| Cómo
evitar un infarto
Cuando lo que no conoce lo puede matar.
Ludwig Johnson
Arnold era un hombre exitoso. Dormía
poco, ganaba mucho y en los últimos años había
engordado algunos kilos —a veces hacía una que otra
dieta, pero siempre volvía a engordar—. Nunca consultó
a ningún médico acerca de su sobrepeso, porque él
“ya sabía lo que había que hacer”. No
iba a estar yendo a ningún sitio a que le “leyeran
la cartilla”. Después de todo, “coma menos y
haga ejercicio” ya lo había escuchado. Más aún,
su colesterol estaba perfecto, según un reciente examen de
sangre que junto a la prueba de esfuerzo le habían practicado
en su empresa. Arnold era, dicho en una frase, el típico
hombre sano de 45 años que estaba felizmente casado y con
dos hijas que adoraba.
En una oportunidad sintió una opresión
en el pecho. Confundido, pensó que se trataba de un “gas”.
Al ver que empeoraba se puso nervioso y recordó a su padre,
quien a los 60 años había muerto de infarto. ¿Un
infarto? No podía ser. El sólo tenía 45 y su
padre sufría de hipertensión arterial. Es verdad que
estaba pasado de peso, pero nada importante —además,
no comía grasa y su colesterol estaba normal—. Avisó
a su esposa y en un instante se encontraron en la emergencia de
un hospital. Después de recibir atención médica
el diagnóstico estaba hecho: Arnold había sufrido
un ataque al corazón. En sólo minutos, también
perdió la vida.
Usted ya ha escuchado esta historia antes. Inclusive es posible
que haya conocido a varios Arnolds en su vida. Evitemos, entonces,
seguir padeciendo este tipo de historias.
¿Qué
debemos hacer?
Si le preguntaran cuál es su riesgo de tener un infarto,
¿qué valores evaluaría en su examen de sangre?
Digamos que su respuesta fue el colesterol
y el azúcar. Claro, usted también sabe que la tensión
arterial, el cigarro, el sedentarismo, el estrés, los kilos
y la historia familiar son jugadores del equipo contrario, pero,
seamos francos, usted ya intentó dejar el cigarro, hizo dieta,
se toma la pastilla de la tensión, cuando tiene tiempo hecha
una caminadita y lo del estrés y la herencia no lo puede
evitar. ¿Qué más le queda? No se puede estar
paranoico pensando todo el tiempo que uno se va a infartar. Suficiente
con la vitamina E, la aspirina infantil y los omega 3 que se toma
todas las mañanas.
Pues bien, déjeme decirle que usted
piensa igual que Arnold. Y no lo culpo. Yo mismo pensaba así.
Por favor, siga leyendo. Este artículo le puede salvar la
vida.
Retomemos su respuesta. Usted dijo que el colesterol y el azúcar
son los principales marcadores de sangre que hablan de riesgo de
infarto. Tiene razón: el colesterol se pega en las paredes
de las arterias y termina por taponearlas, pero como su colesterol
siempre está “apenitas elevado”, usted piensa
que sus arterias no están tan mal. Por otro lado, usted también
sabe que la gente con altos niveles de azúcar se infarta
con mayor frecuencia. El detalle es que usted nunca lo ha tenido
elevado. Cuando va al laboratorio, recoge sus exámenes, chequea
que su azúcar (glucosa) está por debajo de 110 mg/dl
y piensa: “Lo tengo dentro de los límites”, y
se va feliz y contento.
Pero, lamentablemente, a usted todavía
le faltan otros valores. Valores que pueden terminar siendo más
importantes que los dos anteriores, y que Arnold, nuestro amigo
ficticio, no conocía.
¿Cuáles?
La proteína C reactiva, el fibrinógeno, la homocisteína,
la insulina basal, la lipoproteína A —Lp(A)—,
la apolipoproteína B (APO B), el pequeño LDL, el HDL
2B y la serología para la Clamydia Neumonie.
¿Tantos? Sí, pero con solicitar
la proteína C reactiva, el fibrinógeno y la insulina
basal, además de los que usted mencionó —el
colesterol y la glicemia—, ya estaría haciendo bastante.
Permítame un paréntesis. El
infarto es una patología dominada en su mayoría por
un mosaico genético. No se necesita ser médico para
saber que si sus padres y/o hermanos han tenido infartos, cuenta
con más comodines para el concurso “¿Quién
quiere ser infartado?”, pero inclusive sin este tipo de historia
familiar, sepa que también concursa.
Si en estos momentos tiene la proteína
C reactiva, o la insulina basal, o el fibrinógeno, o la homocisteína,
o la Lp(A), o cualquiera de los otros valores alterados, sus arterias
se están endureciendo más de lo normal, su sangre
se está coagulando más de lo normal y sus tejidos
se están inflamando más de lo normal. En estas condiciones,
es mayor el riesgo de llegar a infartarse.
El infarto no es un evento repentino. Se requieren
años de preparación para llegar a tenerlo. De hecho,
es el final de un proceso inflamatorio en la capa interior de las
arterias coronarias, que podría estarle ocurriendo en este
mismo momento (sin sentir absolutamente nada) mientras lee estas
líneas. Su colesterol LDL —o colesterol malo—
no podría nunca “infartarle” sino es oxidado
y depositado sobre alguna microlesión que presenten sus coronarias.
Cuando esto sucede, el mismo proceso natural de reparación
de la herida puede igualmente contribuir con obstruir su luz arterial,
la que poco a poco puede terminar por cerrarse completamente. Tal
cual el cúmulo de desperdicios en la orilla de un río,
donde poco a poco entre botellas, palos y piedras se va formando
una especie de montículo que eventualmente le hace resistencia
al agua, igualmente sucede en la arteria que irriga su corazón.
¿Quiere
conocer su riesgo?
Los bajos niveles de colesterol no son suficientes si la proteína
C reactiva está elevada. La mitad de los infartos suceden
en personas con el colesterol normal (si es atleta o tiene alguna
infección podría contar con la proteína C reactiva
igualmente alterada, pero sin ninguna relación con la patología
cardiovascular).
En su próximo examen solicite la proteína
C reactiva y cualquiera de los otros valores mencionados anteriormente.
El fibrinógeno, por ejemplo, podría indicarle si está
coagulando más de lo deseado en ese constante proceso de
lesión y reparación arterial, lo que contribuiría
igualmente a entorpecer el flujo sanguíneo de su coronaria.
Ahora bien, supongamos que su caso es todo
lo contrario. Supongamos, por ejemplo, que sus valores son una maravilla,
trota todos los días, medita, hace yoga, sube el cerro, hace
barras, no fuma, lee tres libros... ¿Tiene usted permiso
para darse el lujo de comer azúcares y harinas blancas? No
lo tiene.
Usted dice: “Pero el doctor me dijo
que estoy como un muchacho de quince”.
Pues, no, porque su colesterol LDL se oxida frente al azúcar.
¿Pero el azúcar no es la fuente
principal de la energía? No. El azúcar es la fuente
principal de las enfermedades. ¿Por qué cree que las
personas diabéticas no controladas envejecen más rápido
que la población en general?
Y usted insiste: “Pero yo no tengo diabetes”.
No importa. Cuando come azúcar eso
es lo que tiene, al menos por minutos. Y aunque es verdad que su
cuerpo se las agencia para bajar la glicemia a valores normales,
también lo es el que en ese proceso su colesterol LDL se
oxida y sus estructuras internas se glicosilan o “empatucan”,
lo que significa mayor demanda de antioxidantes que usted no tiene.
“Pero mi colesterol esta normal”
—y usted dale que dale—.
¿Se acuerda de Arnold? Pero Arnold
no es el punto. El punto es usted, quien, de no consumir azúcar
ni harinas blancas podría aumentar su sensibilidad a la insulina
y vivir más tiempo.
Permítame un dato histórico.
En junio de 1997 el límite superior de la glicemia fue modificado
de 140 mg/dl a 126mg/dl. Los expertos “bajaron la barra”
al descubrir que más allá de 126 el organismo sufría
las consecuencias del azúcar elevado. Tan sólo a meses
de esta modificación, surgió la necesidad de informar
un nuevo límite. Se supo que la retina y el riñón
presentaban microlesiones a partir de 110mg/dl por lo que se acuñó
el término prediabetes —glicemia entre 110 y 126mg
/dl—, el cual no tuvo aceptación en el gremio. “O
se está, o no se está preñado”, fue la
consigna que dio origen al nuevo y definitivo nombre de “intolerancia
a la glucosa”. Las cosas quedaron más o menos así:
azúcar menor a 110, “bien”; azúcar entre
110 y 126, “ponte las pilas”; y azúcar superior
a 126, “luz roja”. Pero resulta que en el Primer Congreso
del Instituto Norteamericano de Estudios para la Insulinorresistencia,
realizado en Nassau, Bahamas, en enero de 2004, uno de los responsables
de haber propuesto el límite 110mg/dl en la anterior oportunidad,
el doctor Hertzel Gerstein, apareció nuevamente con lo que
denominó tan sólo un comentario: “No sabemos
a partir de qué valor de la glicemia comienzan las microlesiones
en las arterias del corazón, pero sabemos que es antes de
110mg/dl”.
Usted se preguntará hasta dónde
es normal el azúcar. No lo sabemos. El doctor Gerstein, tampoco,
pero las personas que ha estudiado por 20 años y que han
vivido más de 85 mantienen sus glicemias en ayuno por debajo
de 83mg/dl —si usted es diabético no se ponga a inventar
y manténgase con las indicaciones de su médico—.
Según Gerstein, “Cuando no existen trastornos en el
metabolismo, el cuerpo controla su producción de azúcar.
Pareciera que no le interesa tenerlo mas allá de 83mg/dl,
por lo que la producción endógena de glucosa —neoglucogénesis—
se encuentra suspendida a partir del mismo”.
Es como si su cuerpo dijera, “No quiero
tener la glicemia más allá de 83mg/dl”. Y cuando
usted come harinas y dulces es como si le dijera, “No me importa,
pero ahí te va todo este azúcar y ve a ver cómo
te las agencias”.
Usted dice, “Eso será verdad,
pero yo no me puedo tomar el café sin mi azúcar por
las mañanas”. Muy bien, pero su cuerpo dice: “Eso
será verdad, pero yo no te puedo dejar vivir todas tus mañanas”.
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Ludwig900@hotmail.com
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