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Las Top de los cincuenta
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Cuando en la Venezuela de la década
de los cincuenta se requería de una cara bonita para
ilustrar la portada de una revista, era común que los
editores las encontraran entre las niñas de la alta
sociedad caraqueña. Estampas, una publicación
que daba sus primeros pasos por aquellos años, no se
escapó de esa costumbre y encontró en las bellas
chicas de la high society, el cardumen perfecto. Y
es que la práctica era moneda corriente y así
lo demuestran las jóvenes que ingresaban al certamen
de Miss Venezuela; todas ellas de abolengo y sonoro apellido.
Así pues, en las portadas de 1955 -año en que
por cierto, Susana Duijm rompió con la exclusividad
de las niñas ricas al ganar el reconocido concurso
nacional-, se encuentran en Estampas los rostros de
bellas damas como Lolita Winckelmann (madre de Richard Boulton),
María Beracasa de Bencecry, y una muy joven y bella
Carolina Pacannins, hoy conocida (y mundialmente) como Carolina
Herrera. Muchas de ellas aparecen posando, con su mejor sonrisa,
y sin mayores afeites y efectos de producción. Resulta
curioso, además, que dichas jóvenes no eran
entrevistadas en la publicación ni tampoco alguna pequeña
editorial justificaba su presencia en la portada. Eran, sin
mayores explicaciones, las top models de la época.
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Vuelta al mundo
en ochenta rostros
Carla Tofano
Lo mejor de ser chica es que puedes verte
como otra persona sin sentir el menor remordimiento por ello. Incluso
puedes querer ser otra persona y no sólo proclamarlo a los
cuatro vientos sino, además, trabajar asertivamente en tu
propia transformación.
A pesar de la apacible o estoica
fachada que proyectamos la mayoría de las féminas
en apariencia conformes y seguras de nuestras propias bondades estéticas
y éticas, siempre somos vulverables al deseo de transmutación
que nos sacude la médula espinal y nos obliga a recrearnos,
con gracia, lujuria y poderosa imaginación, a imagen y semejanza
de nuestras volátiles fantasías. En mi caso, para
convertirme en otra, o ser por una noche lo mejor de mí misma,
además de los tintes de cabello, las uñas postizas
y los trajes de escándalo, me apoyo en la amplia gama de
opciones que ofrece el inagotable mundo del maquillaje, definitivamente,
un arma de rigor para una mujer caprichosa.
Alucino con las opciones al alcance de mis labios, mis cejas, mis
pómulos, mis ojos; lo mismo que con los posters de las mujeres
más bellas del modelaje sacudiéndome la cabeza desde
impecables campañas publicitarias, creadas para consolidar
la imagen de lujo, calidad y placer de las firmas más reputadas
de la cosmética mundial. Veo a las modelos y me alimento
de ideas perversas, en relación con las posibilidades que
aún no he explorado en mi propio rostro. Deliro con la idea
de sentirme como una página en blanco, como un lienzo ideal
para dar lugar a mi mejor y menos predecible obra de arte.
Las opciones de las tiendas especializadas en materia cosmética,
e incluso las opciones de mi estuche de maquillaje personal, son
fabulosas y no deben ser desestimadas por nadie que viva con el
deseo de ver la vida desde su mejor crisol. Labiales brillantes,
pinceles para la aplicación de toda clase de polvos sueltos,
pinzas anatómicas para delinearte las cejas, espejos bifocales,
sombras escarchadas, en tonos mate, cítricos o metálicos.
Sin pasar por alto las bases para un acabado eléctrico, moderado,
bronce o melocotón; los lápices delineadores de ojos
y labios en centenares de tonos; los rubores en múltiples
posibilidades cromáticas; y todo, absolutamente todo, siempre
al alcance de tu rostro y a la medida de tu imaginación,
siempre que no te traicione el buen gusto y la asertividad estética.
En las tiendas de maquillaje de alta categoría hay probadores
de todos los productos en exhibición para sembrar en tu pecaminosa
conciencia de consumo la semilla del descontrol. Yo, lo confieso,
me rindo, me multiplico en un instante, se me olvida mi tipo físico,
mis prioridades, las limitaciones de mi estilo de vida y, en un
instante, lo quiero todo. Quiero el brillo iridiscente de una chica
adolescente, quiero las pestañas postizas de una mujer de
cabaret, quiero el rostro misterioso de una mujer bohemia, quiero
el lujo y la sofisticación de una mujer exquisitamente snob,
quiero el minimalismo y la pulcritud de una chica contemporánea
y moderada, quiero el sentido de riesgo de una mujer provocadora
y quiero mil rostros más, para darle la vuelta al mundo repleta
de satisfacción.
La vida siempre me ha parecido más restrictiva que divertida,
por eso me desquito, me maquillo, y me redescubro como la única
responsable de mi expresión y mi apariencia. Es mi responsabilidad,
como ser creador -¿y quién no lo es?- que los demás
vean en mi rostro, fragmentos de mi inspiración, de mi dolor,
de mis certezas, de mis destrezas y de mi belleza.
Por eso, para cada ocasión quisiera ser una mujer distinta
o una parte distinta de la mujer que soy. A veces lamento tener
siempre el tiempo en contra y responder a cabalidad con el molde
de la mujer moderna. Bien me gustaría empolvarme la nariz
en una peinadora como la Marquesa de Merteuil en Relaciones Peligrosas.
Voto por las pelucas, por los bucles, por los moños, por
ponerse mucho brillo un día y al día siguiente muy
poco. Estoy a favor de lo postizo empleado en servicio de la expresión
genuina.
Mis ojos son oscuros y mis labios grandes, sin embargo, gracias
a las inmensas bondades del maquillaje he podido descubrir mil rostros
en mi rostro y he logrado darle la vuelta, al mundo de los otros,
centrada en mi abnegada voluntad de transformación. l
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