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  Thelma and Louise
Rosa Elena Pérez

Mi prima y yo somos Thelma and Louise viajando entre Caracas y Mérida. Ella tomando un espumoso y humeante café con leche en los bares que a veces visitamos a orilla de carretera, y yo ingiriendo mi copa de vino tinto llena hasta el tope de ese líquido de sangre que se desborda goteante por el cristal. Mi prima y yo somos hoy más que nunca, e irremediablemente, Thelma and Louise, tropicalizadas, por supuesto, con el sol asido a nuestras pieles y buscando libertad, ya no entre las formaciones arenosas de Arizona, pero sí en medio de las edificaciones de cristal, concreto, ladrillo, bloque y cartónpiedra de nuestra postmoderna ciudad de Caracas y las cordilleras de aquella ya no tan cortés Ciudad de los Caballeros. Unas veces esquivamos a la adorable vorágine masculina y otras, abriendo bien los ojos en la perplejidad de la noche y mientras escuchamos el canto de las ambulancias y los grillos, nos emocionamos con un ejemplar que, ojalá, alcanzara o superara el estricto baremo que cercano a los cuarenta y en este nuevo celibato nos hemos autoimpuesto.

Nuestra lista de cotejo cuenta con innumerables y minuciosas especificaciones técnicas, entre las cuales destacan la manida “que tenga casa propia”; la cada vez más endeble “holgura económica” y la casi obligatoria “que posea vehículo en buen estado”. Acompañamos tales especificaciones con un apretado inventario de cualidades que dibujan un perfil que ni Brad Pitt, a saber: inteligente y creativo, atractivo y sensible, sin ningún otro compromiso emocional adquirido que no sea el de sus propios hijos —si los tuviere—, solidario, con buen humor, cariñoso, culto, buena gente, comunicativo, familiar y honesto, muy honesto, honestísimo, por favor. Y que nos ame. Así, nuestro mapa del tesoro personal queda conformado como una especie de sueño inalcanzable en el que le pedimos al universo que conspire a nuestro favor y termina trazadísimo con todo detalle y precisión, nuestro boceto utopista, nuestra Nusquama particular o país de ninguna parte. De modo que, en cuanto aparece una posibilidad interesante y montamos la retícula encima del segmento de realidad con pantalones y algo más que se tropieza con nosotras, a ver si todas las coordenadas coinciden, nuestra escala de estimación o instrumento evaluativo queda más que nunca en el papel y ni en lontananza ese representante del género masculino se parece al proyecto laberíntico que hemos diseñado. Hacemos, entonces, borrón y cuenta nueva y, apresuradamente, ensartamos nuevos adjetivos en los que no habíamos pensado, matizamos los que nos eran fundamentales antes y empezamos a preguntarnos, con enormes dudas, si los desvíos del camino —polvorientos y fantasmales a veces— irán enriqueciendo o, más bien, deteriorando el producto final deseado.

Mi prima y yo, cual cowgirls venezolanas, ensillamos nuestro descapotable y nos vamos por los caminos vitales buscando y encontrando, no huyendo. Partimos de la Sucursal del Cielo con el tanque lleno y vamos parando en las distintas estaciones hasta que nos topamos con uno de esos machos torpes y engreídos, a quien ni siquiera le brindamos nuestra atención, pues, sabemos que él un día encontrará su muerte natural.

Así, nuestra Thelma and Louise termina siendo una caricatura frente a la road-movie original, ya que los hombres no nos persiguen, somos nosotras las que perseguimos no un varón exactamente, sino un ideal de varón; ellos no nos hacen daño, somos nosotras mismas quienes caemos en nuestras propias trampas y nos autolesionamos. Por último, lo más positivo de todo, es que no somos suicidas, ya que no nos lanzamos al vacío geográfico, aunque sí al emocional y, en caída libre, vamos haciéndole honor a la célebre frase “conócete a ti mismo”.

Aun con el casting incompleto, tenemos la esperanza de que sea rodada nuestra parodia particular del filme, a pesar del tedio que a veces producen las andanzas adolescentes a destiempo. l

 
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