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Claves
para el buen dormir
Eliana Galarza
Nuevas investigaciones sobre el sueño sugieren
que es más saludable dormir menos de ocho horas. Y comenzó la polémica.
Las claves del buen dormir y por qué aumentaron los insomnios y
ronquidos.
A veces el sueño nos acaricia
y parece que en cualquier momento vamos a caer en sus brazos. Pero
eso no es suficiente: para dormir y, especialmente, descansar, hay
que dejarse envolver por completo. Para los especialistas en medicina
del sueño, ese eterno romance -que se renueva cada noche-
siempre es motivo de nuevas preguntas. Ultimamente investigan y
polemizan sobre cuántas horas conviene dormir y, además,
sobre cuáles son los secretos para un descanso reparador.
¿Habrá que preguntarle a la almohada?
Como en la mayoría de las funciones vitales (comer, beber,
amar), alcanzar el equilibrio en el buen dormir no es una tarea
fácil. El exceso, aseguran los especialistas, puede ser un
problema. Y la falta... basta mirar las ojeras de algún insomne.
En países como los nuestros hay que sumar otras penurias.
"Como efecto de las crisis que viven nuestros países,
se incrementaron algunos síntomas como dificultad para conciliarlo,
despertares reiterados, despertarse muy temprano sin poder retomar
el ritmo de descanso, levantarse cansado y padecer somnolencia durante
el día. También hay un registro mayor de pesadillas",
revela la doctora Margarita Blanco
Los investigadores de la Universidad de California, en Estados Unidos,
en cambio, aportan nuevos datos que hacen foco en la cantidad y
no en la calidad. Durante seis años estudiaron a casi un
millón de personas (hombres y mujeres) con edades entre 30
y 102 años. Y sus conclusiones inauguraron una polémica
que promete varios capítulos. El primero de ellos comienza
derribando un mito: dormir ocho horas no sería tan saludable.
Según el análisis de esa universidad estadounidense,
las personas que duermen entre seis y siete horas presentan un índice
de mortalidad inferior al de las que permanecen más tiempo
entre las sábanas. El equipo de investigadores, liderado
por el psiquiatra Daniel F. Kripke, asegura que aquellos que duermen
ocho horas o más y quienes duermen menos de cuatro tienen
un índice de mortalidad mayor. La temeraria afirmación
tiene el aval de la American Cancer Society (Sociedad Americana
del Cáncer), que corrobora esos datos aunque reconoce que
no puede explicar el porqué de esas revelaciones. Es decir,
no tiene elementos para desentrañar la aparente asociación
que existe entre horas de sueño y mortalidad. Lo único
que puede hacer es presentar sus números, eso es todo.
"La cantidad de horas necesarias para un buen dormir es variable.
Y no existe ningún criterio científico para determinarla",
asegura Diego Golombek, cronobiólogo. Acostumbrado a investigar
los mecanismos del reloj biológico que gobierna a los seres
vivos, es uno de los profesionales que más sabe sobre el
proceso del sueño en Argentina. "Hay personas que uno
podría denominar dormidores largos, que requieren entre nueve
y diez horas para sentirse descansados. Y otros, cortos, que sólo
necesitan cinco o seis. El promedio actual es de unas siete horas
de sueño nocturno", señala Golombek. Y agrega
que dentro de esas preferencias individuales -que en muchos casos
tienen misteriosas causas fisiológicas- también hay
personas que requieren de la siesta diaria como parte de su ciclo
sueño-vigilia; y otras para las que la siesta tiene un efecto
nocivo sobre el desempeño. Otra categoría, podría
decirse de afortunados, puede mantener un patrón de sueño
regular. "Y no nos olvidemos de las alondras y los búhos,
individuos que ajustan sus relojes internos a horas más tempranas
o tardías, respectivamente", remata el cronobiólogo.
Es decir, soñar no cuesta nada y tal vez por eso cada uno
adapta sus tiempos según sus necesidades, ocupaciones y costumbres.
"En algo no existen dudas: el sueño es indispensable
para los seres vivos", remarca Norberto Kriguer, secretario
de la Asociación Argentina de Medicina del Sueño.
Y cabe la aclaratoria porque luego de más de un siglo de
investigaciones en este campo, aún existen varios misterios
por resolver. Lo que sí revelan los estudios es que el sueño
no sólo es esencial para los desempeños físico
y mental, sino que sus trastornos pueden debilitar el sistema inmune
y probablemente incidir como factores de riesgo en la diabetes tipo
II o en la obesidad", puntualiza Kriguer.
La edad, que todo lo modifica, es otro factor determinante en la
cantidad de horas dedicadas al acto de dormir. "Uno no es el
mismo tipo de dormidor a lo largo de la vida. Los bebés son
grandes dormilones y también soñadores (se cree que
mientras duermen atraviesan procesos vinculados con el crecimiento,
el desarrollo y tal vez el aprendizaje). Y sí, duermen mucho,
de 16 a 18 horas diarias pero, lamentablemente para los padres,
no en forma consolidada sino espaciada. El sincronizador de ese
ritmo no es la luz, como en los adultos, sino algo más primario:
el hambre", explica Diego Golombek. Las siguientes etapas de
la vida continúan modificando los hábitos. "Despertar
a un adolescente puede ser una tarea complicada. Su reloj biológico
movió sus agujas y tiende a comportarse como un búho,
por eso a veces suelen desarrollar un tipo de insomnio llamado 'de
retraso de fase' porque no logran conciliar el sueño temprano,
lo que les genera un cansancio durante la mañana. Y si los
adolescentes son búhos, los ancianos son alondras que muchas
veces no consiguen alcanzar un sueño reparador porque a edades
avanzadas se pasa menos tiempo en las etapas de sueño más
profundo", comenta Golombek.
Apague
la tele
Para dormir bien no sólo es importante llegar relajado al
momento de acostarse. Las camas, almohadas, temperatura, ruidos
y ventilación tienen mucho que ver. Primera revelación:
la televisión no es una buena aliada para pasar una buena
noche de descanso. Lo malo no son sus programas sino tenerla en
el dormitorio. Mejor, aseguran los especialistas, dejarla en la
sala porque es un agente estimulante que entorpece el buen dormir.
En cuanto a la música, los ritmos tranquilos son más
recomendables porque predisponen mejor en las horas previas al sueño.
Eso explica por qué los adolescentes no duermen inmediatamente
luego de una salida ruidosa a una discoteca. "La temperatura
en el dormitorio también puede perturbar porque durante la
etapa de sueño llamada MOR (Movimientos Oculares Rápidos,
período en el que se supone que soñamos), se pierde
temporalmente la capacidad de termorregulación y nuestro
cuerpo adopta la temperatura del ambiente, lo que puede hacer que
despertemos repentinamente con una fuerte sensación de frío
o de calor", puntualiza Golombek. En cuanto al colchón,
dos consejos de expertos en el buen dormir: que sea suficientemente
grande como para permitir adoptar una posición cómoda
y relajada y que sea firme en toda su superficie para favorecer
que la columna se mantenga alineada. La almohada también
debe ser firme y contribuir a que la cabeza y el cuello, durante
la noche, se mantengan en línea con la columna.
En realidad, es una pregunta que no tiene respuesta. Existen muchas
hipótesis pero ninguna demostración formal. Algunas
de ellas aseguran que uno duerme para "descansar", pero
si así fuera estrictamente, los atletas o quienes realizan
ejercicios físicos intensos deberían dormir más,
y eso no ocurre. "Lo que sí sabemos es que dormir es
necesario. Los animales de laboratorio sometidos a experimentos
con privación de sueño se mueren más o menos
a las dos semanas. En humanos, la falta de sueño afecta en
gran medida la concentración, la memoria y es responsable
de muchos accidentes de trabajo y de tránsito", concluye
Golombek. Y eso no es todo: los trastornos que impiden soñar
con los angelitos pueden influir, especialmente en los adultos -tal
como se sospecha desde hace tiempo-, en el carácter. "Existe
evidencia directa de la relación entre la falta de sueño
con la irritabilidad, la ansiedad y la tristeza. No dormir bien,
según estudios realizados en la Universidad de Pensilvania,
en Estados Unidos, puede traducirse en mal humor", agrega el
doctor Norberto Kriguer. Más y más pruebas de por
qué a los que duermen mal los torturan con una frase: "¡Uy,
qué mala cara!".
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