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Me lo trajo el Niño Jesús
No abundan quienes atesoren algún obsequio traído por el Niño Jesús o San Nicolás. El desprendimiento que acompaña el gusto por lo nuevo suele conspirar con el bello acto de preservar algo de la memoria personal. He aquí cuatro testimonios de quienes decidieron guardar un regalo de sus navidades infantiles. Idalia De León. Fotos: Contratipo
Cecilia Todd
Cantante de música tradicional
“El año en que estrenaron en el cine La Dama y
el vagabundo yo recibí en Navidad al vagabundo
de la película —la réplica de Golfo—. Yo no recuerdo exactamente el año, pero debe haber sido a finales de la década de los cincuenta. En realidad no me lo trajo el Niño Jesús. Fue un obsequio que me hizo un gran amigo de la familia, Pepito Gastón, y quien me imagino me quería mucho porque me hizo ese regalo. Es lo único que conservo de aquella época, aunque fue
una tía quien se encargó de guardarlo. La historia
es que cuando hace 10 años murió mi tía, y fuimos
a desmontar la casa, nos encontramos con que ella guardaba, en perfectas condiciones, ese vagabundo. Siempre le tuve mucho cariño a este muñeco, me
encantaba, pero nunca dormí con él. Ahora lo tengo
en la biblioteca de mi casa y todo el mundo puede
verlo. Lamento no haber guardado más cosas
de aquella época”.
Alfredo Schael
Director del Museo del Transporte
“Mi Niño Jesús siempre fue generoso
aunque cierta vez se peló dejándome una casa de muñecas. Yo lo que quería era la bomba de gasolina descubierta que vendían en la Casa Peláez, en Sabana Grande.
Al amanecer de cada 25 de diciembre
encontrábamos muchas sorpresas. Lo que en apariencia era insignificante me llamaba la atención mil veces más que los regalotes sofisticados. Actualmente guardo aviones de plástico y metálico, carritos de lata,
una zaranda, algunos vagones de trenes. Me viene de tradición, pues mi papá (Guillermo José Schael) también guardó muchos de sus juguetes. En diciembre
de 1958 comencé a coleccionar aviones
para armar. Empecé con el par de dólares que el Niño Jesús me dejó en el hotel donde vivíamos en Washington. Todavía cultivo la afición, pero sólo armo aviones de uso civil. En una ausencia, mi hermana desapareció carritos, avioncitos y trencitos que yo
había reunido desde niño, durante mi
juventud hasta antes de casarme. La cuenta es insaldable, pues aquellos coleccionables valen hoy miles, si los encontrara. Pocos
se salvaron y aquí en Venezuela se
consideran casi antigüedades”.
Adriana Meneses
Directora del Museo Jacobo Borges
“Me lo trajo San Nicolás cuando yo
tendría unos tres o cuatro años. No
estoy segura si coincidió con el estreno de la película Bambi, pero me imagino
que debe haber sido así. Mi mamá
dice que la vi unas siete veces, aunque ahora reconozco que narra una historia
terrible. Creo que este muñeco de
Bambi lo guardé por alguna razón
muy inconsciente. No era un muñeco con el que jugaba precisamente, pues siempre estuvo de adorno en una
repisa. El caso es que siempre me ha acompañado: cuando de adulta me
fui a Estados Unidos lo llevé conmigo, cuando me casé, también. Yo no sé
exactamente por qué lo he conservado durante todo este tiempo, no podría
explicarlo, el caso es que ya no puedo desprenderme de él. Dentro de poco
lo mandaré a reparar, pues antes de
la sesión de fotos se le desprendió
la cabecita”.
Eduardo Franco
Chef y editor de la revista Sabor y sazón
“A este avioncito siempre lo he cuidado
como un tesoro, al igual que al resto de
mis juguetes. Y es que cuando era niño
yo tenía una estrategia. Tenía la paciencia de esperar a que mis dos hermanos menores —yo soy el mayor— abrieran sus regalos, jugaran con ellos y los rompieran. Entonces aparecía yo con mi flamante
juguete en perfectas condiciones. Yo lo cuidaba muchísimo, sobre todo de mis hermanos quienes me lo querían quitar
no sólo para jugar sino para rompérmelo. Bueno, no es que existiera cultura de
conservar, lo que pasa es que yo tenía la malacrianza de guardar. Este avión me
lo debe haber traído el Niño Jesús como
en 1977. Mi afinidad con ese juguete es muy especial porque yo quería ser piloto cuando era niño. Yo jugaba con ese avión las 24 horas del día, y es que para aquella época ese avión era para mí un F-16 (risas). Cuando jugaba con él ponía voz como de comiquita, una voz un poco rarita —muy
censurable actualmente—, pero así era
que jugábamos.
En realidad teníamos muchos juguetes porque somos una familia grande. Ya se
sabe, donde hay muchos tíos, muchos
primos, siempre había muchos regalos.
La mayoría de esos juguetes los heredó
un ahijado que ya debe tener unos 14
años, y quien no sé si conservó, como
yo, algunos de esos regalos”. l
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