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Una mujer
con encanto
Actriz, empresaria y próxima productora, Viviana Gibelli, “la animadora
más querida de la televisión”, vive un momento cumbre en su carrera. Idalia De León. Fotos: Nicolás Felizola
Jeans, espadrilas, camiseta amarilla, maquillaje justo, cabello suelto, piel bronceada, computadora portátil. Sonrisa, otra vez sonrisa, mil palabras por minuto. Llega puntual al lugar de la cita, mira a los ojos con seguridad, saluda y abraza con firmeza. Se sienta, pregunta si tengo hambre. “¿No?, entonces cómete un postre rico”, sugiere. Ella sí se dispone a comer e indica al mesonero lo que quiere con la confianza de un comensal habitué del lugar, y con una rigurosidad que recuerda al personaje encarnado por Meg Ryan en la película Harry y Sally, quien establecía con exactitud la presentación del plato. Dice que se levanta como a las siete de la mañana y se desayuna inmediatamente. “Siempre tengo hambre, es uno de mis puntos débiles. En mi familia todos comen, nadie bota la comida. Cuando estábamos pequeños, una vez al mes nos daban pancotto, una sopa hecha con pan viejo y sal. Mi papá, que es italiano, nos enseñó a comer de todo porque él pasó hambre en la guerra”. Viviana Gibelli siempre vive con la sensación de que la vida no le alcanza para hacer todo lo que tiene en la cabeza. El teatro, su más nuevo reto; la campaña Tócate, de la cual es impulsora de la mano de la Sociedad Anticancerosa; dos restaurantes a punto de abrir en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, los trámites para montar una productora de televisión, el espacio La Guerra de los Sexos que transmite Venevisión, y una tienda de ropa en República Dominicana, son algunas de las actividades que no le dejan tiempo para incursionar, precisamente, en todo lo que tiene en su cabeza que “trabaja a mil”.
¿Cómo te fue en el teatro con la obra El método Gröhnholm?
“Lo hice por necesidad de actuar. Siempre he sido versátil, detesto que me encasillen. Yo puedo hacer un programa por mucho tiempo, pero me tienen que poner a hacer otras cosas. Es que uno necesita nutrirse, renovarse, darle al público algo nuevo; hacer reír, hacer llorar. Yo quería hacer teatro desde hace mucho tiempo, me habían ofrecido un monólogo, pero no quería iniciarme con un unipersonal. Hasta que me llamó Daniel Uribe con la propuesta de hacer El método Gröhnholm, una obra muy inteligente, que me brindó la oportunidad de trabajar al lado de actores como Marcos Moreno, Vicente Tepedino y Miguel Ferrari. Me dije: ‘esta es la obra con la que yo quiero estrenarme en teatro’”.
¿Qué aprendiste de la experiencia?
“Me dejó un mayor nivel de concentración. Trabajar en vivo exige que tengas los ojos en la cámara, pensar en el público, tener un guión y estar atenta para ver si te hacen señas para que alargues o cortes. Pero el teatro me dio concentración a otro nivel. En televisión puedes repetir, si no lloras a la primera le dices al director que te dé un chance; hay miles de recursos para utilizar”.
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Las mil caras de
Viviana en 18 años
de profesión en el
mundo del espectáculo |
¿Qué te ayudó a estar donde estás?
“Soy apasionada, asertiva en los proyectos que escojo, y un poco sabia. También, versatilidad, pasión, responsabilidad y preparación, porque uno no puede ser paracaidista ni mediocre en lo que emprende”.
Has actuado, animado y cantado. ¿No temiste que la gente no interpretara bien tu versatilidad?
“Al principio, cuando me vieron actuando, cantando y animando llegaron a decir, y me acuerdo claramente de ese momento: ‘Esta no haya de qué palo ahorcarse’. Y yo decía: ‘algún día se van a dar cuenta de que lo que yo quiero es ser una artista versátil’. Eso lo ves en Hollywood, el cantante que quiere actuar, el actor que quiere cantar”.
¿Y de pequeña mostraste alguna señal de lo que sería tu futuro?
“Una vez, cuando tenía unos 10 años, hice una obra de teatro. Mi papá siempre recuerda la seriedad con que yo me tomé ese personaje infantil”.
Pero después elegiste la Medicina...
“Yo estudiaba Medicina pero me inscribí en el Miss Venezuela y ya sabes todo lo que siguió. Terminé la carrera, y no me dieron el título porque me faltó la mitad del internado rotatorio. Fue una época muy sacrificada; hacía Complicidades, grababa una telenovela, estudiaba. Me perdí de hacer muchas cosas, pero ahora me doy cuenta de que con mi carrera ayudo más que desde un consultorio”.
¿Cuál entrevistado te ha impactado?
“Me impresionó Vicente Fernández, me dijo que ya tenía cien canciones inéditas para sus próximos 10 discos, así como sus portadas, todo listo para cuando su voz ya no fuera la misma. Eso es tener visión. Igual me impactó Gloria Estefan cuando me dijo que no quería dejarles a su hijos el problema de tener tanto dinero. El conde del Guácharo me conmovió especialmente. Me llegó al alma. Por cierto, el otro día Edgar Ramírez me preguntó por qué yo hacía llorar a la gente en las entrevistas. Creo que me gusta conectarme con los entrevistados, no sé cuál es el secreto; puede que yo sea igual que ellos. No es que tenga un guión que diga: ‘Al final el entrevistado tiene que llorar’”.
¿Qué no te gusta tu carrera?
“Lo que me disgusta es algo que está presente no sólo en mi profesión, y es el manejo que a veces se le da a la gente que trabaja en este oficio. A pesar de que trabajamos con las emociones, la profesión en sí, el negocio, es muy inhumano. A la hora de la chiquita no contemplan si tienes 25 años de trayectoria. A la hora de sacar cuentas, es una cuestión de rating, de taquilla, de números. Nadie es indispensable y eso es muy cruel. Es ingrato, pero no es el público el que lo hace ingrato, son los que trabajan en la industria. Después que le entregaste toda tu vida a esto, de pronto ya no haces falta. Veo la televisión brasileña donde no importa la edad que tengas, porque si eres bueno, sigues vigente. A veces acepto que me manejen como un producto, porque tengo conciencia de que detrás hay un ser humano que crece y piensa. Entiendo cómo se maneja el negocio, pero no lo comparto”.
Se dijo que te casabas...
“Yo sí dije que me quiero casar, pero no dije cuándo. No me caso este año, es verdad, pero sí creo en el matrimonio; vengo de un hogar estable. El asunto es que tengo una pareja y punto”.
¿Estás enamorada?
“Sí, y quiero que él vea bien lo que hago, lo que es mi vida, para poder hacer una vida juntos”.
¿Y los hijos?
“Sí, los quiero tener. Y los deseo en un futuro cercano. Eso está entre mis próximos planes”.
¿Y cómo te va con la Cábala?
“Desde hace tres años conozco la cábala. Bueno, antes de llegar ahí hice de todo; fui a la India, hice terapia de renacimiento, he ido a psiquiatras, me he leído el tabaco, el tarot, ¡de todo! La cábala es donde decidí permanecer porque es lo más evolucionado que conozco. Aprendí que el asunto es dejar de sentirse víctima, dejar de quejarse y actuar. Allí entendí que uno es responsable de lo que le pasa. Ya sea por lo que has hecho en esta vida o en vidas anteriores. Porque todo es acción y reacción; lo que haces tiene una repercusión”.
¿Practicas un ritual dentro de esa filosofía?
“Hay una disciplina, pero como soy libre, hago lo que me nace dentro de los rituales establecidos. Por un lado está el aspecto filosófico profundo y, por otro, se encuentran las herramientas para protegerte, para conectarte con energías, para entender qué hacemos acá y para hacerte más responsable de tus actos. Por ejemplo, si estás consciente de que el cigarro te hace daño, lo dejas”.
El 22 de diciembre próximo cumples 40 años...
“Mi balance ha sido positivo, he tenido malos ratos, pero en definitiva soy lo que soy por todo lo que he pasado”.
¿Y qué es eso que llaman madurez?
“Yo creo que uno nunca termina de madurar porque de lo contrario todos seríamos unos amargados. Esa característica que otorga tener un niño interior, esa inmadurez que aflora en algunas circunstancias, es bonita, te da matices; no todo lo puedes ver con tanta seriedad. Ser adulto es muy aburrido. Creo que la madurez te sirve para aprender a disfrutar de cada edad. Puedes seguir siendo creativo, hiperquinético, pero hay una serenidad, una paz interior que vas sintiendo en la medida que vas cumpliendo más años”. l
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