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Incorregible hasta el final

Un asaltante continuó delinquiendo después de que supuestamente encontrara a Dios

Max Haines

¿Puede nombrar a dos infames asaltantes de bancos canadienses? Si usted tiene más de 50 años, quizás recuerde a Edmond Alonzo Boyd y su famosa banda. Es difícil recordar a otro de su misma calaña. También había otro forajido de su calibre. De hecho, Norman “Red” Ryan no sólo robaba bancos, sino que también engañó al sistema judicial de todo un país.

Red nació en Markham Street, Toronto. A los 12 años lo atraparon robando una bicicleta y lo acusaron de robo. Un juez bondadoso miró el rostro lleno de pecas del joven pelirrojo y le suspendió la sentencia. Cuando Red fue detenido robando pollos un año después, fue enviado al reformatorio St. John’s Reform School, pero gracias a su buena conducta regresó a las calles en cuestión de meses.

En 1912, arruinó una motocicleta en lo que hoy es Mississauga. La policía aprehendió al impetuoso joven y encontró objetos robados en su persona. En esta ocasión, el magistrado lo sentenció a cumplir simultáneamente cuatro condenas de 3 años y medio cada una. Ingresó en la Kingston Penitentiary a la edad de 17 años.

Se las arregló para no meterse en líos y obtuvo libertad condicional después de dos años con la condición de que permaneciera bajo la supervisión de su padre.

Pocos meses después, Red, junto con un compinche que conoció en la penitenciaría de Kingston, atracó la Dominion Express Co. en Parkdale, una operación a la que pronto se le sumó un atrevido robo a mano armada a la Toronto Piano Factory. En junio de 1915 fueron vistos en Owen Sound. Después de un tiroteo, Red fue detenido.

Por la travesura de Owen Sound, fue sentenciado a ocho años en Kingston. Recibió 12 años de cárcel por cada uno de los dos robos anteriores. Los fríos muros de Kingston se cerraron para Red Ryan por segunda ocasión. Celebró sus 20 años en la penitenciaría, pero el pelirrojo con una larga sentencia por cumplir recibió la visita de la fortuna.

En 1918, el gobierno de Canadá tomó medidas insólitas para llenar las filas del ejército. A los prisioneros les ofrecieron libertad a cambio de hacer servicio militar en ultramar. Red saltó ante la oportunidad de salir libre. Fue embarcado hacia Inglaterra donde desertó, se unió a la Marina Mercante con un nombre falso y, en 1921, regresó a Toronto.

Red Ryan regresó a la ciudad en busca de bancos que asaltar. En Hamilton atracó el Union Bank. El botín fue la atractiva suma de 5.000 dólares. Otros bancos fueron presa de Ryan y su compinche, George McVittie. Despojaron al Bank of Hamilton de casi 4.000 dólares antes de dirigirse a Montreal, donde fueron arrestados mientras estaban ocultos en el YMCA.

El 9 de diciembre de 1921, Red recibió una sentencia de 40 azotes y siete años de cárcel en la St. Vincent de Paul Penitentiary. Luego fue enjuiciado en Hamilton, donde lo encontraron culpable de varios cargos y recibió sentencias que totalizaron 25 años. Desde el momento en que Red estuvo de nuevo en la penitenciaría de Kingston, casi no hacía más que pensar en escapar. Se rodeó de hombres despiadados y desesperados: Arthur “Curly” Sullivan, Thomas “Runty” Bryans, Edward “Wyoming” McMullen, y Gordon Simpson.

El 10 de septiembre de 1923, estos hombres le prendieron fuego a una pila de paja. Ocultos por el humo, los cinco hombres escaparon al saltar el muro de piedra de 6 metros de alto.

McMullen fue aprehendido, pero los otros lograron llegar a Toronto, donde gracias a contactos en el bajo mundo obtuvieron ropa y algo de dinero hasta que pudieran valerse por sí mismos, lo cual quería decir literalmente hasta que pudieran asaltar bancos. Doce días después del osado escape, la banda atracó el Bank of Nova Scotia y se marchó con 3.000 dólares en efectivo.

Entretanto, Red y Sullivan viajaron a Minneapolis, donde sus amigos los conocían como los hermanos Miller. Los chicos se mantenían con dinero en el bolsillo haciendo lo que mejor sabían hacer: robar bancos. Su ruina fue la debilidad de Red por mantenerse en contacto con sus amigos en Toronto. La policía se enteró de que recogía su correspondencia en una cierta oficina de correos en Minneapolis.

El 15 de diciembre de 1923, cuando en la ciudad reinaba un ambiente festivo por la Navidad, la oficina de correos estaba rodeada. Red se presentó en el lugar. Un oficial de policía de Minneapolis llamado Maxon, desenfundó justo cuando Red lo vio. El forajido sacó su arma y ambos hombres abrieron fuego al mismo tiempo, pero sólo el proyectil de Maxon dio en el blanco. Red resultó herido en el hombro derecho y lo arrestaron. Red Ryan fue deportado a Canadá. Grandes multitudes se reunieron para darle un fugaz vistazo al criminal más temerario del país. Red estaba hecho pedazos cuando, por sus crímenes acumulados, fue sentenciado a cadena perpetua y 30 azotes.

Sin ceremonia alguna, regresaron a Red a su segundo hogar: la penitenciaría de Kingston. En esta ocasión, se tomaron medidas de seguridad especiales para evitar que escapara. Pasó los primeros nueve meses de pena en confinamiento solitario.

El capellán católico de la penitenciaría, el padre Wilfred T. Kingsley, visitaba a menudo al prisionero en el “hoyo”. Le imploraba a Red que dejara su pasado atrás y tomara la senda del bien. Éste parecía escuchar y aprender. El padre Kingsley advirtió el cambio gradual y recomendó que lo retiraran del confinamiento solitario. Lo transfirieron a una celda de aislamiento, donde permaneció por otros 18 meses. No fue un gran avance, pero al menos era un pequeño paso para unirse a la población penal general.

Red Ryan, quien siempre estuvo más que decidido a salir de situaciones difíciles a balazos, abrazó la Biblia con intensidad. El alcalde Ponsford estaba impresionado.


En 1926, transfirieron a Red al departamento de correo. Dos años después, el prisionero modelo
Red Ryan fue pasado al hospital de la prisión como aprendiz de enfermero. Luego de seis años, Red ascendió a jefe de enfermeros. Año tras año,
Red siguió siendo un prisionero modelo. Dejó de fumar, velaba por los enfermos y se convirtió en monaguillo. Su pasatiempo era modelar imágenes de la Virgen María.

A comienzos de la década de los treinta, se formó un poderoso movimiento que pedía la liberación de este hombre afable que tenía tanto que dar a la sociedad.

Entre los ciudadanos prominentes que viajaron a Kingston para ver a Red se encontraba el primer ministro de Canadá, R.B. Bennett. Ambos hombres mantuvieron una larga conversación, la cual terminó cuando Bennett le prometió a Red que expondría su caso ante el ministro de Justicia. La suerte ya estaba echada. Un año más tarde, el 24 de julio de 1935, después de pasar 12 años en la cárcel, liberaron a Red Ryan. Los periódicos de Toronto se peleaban la historia de su vida.

Durante semanas, Red fue un invitado especial en actos religiosos. Se estableció en la casa de su hermano Russell y consiguió empleo como vendedor de autos. El 25 de mayo de 1936, un ladrón llamado Harry Checkley entró en una licorería de Sarnia junto con otro hombre. Los dos usaban máscaras y gafas protectoras oscuras. Un transeúnte se dio cuenta del robo y llamó a la policía. Los dos bandidos atrapados decidieron abrirse paso a fuego limpio. El oficial John Lewis murió abaleado. Igual suerte corrieron los dos ladrones enmascarados. Cuando les retiraron las máscaras
y las gafas, uno de los hombres lucía extrañamente familiar. Una licencia de conducir en su bolsillo confirmó su identidad. El hombre era Norman “Red” Ryan.

Luego se supo que Red había llevado una doble vida desde que quedó en libertad. En secreto, había robado con éxito varios bancos antes de morir en Sarnia. En los años siguientes, el número de prisioneros que salieron en libertad bajo palabra disminuyó notablemente. Red fue responsable directo de que todo el sistema de libertad bajo palabra de un país cambiara. l

Traducción: José Peralta. Ilustraciones: David Márquez

davidmarquez@cantv.net

 

 
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