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COMPLOT FAMILIAR



El hijo perdido era un fanfarrón que explotaba a sus propios padres para satisfacer sus necesidades


El 19 de mayo de 1983, Franz Reich y su querida esposa Christine entraron en una estación policial en St. Poelten, Austria, para notificar que su hijo de 20 años, Rudoff, estaba desaparecido. St. Poelten es una ciudad de unos 50.000 habitantes ubicada cerca de Viena. La comunidad, centro de un distrito agrícola, no tiene una alta tasa criminal. Los trabajadores campesinos dejan esas cosas a la gente citadina en Viena.

Se tomaron acciones de inmediato con relación al informe sobre el desaparecido. Los padres del muchacho estaban comprensiblemente angustiados. Christine luchó para contener el llanto mientras daba la descripción y una foto de su hijo a la policía.

Un detective interrogó extensamente a Franz y Christine y les aseguró que se haría todo lo posible para encontrar a Rudoff. También les informó que la mayoría de los adultos desaparecidos regresan por su propia cuenta en un lapso de 48 horas. Algunos simplemente desean estar solos por varios días; otros se escapan con un amante para experimentar un romance. La amabilidad del detective pareció confortar a la angustiada pareja.

Ese mismo día, otro detective visitó la granja de los Reich e interrogó al trabajador contratado de la propiedad, Alfred Koenig. El oficial también fue a granjas vecinas y visitó a gente joven que se sabía eran conocidos de Rudoff. Nadie tenía idea de qué le había ocurrido, pero varios expresaron sus sentimientos sobre el hombre desaparecido, que evidentemente tenía su carácter.

La pasión de Rudoff eran los autos. Les gustaban, los conducía y los destruía totalmente. En los últimos tiempos había desbaratado cinco vehículos debido a su deseo de romper la barrera del sonido en las traicioneras carreteras rurales de tierra austríacas.

Al momento de su desaparición le habían revocado su licencia, y ninguna compañía quería expedir una póliza a su nombre. Otro punto interesante relacionado con Rudoff era la evidente ausencia de novias en su vida. Todos los que lo conocían mencionaban que nunca salía a una cita y rara vez hablaba con alguien del sexo opuesto. Sus amigos comentaron que de ninguna manera estaban insinuando que fuera homosexual.

Por otra parte, Rudoff tenía reputación de ponerse a discutir cuando tomaba, y frecuentaba bares locales, donde se metía con hombres que eran más pequeños que él. El desaparecido también evitaba trabajar en la pequeña granja de sus padres. Preferiría salir corriendo a destruir un carro cada vez que se le antojara.
La policía de St. Poelten estableció contacto con la policía de Viena. Cualquier persona a quien podían encontrar en St. Poelten invariablemente terminaba en Viena. Pero no en esta ocasión. La policía vienesa no podía hallar a Rudoff. Revisaron los estacionamientos de autobuses y las estaciones de trenes. Nadie recordaba haber visto al hombre desaparecido salir de la ciudad. Se envió un detective a un área en que se sabía que la gente pide "una colita" al lado de un taller mecánico. Por casualidad, el encargado del taller había ido a la escuela con Rudoff y lo hubiera reconocido si lo hubiera visto al lado de su establecimiento.

La policía de St. Poelten se reorganizó. Los oficiales regresaron al principio. Los amigos de Rudoff no tenían idea de dónde estaba, y los vecinos tampoco sabían nada. Sin embargo, aparentemente no había salido del pueblo. Dos semanas después de que sus padres notificaron su desaparición, la policía no estaba más cerca de resolver el caso.


Decidieron investigar la historia de Rudoff para buscar alguna pista. Una cosa desconcertó a la policía. Dado que Rudoff no tenía una fuente de ingresos conocida y sus padres apenas lograban ganarse la vida con lo que producía su pequeña granja, ¿de dónde sacaba dinero para pagar por todos esos vehículos destrozados?

Una posible respuesta era comercio de drogas. Ésa era una forma de ganar dinero rápidamente. Los detectives de la división de homicidios se comunicaron con sus colegas de narcóticos. Se enteraron de que si bien había cierto comercio de drogas en la ciudad, éste se encontraba relativamente bajo control. La mayoría de los traficantes eran adictos y vendían droga para costear su hábito.

No había ningún registro que indicara que Rudoff estuviera relacionado con las drogas de alguna forma. La policía decidió inspeccionar la granja Reich, dado que para entonces los investigadores estaban seguros de que Rudoff había sido asesinado. Debido a que la granja fue el último lugar donde lo vieron, parecía ser el lugar lógico para comenzar y se formó un grupo de búsqueda. La propiedad era pequeña, pero el terreno era accidentado y se necesitó cierto tiempo para revisarla totalmente.

Mientras se realizaba la búsqueda del cuerpo, un joven detective tuvo una brillante idea. La granja Reich era inusualmente pequeña. Quizás recientemente habían vendido parte de la tierra. El detective comparó los registros de ventas con las fechas en que Rudoff había comprado autos de segunda mano. No había duda: poco después de cada venta de tierra se había producido la compra de un vehículo.

Justo cuando la policía estaba por abandonar la búsqueda, encontraron el cadáver de Rudoff en un rincón apartado de la propiedad, enterrado en una caja semejante a un ataúd. Cuando notificaron a sus padres del descubrimiento, éstos de inmediato confesaron su participación en el plan para eliminar a su propio hijo. Habían ordenado a su peón, Alfred Koenig, que realizara el asesinato.

Rudoff AZOTABA a su madre con un látigo. A menudo la golpeaba y la pateaba y la hacía gatear sobre sus extremidades como un perro

Franz, Christine y Alfred fueron interrogados individualmente: todos contaron la misma historia.

El recital de la llorosa Christine fue sin duda el más dramático. Relató que su hijo no sólo era un cobarde, sino también un sádico que obtenía gran placer al causar dolor a los vulnerables individuos más pequeños o débiles que él.

Toda persona a la que conocía terminaba huyendo de sus tendencias sádicas, hasta que se concentró en la única persona que no podía pelear ni huir: esa persona era su propia madre. Su padre Franz era muy débil para resistirse a su agresivo hijo y cedía ante cualquier deseo de Rudoff.

Rudoff azotaba a su madre con un látigo. A menudo la golpeaba y la pateaba y la hacía gatear sobre sus cuatro extremidades como un perro. Cuando quería comprarse un auto nuevo, obligaba a su padre a vender una porción de su granja. Poco a poco, la granja se redujo a una pequeña franja de tierra, la cual a duras penas podía mantener a alguien. Cada vez que Rudoff destrozaba un vehículo, enfurecía y golpeaba a su madre y a su padre.

Finalmente, no pudieron aguantarlo más. Christine intentó ahorcarse, y no lo hizo porque el peón Alfred Koenig se lo impidió. Los tres ocupantes de la diminuta granja sostuvieron una reunión, donde decidieron que el mundo sería un mejor lugar sin Rudoff. Lo matarían. Le dijeron a Alfred que él haría el trabajo. Por ser un empleado leal y obediente, aceptó el encargo. Alfred afiló su hacha. Mientras dormía, descargó el hacha directamente sobre su cabeza: Rudoff ya no atormentaría más a sus padres.

El cuerpo fue colocado en una caja y enterrado en un rincón alejado de la granja. Los conspiradores confesaron que sabían exactamente lo que estaban haciendo. Simplemente decidieron que Rudoff los destruiría si le permitían vivir.

El 2 de marzo de 1984, Franz y Christine Reich fueron condenados por homicidio culposo. Cada uno fue sentenciado a dos años de cárcel. Alfred Koenig fue encontrado culpable de la misma acusación. Recibió una sentencia de cinco años.

Traducción: José Peralta.

Ilustraciones: David Márquez. davidmarquez@cantv.net

 
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