| La
prueba del coeficiente de inteligencia
cumple 100 años
¿Está nuevamente de moda
la prueba de inteligencia? Wendy Berliner
Todo comenzó porque un niño
rico no logró obtener altas calificaciones en sus exámenes
de matemáticas en la Universidad de Cambridge, Inglaterra.
Al contrario que otros que siguieron su camino, Francis Galton no
quería dejar su “fracaso” atrás.
Llegó a crear un movimiento que le arruinó la vida
a cientos de miles de personas, aunque hizo que un pequeñísimo
grupo se sintiera muy complacido consigo mismo.
Sí, se trata del centenario de la prueba del coeficiente
de inteligencia, una idea que primero surgió de una guardería
centrada en la eugenesia y luego se transformó en una manera
de identificar a los jóvenes con necesidades especiales.
Es un sistema que ha sido más
vilipendiado que el fiscal de tránsito común, aunque
todavía conserva cierto atractivo magnético. En Estados
Unidos se ha usado para “probar” que la gente blanca
es más inteligente que la negra. En Inglaterra se emplearon
hasta mediados de los años sesenta. Pero, ¿está
por recuperar su popularidad?
Como prueba que se aplica al ingresar
a la universidad, cuenta con sus partidarios. Peter Lampl, el filántropo
millonario del Reino Unido que ha asesorado al Higher Education
Funding Council for England, es un entusiasta del SAT (Scholastic
Aptitude Test), prueba psicométrica de selección múltiple
que deben superar todos los candidatos a estudios universitarios
en EEUU, la cual combina secciones que miden el coeficiente de inteligencia
con partes de contenido.
La National Foundation for Educational
Research (NFER) de Gran Bretaña aplicó una de las
pruebas del SAT en el Reino Unido, en la cual participaron 1.200
alumnos de escuelas secundarias en barrios pobres. La experiencia
reveló que 30 de los candidatos habrían calificado
para alguna de las mejores universidades de EEUU, aunque sólo
uno habría obtenido el puntaje necesario para ingresar a
Oxford o Cambridge.
Si los resultados se extrapolan a todo
el país, entonces a cientos de estudiantes capaces, aunque
pobres, se les estarían negando cupos en las mejores universidades.
El coeficiente de inteligencia es la
relación entre la edad mental —determinada por una
prueba— y la edad cronológica, a menudo expresada como
un cociente multiplicado por 100. El promedio sería 100:
cerca de 148 bastaría para que usted perteneciera a Mensa,
el club de gente con alto coeficiente de inteligencia que cuenta
con Sharon Stone entre sus miembros. El coeficiente de los genios
es mucho mayor.
Francis Galton comenzó a rodar
la bola en 1882, cuando estableció el primer centro de pruebas
mentales del mundo en Londres. Estuvo influenciado en gran medida
por la teoría de la evolución de su primo, Charles
Darwin, expuesta en El origen de las especies. El libro del
propio Galton, Hereditary Genius (La herencia del genio),
estudió a mil personas de 300 familias para respaldar su
teoría de que el talento humano podía transmitirse
de generación en generación.
Galton era el menor de siete hermanos
de una familia rica e influyente. Su hermana mayor —le llevaba
12 años— era enfermiza y se encargó de sus primeras
enseñanzas. A los dos años y medio podía leer
relatos sencillos, mientras que a los cuatro sabía algo de
francés y latín. Su familia pensó que realizaría
grandes logros académicos, pero no fue así.
Se obsesionó con la naturaleza
de la inteligencia y comenzó a creer que la educación
no era un factor crucial. Galton sintió que la única
esperanza para mejorar la sociedad era una raza superior de humanos,
por lo que necesitaba encontrar una forma de evaluar la inteligencia
de un individuo mientras éste aún estaba en edad de
tener hijos. Así que se trazó como meta —a través
de su centro de pruebas, el cual cobraba a la gente tres peniques
por cada test— medir la inteligencia a través de los
sentidos. Utilizó cuestionarios psicológicos —fue
el primero en hacerlo— y preparó el camino para importantes
conceptos estadísticos.
Así que el escenario estaba preparado
cuando, en 1914, el gobierno de Francia le pidió a Alfred
Binet, un psicólogo de ese país, que creara un método
para identificar a los niños con incapacidad mental y poder
enviarlos a escuelas especiales —la primera prueba de coeficiente
intelectual—. Su trabajó acuñó el concepto
de edad mental, pero él nunca creyó que la inteligencia
pudiera ser representada por un simple número y, aunque pensaba
que las personas tenían un techo o límite intelectual,
consideró que pocas lo alcanzaban alguna vez y que la inteligencia
se podía enseñar.
Era un punto de vista que prácticamente
no sería tomado en cuenta hasta la década de los años
sesenta. Los procesos de Binet fueron continuados, pero siguiendo
el estilo exclusivista de Galton.
John White, profesor emérito
de Filosofía de la educación en el Institute of Education
de Londres, no tiene tiempo para pruebas de coeficiente intelectual.
“Su único valor es como herramienta para crear confusión”,
señala. “Implantó en la mente de la gente la
noción de que había formas de pensar mejores que otras.
Las ideas que sobrevivieron sobre la inteligencia no fueron útiles”.
Algunos políticos británicos
comenzaron a entusiasmarse con la investigación en torno
a la inteligencia en los años 20 y 30, la cual respaldaba
la teoría de que el coeficiente de inteligencia era inmutable
y las pruebas de inteligencia confiables. Aunque ahora muhos consideran
que esas investigaciones estaban erradas, los políticos empezaron
a ver las pruebas de inteligencia como una manera de abrir buenas
escuelas para los alumnos de familias de clase trabajadora.
“Los partidarios sugerían
que la inteligencia era algo innato que fija un límite al
logro intelectual, que era la capacidad de pensamiento abstracto
y que deberíamos clasificar a la gente de acuerdo con sus
habilidades en esta área”, señala White. “Pero,
¿por qué? El único motivo para tomarlo en cuenta
ahora es para condenarlo”.
Ciertamente, la teoría de la inteligencia ha avanzado considerablemente
en el último siglo. La teoría de inteligencias múltiples,
planteada por Howard Gardner, docente de Harvard, por primera vez
hace 20 años y profundizada una década atrás,
sugiere que hay varias formas de inteligencia —interpersonal,
intrapersonal, espacial, kinestésica, incluso existencial—,
además de las definiciones más tradicionales y aceptadas.
Bob
Burden, profesor de Psicología educativa aplicada de la Exeter
University, Inglaterra, ni siquiera cree que exista la inteligencia.
“O, en caso de que exista, debería usarse sólo
como un adjetivo o un adverbio y no como un sustantivo”, indica.
“Es sólo una construcción hipotética
que los psicólogos han usado para describir cómo se
comporta la gente. En la selva amazónica me comportaría
de una manera mucho menos inteligente que en este trabajo. Y si
mi auto sufre alguna avería, abro el capó y espero
que alguien venga a ayudarme. Simplemente depende del contexto”.
Ello no significa que ya no haya espacio
para las pruebas de inteligencia, como lo demuestran las sólidas
ventas por parte de NFER-Nelson del material para la aplicación
de pruebas. Se utilizan, por ejemplo, en exámenes de selección
de personal y, por supuesto, en las pruebas para ingresar a Mensa.
Sylvia Herbert, presidenta del directorio
de Mensa en el Reino Unido, desea que las pruebas de inteligencia
se apliquen a niños en la escuela, de forma que su potencial
pueda ser detectado tempranamente. “Me gustaría que
todo el mundo alcanzara su potencial”, señala. “Creo
que ahora es más divertido ser listo”.
Las pruebas de inteligencia no están
por ser implantadas nuevamente en el Reino Unido, pero la posible
adopción de una prueba de aptitud académica en ese
país podría llevar esta clase de test de regreso a
los principales métodos de selección de los estudiantes.
Dadas las obsesiones de Galton, sería irónico si por
descuido les hubiera proporcionado a los estudiantes no tradicionales,
cuyas familias no rebozan de “genio heredado”, la llave
para entrar precisamente en la universidad en la cual sintió
que había fracasado. Quizás sea el tributo de aniversario
más adecuado para un sistema que en lo que a potencial se
refiere ha causado más bajas que sobrevivientes saludables
durante sus cien años de existencia.l
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