaron peticiones solicitándole
al gobierno la conmutación de la sentencia de Jennie. Al
final, la presión popular y los esfuerzos denodados de Mamie
Rosser dieron fruto. La sentencia de Jennie fue conmutada a cadena
perpetua. En julio de 1920, se supo que estaba tan enferma que seguir
en prisión le costaría la vida. Se le concedió
la liberación.
Poco después del juicio y la condena de Jennie, Washington
Hawkes murió en un accidente en un aserradero. Nadie derramó
una sola lágrima por él.
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