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  ¿Alto riesgo yo?
Mónica Montañés

 

Advertencia: Este artículo no es cómico para nada. Así que si usted anda con el ánimo achicopaladito puede que no sea muy buena idea leerlo, hágase el loco o la loca, según sea el caso, pase la página y léase otra cosa. Pero, por favor, en lo que se sienta con más ánimo échele una leidita porque se trata de algo que, aunque descalabre, hay que saber, pues, para que luego no ande diciendo que es que usted no sabía y nadie le dijo. Resulta ser que yo, y muy probablemente usted, pertenezco a un grupo de alto riesgo de contraer el VIH-SIDA. ¿Cómo? Se preguntará usted alarmado, o alarmada, como me pregunté yo cuando lo supe. ¡Pero si tengo una pareja de lo más estable y desde hace una pila de años! Se defenderá usted molesto, como me molesté yo cuando me insistieron. Pues, precisamente, le responderán los estudiosos de la materia porque resulta ser que el número de mujeres casadísimas y emparejadísimas que portan o padecen la enfermedad ha aumentado de manera alarmante en los últimos años. ¿Y cómo así? Replicará usted, luego de soltar alguna grosería que yo también solté, pero que aquí prefiero omitir. Pues, por múltiples razones, hogareñas todas, le dirán ellos, los expertos. La primera es que cuando uno formaliza una relación suele no ponerse a indagar seriamente con quién andaba resolviéndose su pareja antes de conocerla, pues porque el tema es incómodo y es como más facilón pensar que la vida comenzó cuando nos enamoramos. Umjú. Pero resulta que el ser amado carga con su historia a cuestas y esa historia puede traer la sorpresita del VIH escondidito por ahí. Muy bien, entendido el asunto se puede solucionar, pues, pidiéndole un examen de sangre y si sale negativo, pues mejor. Esa es relativamente fácil, lo complicado viene después. Porque la segunda razón es que su pareja de años puede andar montándole unos cachitos, inclusive nada serios, y usted puede que no tenga ni idea o prefiera hacerse la loca por mil razones que no vienen al caso. La tercera es que, aunque suene a paradoja, resulta más difícil hablar de sexo con la pareja de siempre que con una eventual y ahí está la v.... Porque ¿cómo le dice uno a su marido, al padre de sus hijos, que de ahora en adelante se ponga un condón? Es fregado porque la petición implica que uno anda presumiendo unos cuernitos, y capaz y se ofende o, al contrario, si acepta y se lo pone ¿quiere decir que tú sí me estás montando cachos? De verdad que no luce fácil una conversación así porque puede degenerar en un pleito de pronóstico, incluso definitivo y corre uno el riesgo de no decir nada para no perder esa pareja que tanto le ha costado constituir. Pero por otro lado, ¿vale la pena poner en riesgo la propia vida de uno por miedo a quedarse solo? La respuesta no es fácil, pero estando como estamos en un país donde la que jure en público que su marido le es totalmente fiel corre el riesgo de que la tilden de boba y se rían de ella, y viceversa, por aquello de que hombre que no ha llevado cachos no es hombre vale la pena hacerse la pregunta y por eso te escribo esta carta. Pues, porque, dicen los que saben de eso, existen soluciones complejas, pero las hay. Una es hablarlo con la pareja, aunque te compres un lío de pronóstico, y arrancar a verle el lado erótico al uso del condón en el matrimonio, que incluso ahora los hay para mujeres de manera que usted no tiene que estar dependiendo de si el caballero se lo quiere poner o no, y con distintos sabores y colores, y me perdona si a esta hora usted no tenía encima más que un cafecito, pero en fin... Otra es que, cónchale si te vas a echar una canita al aire hazlo responsablemente, que ya es bastante cargar el peso del sombrerito de cuernos como para que encima nos vayamos a morir por eso. ¿No creen? l

 
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