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Un viaje impulsivo

Nunca se supo qué motivó al marine a cometer los asesinatos. Max Haines

Charlote y Mose McManus estaban comprensiblemente desilusionados cuando su hijo Fred insistía en unirse a los Marines de EEUU en vez de ir a la Universidad de Cornell. Pero Fred era inflexible. No esperó sentado en su ciudad natal de Valley Stream, Nueva York, lo suficiente como para ir a su graduación del colegio secundario.

Como Fred no cumpliría los 18 años hasta agosto de 1952, era necesario que sus padres firmaran una orden para dejarlo unirse al servicio.

Los McManus, muy a su pesar, firmaron, y Fred se fue a Paris Island al campamento militar. El chico prosperó en el duro entrenamiento de los Marines. Eventualmente, fue enviado al campamento Lejeune, lo cual le permitía hacer autostop hasta su casa cada vez que se le presentaba una oportunidad.

Los McManus estaban orgullosos, después de todo, de su esbelto hijo con su uniforme de Marine. Tal vez se habían equivocado; tal vez la vida de servicio era lo mejor para él. Había una sola cosa, de todos modos. Fred estaba un poco solitario. No salía con sus compañeros soldados los sábados por la noche ni tenía amistades duraderas. En vez de eso, prefería caminar dentro del bosque alrededor del campamento Lejeune y practicar a disparar con su propia Colt .45 automática. Incluso en los viajes a su hogar llevaba la Colt y, generalmente, practicaba disparar cerca de la casa de su tía al norte de Nueva York.

En una de sus visitas periódicas, Fred conoció a una joven alta y delgada de 16 años, llamada Diane Weggeland. Comenzó con una simple cita para ir a un juego de baloncesto en un pequeño pueblo, pero terminó siendo mucho más. Diane le dijo a Fred que había sido llevada de hogar adoptivo en hogar adoptivo durante toda su vida, que odiaba no tener raíces, y que quería ser amada. Fred le contó cómo sus padres sólo se preocupaban por ellos mismos. Le dijo a Diane que lo asfixiaban. Fred y Diane se pusieron de acuerdo en que ambos eran espíritus libres que se habían encontrado.

A altas horas de la madrugada, Diane y Fred se separaron con la promesa de que se escribirían. Se estableció una correspondencia regular. Diane le informó a Fred que estaba siendo obligada a mudarse a otro hogar adoptivo, esta vez en Sommerville, cerca de Rochester.

El 22 de marzo de 1953, Fred visitó a Diane en su nueva casa. Se hospedó en el YMCA (Asociación de Jóvenes Cristianos) y llamó a Diane las cinco noches siguientes. Tomaron el bus a Rochester y pasaron un tiempo tomando helados, escuchando música y charlando. Cuanto más hablaban más se convencían de que estaban profundamente enamorados.

Cada noche, Fred llevaba a Diane a su casa antes de la medianoche, excepto la última antes de su partida. Perdieron el bus y Diane no llegó a su casa hasta la una de la madrugada. Su madre adoptiva estaba furiosa. Juró que reportaría esta infracción a la trabajadora social de Diane y amenazó con echar a la chica de la casa.
A la semana siguiente, Diane llamó a Fred a la YMCA antes de que él saliera para hacer autostop hasta el campamento. Estaba histérica y le imploró a Fred que la encontrara en la parada del bus en Rochester. Fred esperó, Diane apareció y le rogó que se quedara con ella para siempre. Sólo importaba su amor y su comprensión. Ella no podía tolerar vivir sin su amor. Fred le explicó que no la podía llevar al campamento, pero había otra alternativa.

Se irían a California. Fred sacó su Colt .45 y le dijo orgullosamente a Diane: “Puedes llegar a cualquier parte con esto”. Diane estuvo de acuerdo, pero insistió en que se casaran inmediatamente. Como sólo tenía 16 años, esto presentaba un problema. Juntos, entraron en la biblioteca de Rochester para encontrar un estado que les permitiera casarse a pesar de la edad. En ese momento el único estado con esa ley era Minnesota.

Fred compró un anillo de casamiento por 50 centavos. Diane le compró un rosario de 50 centavos. Próximo en la lista de importancia estaba el transporte. Fred dejó a Diane en un hotel barato para esperar hasta que él robara un carro. Tomó, entonces, el bus hasta las afueras de Rochester e hizo autostop dos veces. No tuvo problemas en que lo llevaran mientras vestía su uniforme. Le dieron la cola dos veces, pero decidió que los conductores, quienes revelaron ser hombres casados con niños, necesitaban sus vehículos. El tercer samaritano no tuvo tanta suerte.

William Braverman, un estudiante universitario de Hobart, se detuvo para llevar al soldado. Fred sacó su Colt y forzó a Braverman a que saliera del vehículo. El estudiante rápidamente entregó su cartera que contenía ocho dólares y su reloj pulsera, pero agarró el volante. “Mi auto no”, dijo. Esas fueron las últimas palabras de William Braverman. Fred le disparó directamente al corazón. El cuerpo cayó en el asiento delantero. Luego de manejar durante horas sin un objetivo fijo, Fred enterró parcialmente a su víctima en un agujero de grava, cercano.

Fred buscó a Diane en su nuevo y brilloso auto. Esa noche manejaron a través de Nueva York y Pennsylvania hasta Ohio. En Toledo, Fred empeñó el reloj de Braverman por siete dólares. Al día siguiente, en Keeneyville, Illinois, la pareja se hospedó en un hotel. Para celebrar su vida juntos salieron a comer comida china.

En el camino de regreso al hotel, Fred se detuvo en un garage con tienda que servía de hogar a la familia Bloomberg. George Bloomberg y su esposa estaban en la sala mirando la televisión. Fred entró y gritó: “Esto es un robo a mano armada”. George trató de persuadirlo, pero Fred jaló el gatillo de su Colt. George estuvo muerto antes de golpear el suelo. La señora Bloomberg gritó. Fred disparó, y la indefensa mujer cayó muerta al lado de su marido.

Fred dejó la casa de los Bloomberg sin obtener un centavo. Más tarde, Diane lloró cuando supo lo que había ocurrido. Le llenó la cara de besos a Fred para hacerlo sentir mejor.

El domingo por la mañana el par manejó a Dubuque, Iowa. Fred pensó que podría tratar de hacer autostop otra vez para aumentar su disminuido presupuesto. Se puso su uniforme de Marine e inmediatamente fue recogido por el señor y la señora Wharton. Les quitó el carro y 12 dólares. Fred manejó hasta Braverman, donde lo esperaba Diane.

Usando su nuevo carro robado, Fred y Diane manejaron hasta Minnesota, donde durmieron en el auto. En la mañana del lunes, mientras Diane dormía, Fred caminó hasta un restaurante al lado del camino y trató de abrir el cajón de la caja registradora. Mientras lo hacía, la moza, Harriet Horseman, lo pilló en el acto. Sin dudarlo, Fred la mató de un tiro. El ruido de la Colt hizo que apareciera Agnes Beaston de 43 años, con un cuchillo, corriendo desde la cocina. Fred la mató con una bala bien apuntada al corazón. Sacó 40 dólares de la registradora y se marchó. Diane todavía estaba dormida cuando regresó.

La joven pareja manejó hasta Minneápolis y se alojó en un hotel. Al día siguiente, trataron de casarse en la municipalidad, pero les dijeron que tendrían que esperar tres días. Siguieron. Afuera de Dubuque, Iowa, un patrullero de la autopista vio el carro. El oficial Jack Moore se acercó al auto con precaución. “Salga de su coche con las manos en alto”, ordenó. Se había terminado. Fred no ofreció resistencia.
En la oficina del alguacil en Dubuque, Fred no podía esperar a revelar todos los detalles de su seguidilla de asesinatos: “Quiero facilitarles el trabajo”, dijo.

Fred nunca explicó por qué mató a cinco personas. Sus asesinatos sin sentido le habían conseguido el gran total de 67 dólares.

El 8 de septiembre de 1953, Fred se presentó a juicio por asesinato y fue hallado culpable. Como el tribunal recomendó piedad, fue sentenciado a cadena perpetua. El 6 de septiembre de 1973, 20 años desde el día de su sentencia, Fred McManus fue puesto en libertad condicional. l

Ilustraciones: David Márquez

 
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