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Asesinato confuso

A Sal lo asesinaron sus dos socios,
pero ¿con la ayuda de su viuda?

Sal Antonio no era gentil con su familia;
se ganaba la vida vendiendo drogas
y tenía un prontuario de pequeños crímenes de un kilómetro de largo.
Sin embargo, ello no era motivo para que sus amigos Vince Saetta y Sam Faracci le metieran cinco plomazos en el cuerpo y, para asegurarse, lo apuñalaron 15 veces en el cuello y la cabeza. Pero él no murió fácilmente. Era la Semana Santa de 1932, cerca de las 4 de la madrugada, cuando dos estudiantes de la escuela de Leyes
de Albany encontraron al perforado delincuente tirado en el camino frente a la institución académica. Llevaron rápidamente al hombre, herido de gravedad, al Memorial Hospital de Albany.

En cuestión de minutos, los detectives de homicidios se presentaron en el hospital. También acudió la esposa de Sal, Anna, aunque nadie recordó haberla llamado para comunicarle la trágica noticia. En ese momento, el asesinato no causó mucho revuelo. Parecía ser un ajuste de cuentas entre criminales.

Sus dos socios en el negocio de las drogas, Vince Saetta y Sam Faracci, se convirtieron en los principales sospechosos. Cuando la policía trató de interrogarlos, no se les pudo encontrar por ninguna parte. Sus descripciones, así como las características de su vehículo, se distribuyeron extensamente.

Unos pocos días después fueron detenidos cerca de Poughkeepsie, junto con la novia de Faracci, Gertrude King. Faracci confesó tres días después de ser arrestado; básicamente dijo que había salido en el auto con su amigo y no tenía nada que ver con el asesinato. Cuando detuvieron el vehículo, él se había alejado para inyectarse algo de heroína. Cuando regresó, Vince le dijo: “Acabo de abalear y apuñalar a Sal. No digas nada de esto”.

Vince, quien estaba en una celda adyacente cuando su amigo cantó, ahora ardía en deseos de contarlo todo; él relató que Anna Antonio le había telefoneado el 27 de marzo para fijar una cita. Se reunieron y ella le dijo que quería deshacerse de su esposo; para ello le pagaría 500 dólares. Vince aceptó el trato y le dijo que necesitaría a un ayudante. Unos días después, se reunió de nuevo con Vince y le dio un anticipo de 40 dólares.

Vince prosiguió declarándole a la policía que se reunió con Faracci y hablaron sobre el asesinato. Faracci sabía que Vince y Sal habían discutido recientemente y creía que ése era el motivo del asesinato que le proponía. Él aceptó ayudarlo de inmediato. Juntos compraron un cuchillo.

Según relató Vince, concertaron una cita con Sal para visitar una casa de mala reputación en la cercana población de Hudson. Los tres hombres estaban de regreso cuando Vince sugirió que se detuvieran en un trecho solitario del camino para orinar. Cuando Sal le dio la espalda, Vince le hizo cinco disparos.

Faracci, quien estaba un poco más allá, corrió hacia Vince, quien le dijo: “Saca tu cuchillo y remátalo. Haz tu trabajo”. Faracci lo obedeció.

Los dos hombres se alejaron en el auto, destruyeron el arma y arrojaron los pedazos. Habían extraviado el cuchillo cerca de la cabeza de Sal; luego fue encontrado a un lado del camino.

Al regresar al cuarto que Vince tenía alquilado, ambos hombres se lavaron. Vince telefoneó a la esposa del asesinado y le dijo que el trabajo estaba hecho y que llevara todo el dinero que tuviera, de forma que ellos pudieran marcharse de la zona. Anna se presentó con otros 40 dólares y la promesa de que reuniría el resto. Luego ella corrió al hospital.

Los dos hombres pasaron recogiendo a la novia de Faracci, condujeron hasta la ciudad de Nueva York y estaban regresando cuando fueron arrestados en Poughkeepsie. Ésa fue la historia de Vince, en la que involucró a Anna Antonio. La policía creyó la historia y arrestó de inmediato a la mujer; ella que pesaba apenas 50 kilos, parecía más una niña que la madre de tres pequeños y la reciente viuda de un gángster de poca categoría y vendedor de drogas. Los detectives la interrogaron. ¿Cómo supo que Sal estaba en el hospital si nadie le había informado de la suerte de su esposo? Respondió que había recibido una llamada anónima, en la cual le indicaron que su esposo estaba muy mal herido o muerto. Desafortunadamente, ella había mostrado poco pesar en el hospital. Reconoció que su esposo la había tratado como a una esclava, la había golpeado y con frecuencia la había obligado a dejar el hogar de ambos. De hecho, no le importaba si su esposo vivía o moría. Anna admitió que conocía a Vince y que se había reunido con él, pero luego sus historias diferían.

Afirmó que Vince odiaba a su esposo. Él le dijo que mataría a Sal, pero ella no le creyó y no previno a su esposo porque él sabía cuidar de sí mismo. Anna confirmó que Sal tenía un seguro de vida por 5.300 dólares con una cláusula de doble indemnización, y que ella aparecía como beneficiaria.

Anna Antonio, Vince Saetta y Sam Faracci fueron acusados de asesinato en primer grado. Los tres fueron enjuiciados juntos.

Los principales testigos en el juicio fueron los propios acusados. El primero en declarar fue Faracci. Él agregó poco a lo que ya sabemos.

Sam afirmó que su actuación fue sólo asistir a su amigo. Vince repitió la historia que ya había relatado a la policía en su confesión; ésta implicaba totalmente a Anna.

La viuda fue la única de los tres que cambió su historia, probablemente por consejo de su abogado. Ahora pretendía ser una amante esposa que realmente se preocupaba por su esposo. Afirmó que había mentido antes porque temía que Vince la asesinara. En realidad, era él quien odiaba a Sal debido a un negocio con drogas que terminó mal. Pero no le creyeron. Los tres acusados fueron encontrados culpables y sentenciados a morir. El 28 de junio de 1934 se decidió que los tres conspiradores morirían en la silla eléctrica de Sing Sing.

El día señalado, Anna tenía la cabeza rasurada y recibía consuelo espiritual cuando Vince Saetta pidió hablar con el alcalde Lawes y confesó, absolviéndola de toda culpa en el asesinato. El alcalde estableció contacto con el gobernador Herbert Lehman. Mientras los verdugos y los testigos permanecían presentes, la máxima autoridad del estado concedió un aplazamiento de la ejecución para los tres.

Ahora Vince declaró que todos los detalles que dio sobre el asesinato habían sido correctos, salvo que había asesinado a Sal para desquitarse; la viuda no tenía nada que ver. La Corte de Apelaciones estudió la nueva historia de Vince. Los jueces consideraron que esta última confesión era una estratagema para obtener un nuevo juicio y salvar su propio pellejo.

Un empleado de Sing Sing, Michael Dambroise, juró que Vince le había dicho que su sentencia finalmente sería suspendida porque su caso involucraba a una mujer. Se fijó una nueva fecha de ejecución para el 9 de agosto de 1934.

Unos días antes de la fecha de la ejecución, otra extraña evidencia se divulgó.
El reverendo William A. Brown, de la Iglesia de San José, quien había administrado los últimos ritos de la iglesia católica a Sal Antonio la noche que murió en el hospital, ahora se presentaba para declarar que era él quien había llamado a Anna esa noche para avisarle sobre el grave estado de su esposo. Anna habría gritado, “¡Oh, Dios mío!”, y colgó el auricular para correr al hospital, antes de que el padre Brown tuviera oportunidad de decirle su nombre.

Condujeron a Anna desde su celda hasta la silla eléctrica. Sus últimas palabras fueron: “Tengo mi conciencia limpia. Siempre hubo mucha droga y armas en la casa. Pude haber matado a mi esposo en cualquier momento”. Se necesitaron cuatro minutos para que la diminuta Anna Antonio, ahora reducida a poco más de 37 kilos, fuera ejecutada. Minutos después,Vince Saetta y Sam Faracci, la siguieron a la silla eléctrica. l

Traducción: José Peralta. Ilustraciones: David Márquez

davidmarquez@cantv.net

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