© PRISACOM, S.A./HACHETTE FILIPACCHI. Derechos de El Universal |
Cómo piensan,
sienten y sueñan
los bebés. Ya esté despierto o soñando,
su mente es muy
activa. Tiene
que aprenderlo
todo y ha de
construir una
parte del cerebro
Por José Calos Siegrist
Antes se creía que los bebés en sus primeros meses eran pasivos y poco sensitivos, que su mente estaba en letargo y que no se interesaban por su entorno ni por establecer comunicación, salvo llorar para pedir alimento o quejarse de sus molestias. Y se creía que no eran capaces de pensar hasta que aprendían a hablar y su cerebro les permitía expresarse verbalmente. Hoy sabemos que no es así.
Utilizando nuevas tecnologías, como rastreadores oculares (siguen y analizan la mirada del bebé para saber qué prefiere o qué le sorprende) o la monitorización cerebral (revela qué zonas del cerebro se activan cuando un pensamiento cruza la mente), los investigadores han demostrado lo que muchos padres ya intuían: que los bebés son conscientes desde el principio del mundo que les rodea y están interesados por explorarlo; que expresan lo que sienten y piensan con sutiles gestos y miradas, antes de hablar, y que su cerebro evoluciona tanto en los primeros meses, gracias al mejor método de estimulación que existe (el contacto afectivo con los padres), que al cumplir medio año ya disponen de conocimientos y capacidades sorprendentes para esa edad.
Fabricando el órgano perfecto
Ningún ser nace tan desvalido como el bebé humano, ya que su cerebro, el más complejo del reino animal, necesita más tiempo fuera del útero para desarrollar sus funciones. Al principio ni siquiera controla sus movimientos (sus nervios tienen que recubrirse de una capa conductora, la mielina, que los hará más eficaces) y tardará unos seis meses en coordinar el ojo y la mano para alcanzar objetos, siete u ocho meses en gatear y cerca de un año en caminar y pronunciar sus primeras palabras. Pero eso no significa que su mente no esté activa en estos meses, todo lo contrario: con cada nuevo estímulo que le llega a través de los sentidos, con cada experiencia exitosa en sus intentos de comunicación y con cada certeza que obtiene en respuesta a su curiosidad, las neuronas extienden sus ramificaciones y se conectan mediante chispazos eléctricos, creando los circuitos por los que discurre el pensamiento. Así, entre los dos y los cinco meses se forman en su cerebro más conexiones que en ningún otro momento de su vida; entre los seis y los ocho meses elimina o "poda" las que no le son útiles y refuerza las restantes, y desde los 12 meses el cerebro seguirá aprendiendo, pero utilizando estas "autopistas de la información". El esfuerzo mental que hace el bebé para entender cómo funciona el mundo, él mismo y las personas con las que interactúa, crea sustancia gris (formada por las neuronas y sus filamentos). Por eso su cerebro pesa el doble al año de nacer y el triple a los tres años, y emplea 50% más de energía que el de los agotados adultos que le rodean.
Antes de los seis meses los bebés ya tienen nociones de física intuitiva y de matemáticas, DIFERENCIAN los idiomas y archivan sus fonemas, son buenos fisonomistas... |
En la emoción está la clave
Al investigar con nuevos métodos el asombroso
proceso del desarrollo mental, a los científicos les
ha sorprendido lo temprano que adquieren los bebés algunas capacidades. Han demostrado, por ejemplo, que antes de los seis meses ya tienen nociones de
física intuitiva y de matemáticas, diferencian los
idiomas y archivan sus fonemas, son buenos fisonomistas... Y a los ocho-diez meses poseen
un "sentido ético": se identifican con una marioneta "buena", que ayuda a otra a subir una cuesta, y rechazan a la marioneta "mala" que se lo impide.
Pero el descubrimiento más importante es que en
este primer año se forman los circuitos neuronales relacionados con la afectividad y el comportamiento, que marcarán la actitud del niño ante la vida y ante los demás y condicionarán todos sus aprendizajes futuros. Lo bueno es que, para que estas estructuras se desarrollen bien, no es necesario (ni es conveniente) mostrar al bebé números o programas educativos, sino dedicarle tiempo sin estrés, darle mucho amor, jugar con él y hacerle feliz. Ningún ser nace con el cerebro tan inmaduro, pero al cabo de unos meses de esta "estimulación inteligente", ningún
otro está tan capacitado para aprender.
Cuando le tocas
Al nacer, tu hijo siente que para sobrevivir tiene que apegarse a ti, estar en contacto con tu cuerpo. Y de todos los estímulos que ahora recibe, olores, luces, sonidos...,
tu tacto afectivo es el que más le gusta y más profundo le llega. Déjate llevar por
el impulso de cogerle y besarle, ya que es lo mejor para que desarrolle un cerebro emocional sano. Con tus caricias su tono corporal se relaja y su cerebro secreta hormonas neurotransmisoras como oxitocina (confianza y apego), serotonina (bienestar) o dopamina (placer), que conectan a las neuronas en circuitos de "pensamiento positivo" y aflorarán en sus futuras relaciones. En cambio, los niños
que no son abrazados a menudo en sus primeros meses desarrollan hasta 30% menos el cerebro, lloran más, son más inseguros, y de mayores pueden convertirse
en eternos buscadores de afecto o en personas que rechazan la comunicación.
Cuando llora
Es su único recurso para decirte: necesito ayuda. En las primeras semanas llora de
la misma forma cuando tiene hambre, dolor, miedo o alguna incomodidad, pero poco
a poco el llanto se va diferenciando y tú también vas distinguiéndolo, a medida
que pruebas cosas para calmarle. Es esencial atender a su llanto e intentar consolarle, aunque no sea fácil: así el bebé aprende que su primer lenguaje es eficaz, que provoca una reacción en sus padres, y comprueba que puede calmarse tras sentir emociones fuertes. Llorar es una reacción instintiva que nace en la amígdala, una región primitiva en lo más profundo del cerebro, pero tus cuidados amorosos hacen que esta señal pase también por el lóbulo frontal, que maneja con inteligencia las emociones. Se ha demostrado que los bebés que lloran sin conseguir compañía desarrollan una baja autoestima (mis necesidades no merecen atención) y una
pobre empatía (entender lo que sienten los demás).
Cuando está abstraído
Parece que no hace nada, pero se ha comprobado que cuando permanece
despierto y calmado, su actividad mental no disminuye: puede estar distraído
mirando las sombras, o escuchando los sonidos de la casa, o su conversación... Para evolucionar, su mente necesita suaves estímulos afectivos (palabras, miradas, besos...) y sensoriales (un móvil de cuna, música, más palabras, más besos...), pero también esos ratitos de calma.
Cuando te mira a los ojos
Su vista se va agudizando con el paso de los meses, pero desde el primer día puede enfocarla perfectamente en objetos situados a 20-25 cm. Es justo la distancia que hay entre sus ojos y los tuyos cuando le amamantas o le tienes en brazos, un "truco" de la naturaleza para que vuestras miradas se encuentren y se cree el vínculo emocional, que les dará fuerzas y confianza a ti y a él. Los bebés vienen al mundo pre-programados para fijar su atención en las figuras con forma de cara humana, más que en cualquier otra. Y a la semana de nacer, ya identifican el rostro de su madre. Sus diálogos de miradas, que tú acompañas con palabras y gestos, le incitan a la imitación, proceso imprescindible para el aprendizaje y le preparan para ser sociable en el futuro.
Cuando sueña. Cuando
observa sus manos
Está dormidito, tranquilo..., y de repente se agita, hace muecas y sus ojos se mueven bajo los párpados. Ha entrado en la fase REM ("movimiento rápido de los ojos"), está soñando. Los bebés sueñan más que nosotros: de las 16 horas que duermen al día, 50% son de sueño paradójico (20% en los adultos). Y aun sueñan más antes de nacer (los prematuros pasan 90% del tiempo que duermen en fase REM), por eso se dice que el nacimiento es como el despertar de un largo sueño. ¿Y con qué puede soñar un bebé? Con las sensaciones y experiencias diarias que le llaman la atención, así como con los recuerdos de las que vivió en el útero. Así rebobina, procesa y desecha o asimila lo nuevo que va experimentando. El sueño REM es una fase tan activa mentalmente como la vigilia y contribuye al crecimiento físico del cerebro.
Un bebé recién nacido no tiene conciencia de sí mismo, se cree una parte del todo (y después, una parte de su madre). Con tus caricias le haces sentir su cuerpo preparándole para este aprendizaje, que se acelera al descubrir sus manos: en el primer mes las mantiene cerradas, en el segundo empieza a abrirlas y hacia el tercer mes se da cuenta de que son suyas y puede moverlas como quiera. Mientras las observa y juega con ellas, en su cerebro superior se activan las zonas relacionadas con la conciencia y la voluntad.
Cuando te sonríe
La sonrisa del bebé de pocos días, cuando está satisfecho, no tiene intención comunicativa. La verdadera sonrisa aparece a los dos o tres meses, en respuesta a la tuya: un día te mira muy serio, como siempre, tú le sonríes y ves cómo se levantan las comisuras de sus labios. Ésa sí es una sonrisa dirigida a ti, con la que te dice que, a pesar de todo lo que has pasado, lo estás haciendo bien. A partir de entonces tu hijo sonreirá cada vez más, acompañará sus sonrisas de gorjeos y hacia los seis meses soltará sus primeras carcajadas. La zona del cerebro que se activa cuando el bebé sonríe es el lóbulo frontal izquierdo, que maneja el lenguaje y que archiva los recuerdos agradables.
Cuando le hablas
Desde antes de nacer existe actividad mental en el área del cerebro relacionada con el lenguaje. Al nacer, tu bebé guarda memoria auditiva de la vibración de tu voz, que es su mejor música. Se ha demostrado mediante neuroimágenes que los bebés también vienen pre-programados para prestar una atención especial a la voz humana. Y que con sólo un día ya diferencian la voz del padre y la de la madre. Háblale mucho desde el principio haciéndole reparar en los detalles, practica con él el "tenis bucal" respondiendo a sus gorjeos, emplea ese tono más agudo que te sale espontáneo... Se ha calculado que los niños entienden entre 11 y 343 palabras antes de empezar a hablar.
Cuando explora un objeto
Para poder conocer las características de los objetos (forma, tamaño, peso, textura...) y las leyes naturales (unas cosas flotan y otras se hunden; si doy un golpe, suena; los juguetes que tiro caen al suelo...), el bebé procede como un auténtico científico: utiliza el método de ensayo-error, repite las acciones que dan resultado, hace ingeniosas asociaciones para extraer conclusiones que aplica a otros experimentos... Su primer órgano de exploración es la boca, que es muy sensible y además le da placer. Pronto se suman las manos, cuando puede sujetar algo en ellas (tres meses), manipularlo (cuatro-cinco meses), agarrar lo que ve (seis meses) y soltarlo (siete meses). Así, mientras juega, puede estar descubriendo el principio de Arquímedes, la ley de la gravedad, la de causa y efecto, la anticipación, la imitación... En su cabeza, en el córtex prefrontal, sobre las cejas, se desencadenan tormentas eléctricas conectando neuronas.
Cuando pone cara
de sorpresa
Te has cambiado de peinado,
te asomas a su cuna y ¡te mira sorprendido! ¿Se habrá dado
cuenta? Sí. Los bebés adquieren
muy pronto una idea de cómo son
y cómo han de suceder las cosas,
y abren los ojos como platos si algo
no ocurre como esperaban. Se
ha probado en experimentos como
el usado para descubrir su capacidad matemática (si la suma de 1 + 1
objetos no sale, se extrañan) o uno
en el que colgaron mesas y sillas del
techo: todos los bebés, de cuatro meses, miraron hacia arriba frunciendo el ceño.
El toque de un ángel
Para todo bebé ese ángel eres tú. De todos los estímulos que reciben los pequeñines, es el tacto afectivo de la madre el que más les gusta y también el que más profundo les llega. Está más que comprobado que la mejor manera de que un recién nacido desarrolle un cerebro emocional sano es sintiendo, constantemente, las caricias y los besos de la madre. Los niños que no son abrazados en sus primeros tres meses desarrollan hasta 30% menos su cerebro, lloran más, son inseguros y de mayores pueden tener problemas de comunicación o convertirse en eternos buscadores de afecto. |