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La Niña pudo haber sido maestra o lanzadora de cuchillos bajo la gran carpa de un circo, pero la vida no lo quiso así; nadie sabe cuándo ni por qué el destino decidió torcérsele de modo tan inexplicable, trágico y contundente, y así la fractura definitiva quedó reseñada un mal día de agosto del corriente año en algunos periódicos de nuestro país: “Indigente culta fue muerta de un golpe para violarla”. La noticia habría quedado allí sino hubiera sido por las intenciones altruistas que signaron al personaje, lo que dio pie a que Kenia Nairobi Perdomo Beltrán ganara un poco más de centimetraje en las páginas de los diarios y al día siguiente se refirieran a ella como “La indigente culta que quería montar una escuela en el Cementerio”. A veces sucede así, nuestras aspiraciones más elevadas se dan a conocer —y quién sabe si hasta pudieron llegar a tener una oportunidad real— cuando ya el cuerpo está fatigado, exangüe o muerto, entonces se registra una nueva entrada en el abultado Libro Guinnes de los sueños rotos, irrealizados e inconclusos y nada pasa, todo sigue siendo igual.
La noche estrellada en que murió tumbada y casi desnuda sobre el sepulcro de su madre en el Cementerio General del Sur, ángeles, vírgenes y santos la arrullaron dulcemente mientras su cabeza se le iba desangrando entre lápidas, botellas rotas, flores marchitas y el brillo metálico del cuchillo con el que siempre se defendió certeramente hasta ese día, pues ya había logrado evadir el ataque de tres violaciones y dos intentos de quemarla, gracias al buen tino de colocar la hoja oxidada de su arma en el sitio exacto en el momento indicado. Un arte que ella ejecutaba con magia de malabarista y eficacia suprema, pues sacaba chispas de amolador al defender los pequeños seres nocturnos que habitaban ese submundo del cual ella era reina. He allí una buena manera de encontrarla en el silencio denso de aquella noche en el camposanto, rastreando los chispazos que su cuchillo despedía mientras su cuerpo iba languideciendo sin prisa.
Pero su currículum no sólo daba cuenta de la habilidad manual que poseía, sino que también se extendia hacia áreas como el manejo de otras lenguas, entre las cuales estaba el inglés: “Repeat, —decía La Niña— my name is Chacarito”. Y Chacarito, el niño de la calle que más se apegó a ella porque por alguna razón desconocida la asociaba con la imagen difusa de su mamá, niño que, además, apenas sabía de la existencia de las letras, decía con aires de importancia: “Manemis Chacarito”. Y se carcajeaban juntos mientras se hacían cosquillas al terminar la lección exitosa impartida entre mausoleos y criptas. Luego se iba a resolver asuntos pendientes con su amiga Elvira. Por ejemplo, se iba a escribir peticiones dirigidas a distintos organismos para crear una humilde aula en el medio del cementerio, una escuela para niños pobres y enfermos, niños abandonados, niños olvidados de la mano de Dios, pero no de la mano de La Niña generosa, La Niña caritativa, La Niña con nombre de carabela que boga por la vida dando tumbos y, sin embargo, endereza el rumbo con la esperanza que le da el tener el propósito firme de entregar sus saberes a otros más necesitados que ella.
La Niña salió de la cárcel de La Planta en el 2001, donde estuvo poco tiempo pagando condena por consumo de drogas. Al quedar libre no supo qué hacer, ya que no tenía a quién pedir ayuda, entonces encontró refugio en el Cementerio, en el hogar que, bajo tierra, su madre guardó para ella. Allí comienza el oficio de aseo y embellecimiento de tumbas: descubrir los rostros enmugrecidos de ángeles, vírgenes y santos, eliminar el monte y la mala hierba que rodea a las tumbas, barrer y colocar flores frescas y perfumadas en sus floreros. Fue así como estrechó lazos con los habitantes de una región desolada y fue así también como conoció al Poeta David, indigente que aquella noche estrellada, junto con otro hombre, le rasgó algo más que la ropa, pues le rasgó el destino, la esperanza puesta en los niños de la calle y de la plaza y de todos los recovecos inhóspitos de nuestra ciudad. A la niña, la mató el poeta, parece una ironía, pero fue así, y es que existen poetas malditos que hacen que algunos vuelvan a los anhelados brazos de la madre. l
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