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¿Se ha dado usted cuenta del montón
de plazas que le faltan a esta ciudad, a este país, a este
mundo? El descubrimiento de semejante falta no es mío sino
de mi muchachita quien, una tarde de domingo cualquiera, mientras
nos zampábamos ambas un pote entero de helado EFE de café
(sin duda el mejor helado de café del mundo), se me quedó
viendo y preguntó: ¿quién fue el genio que
inventó el helado? Yo, por supuesto, no tenía ni la
menor idea, cosa que a ella le sonó poco menos que a exabrupto.
Me miró con todo el desprecio con el que es capaz de mirar
una preadolescente de hoy en día a su madre y me acribilló
sin contemplaciones. ¿Cómo es posible que no sepas?
Porque de que es un genio es un genio, o una genia, ¿o no?
Porque calcula tú que ese genio o genia no hubiera existido,
¿ah? No existirían los helados, ¿tú
te imaginas?, ¿te imaginas un mundo sin helados? Tú
deberías saber quién lo inventó, es más,
todo el mundo debería saberlo y agradecerle la ocurrencia
con una estatua mínimo. Yo no puedo entender que no haya
una plaza con una estatua gordita, porque segurísimo que
era un genio o una genia gordita, del inventor del helado, ¿o
es que el mundo no mejoró como loco a partir del día
en que se inventó el helado?
No sólo le di la razón sino que
nos fajamos a hacer una lista de toda la gente genial que merecería
su placita con su correspondiente estatua en agradecimiento por
haber contribuido a hacer de éste un mundo mejor. Porque
dejémonos de cuentos, eso de que todo tiempo pasado fue mejor
no es más que uno de los tantos engaños de la nostalgia.
Nadie puede negar que estamos mucho mejor desde que alguien inventó,
por ejemplo, el baño con su poceta y su regaderita por la
que sale un chorro de agua con sólo darle vueltas a la manija
y su correspondiente tubería de aguas blancas y sus otras
tuberías de aguas negras. Ahí hay mínimo siete
plazas con sus siete estatuas de genios a los que la humanidad les
debe un bojote de agradecimientos. Así como al que inventó
el cemento y el asfalto, porque no hay más que echarse una
caminadita en tacones por unas de esas calles lindas que todavía
quedan en Europa sembraditas de piedras redonditas para darse cuenta
de que se le debe mínimo una plaza con busto de bronce al
que inventó las calles y las aceras lisitas. Y al que inventó
el aire acondicionado, a quien Maracaibo le debe no te digo yo una
plaza, un monumento inmenso. Y el de los zapatos de goma y el del
blue jean y el de la lavadora y la secadora y la computadora y la
internet. ¿Y los celulares? ¿Cómo es que en
Venezuela no le hemos hecho una plaza al inventor de los celulares?
¿Cómo demonios vivíamos los venezolanos sin
celulares?, y todos aquellos científicos que dedicaron su
vida a inventar pepas varias para quitar o aliviar los dolores,
y al que inventó que los remedios para niños no supieran
a demonio sino a caramelo de piñata, y al de la harina de
maíz precocida y el azúcar refinado y los tequeños,
¿cómo es que no le hemos hecho su plazota y su estatuota
a la señora que frió el primer tequeño? Y las
pilas, y los CDs que le permiten a uno tener cualquier orquesta
sonando en plena sala de la casa, y las fotocopiadoras y la cámara
de fotos y la plancha eléctrica y el chinchorro y las almohadas,
y los desinfectantes, y los catéteres, y la anestesia, y
las píldoras anticonceptivas, y la T de cobre y pare usted
de contar. La lista es interminable, y eso sin nombrar inventos
mayúsculos como la rueda o la electricidad o el cine. Lo
cierto es que hay una catajarra de genios y genias, más o
menos anónimos, a los que les debemos un agradecimiento del
tamaño de una plaza con todo y estatua y creo que no cabe
duda de que tendríamos un mundo más bonito repleto
de placitas a dónde ir y de gente agradecida. l
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